Ian es el omega perfecto: dócil, hermoso, prometido al alfa más codiciado de la preparatoria. No sabe que para Karl es solo una fachada. Cuando descubre la verdad, muere empujado por unas escaleras.
Pero en su cuerpo despierta Joseph, un chico de barrio con alma de superviviente. Ahora habita la piel del omega ingenuo y tiene un plan: desenmascarar a Karl y liberarse del compromiso.
El problema es Kevin, el hermano mayor de Karl. El heredero silencioso. El único que parece ver más allá de la farsa.
Lo que empieza como venganza se convierte en un amor prohibido. Porque las feromonas no mienten, y Joseph tendrá que elegir entre seguir habitando una mentira o confesar quién es... y perderlo todo.
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CAPÍTULO 15: Las porristas
Lunes, otra vez. El instituto me recibió con su mezcla habitual de olores: desinfectante barato, perfume caro y hormonas adolescentes. Un cóctel que ya empezaba a resultarme familiar.
Las clases fueron un borrón: Matemáticas. Historia. Literatura. Los profesores hablaban y yo asentía, fingiendo interés, mientras mi cabeza estaba en otro lugar. En el sábado, en Kevin, en el olor a sándalo y cedro. En esa frase que no me dejaba en paz.
"Me gusta el cambio."
No sabía qué significaba, no sabía si era bueno o malo, si debía creerle o desconfiar. Solo sabía que no podía sacármelo de la cabeza.
El resto del día pasó entre clases y pasillos, entre miradas y susurros. La gente seguía mirándome, seguía hablando, pero yo ya no les prestaba atención, solo pensaba en una cosa: el entrenamiento. Y en lo que podría encontrar allí.
En el almuerzo, Marta me encontró en el patio, se sentó a mi lado con su bandeja y su sonrisa de siempre.
—¿Qué tal el fin de semana? —preguntó, mordiendo una manzana.
—Bien. Tranquilo.
—¿Tranquilo? —Marta arqueó una ceja—. ¿Tú? ¿Tranquilo? ¿El mismo que se pasaba los fines de semana esperando un mensaje de Karl?
—Ese ya no existe.
—Ya, lo he notado. —Marta me miró con curiosidad—. ¿Entonces qué hiciste?
—Nada, estuve en casa. El sábado vino Kevin a verme.
Marta dejó de masticar.
—¿Kevin? ¿El hermano de Karl?
—Sí, el mismo.
—¿Y qué quería?
—Nada. Hablar, verme, preguntar cómo estaba.
Marta me miró con atención, como si esperara que dijera algo más, pero no lo hice. No iba a contarle lo del olor, ni lo de la calma, ni lo de "me gusta el cambio". Eso era mío y no sabía qué hacer con ello.
—Qué raro —dijo Marta al fin—, Kevin nunca viene por aquí, está siempre en la universidad. Es el hijo perfecto, el heredero; no tiene tiempo para visitas.
—Pues vino.
—Ya. Raro.
No insistió, pero algo en su expresión me dijo que había entendido más de lo que yo había dicho.
—Oye —dijo, cambiando de tema—. ¿Estás listo para esta tarde?
—¿Esta tarde?
—El entrenamiento, las porristas. ¿Lo olvidaste?
No lo había olvidado, solo lo había estado evitando mentalmente.
—No. Solo... no sé, no es lo mío.
Marta me miró como si le hubiera dicho que el cielo era verde.
—¿Que no es lo tuyo? —repitió—. Pero si te encantaba, eras el mejor. La entrenadora siempre decía que eras el más coordinado, el que aprendía las coreografías más rápido, el que nunca fallaba en las cargadas.
Me quedé callado.
Claro. Ian era el mejor, Ian era perfecto.
—Supongo —dije—. Pero ya no me interesa igual.
Marta me miró con algo que no supe interpretar. ¿Preocupación? ¿Confusión? ¿Lástima?
—Bueno —dijo, encogiéndose de hombros—, da igual. Ahora tienes que venir, la entrenadora te espera.
—¿A qué hora?
—A las cinco.
—Vale.
Marta se levantó. Me dio una palmada en el hombro.
—Vamos. No llegues tarde.
———
Llegué a las cinco en punto. El vestuario de las porristas era un mundo aparte. Olía a laca de pelo, a perfume caro, a desodorante de flores. Había espejos por todas partes y chicas y chicos omegas, en su mayoría. Algunos con sonrisas perfectas, otros con miradas evaluadoras.
—¡Ian! —gritó una de ellas, una rubia con ojos azules y sonrisa de anuncio, que hablaba tan rápido que casi no se le entendía—. ¡Qué alegría verte! ¡Te extrañamos tantísimo! ¿Cómo estás? ¿Ya te sientes mejor? ¡Porque tenemos un montón de coreografías nuevas y necesitamos que vuelvas!
—Gracias —dije, con una sonrisa que no llegó a mis ojos.
Otra se acercó, una morena con el pelo largo y las uñas perfectas. Más callada, observaba más de lo que hablaba pero cuando habló, lo hizo con una sonrisa medida.
—Ian, me alegro de que estés de vuelta, la entrenadora te esperaba.
—Gracias.
Un chico se acercó, un omega, alto, delgado, con el pelo rubio y una sonrisa que pretendía ser cálida pero que no llegaba a los ojos. Hablaba con un tono más nervioso, como si buscara aprobación en cada palabra.
—Ian, qué bueno que volviste, se te extrañó en las coreografías.
—Gracias.
—¿Ya te sientes mejor? Del accidente, digo.
—Sí. Mejor.
—Qué bien, porque la entrenadora nos tiene preparando una nueva para el partido contra el San Agustín y necesitamos a alguien que lidere las cargadas.
Liderar. Claro. No se podía esperar otra cosa de este chico.
Los omegas me rodeaban, parloteando sin parar. Sus sonrisas, sus gestos, todo era calculado, todos me miraban como si yo fuera alguien importante. No como si yo fuera Ian, sino como el heredero Mendoza, el omega que un día heredaría una fortuna, el que estaba comprometido con un Valois. El que podía abrirles puertas, presentarles a alguien, el que podía invitarlos a las fiestas correctas.
Qué patético.
Me alejé con la excusa de buscar mi taquilla y entonces la vi.
Valeria.
Estaba en el fondo del vestuario, delante de un espejo, retocándose el maquillaje. Como si no me hubiera visto, como si no le importara. No la miré directamente, solo la observé de reojo, mientras fingía buscar algo. La vi abrir la suya, meter la mano, sacar el teléfono. Rosa, con purpurina, el mismo del sueño.
Ahí está.
Lo dejó sobre el banco, luego se fue hacia los baños, y yo me quedé con la imagen grabada. La taquilla, el número, todo.
Marta se acercó.
—¿Qué miras?
—Nada. El uniforme. ¿Dónde está?
—Ahí, en tu taquilla.
Fui hacia la taquilla, la abrí y ahí estaba.
El uniforme.
Un short rojo corto, ajustado. Tan corto que casi no cubría nada, tan ajustado que marcaba todo. Y una camiseta sin mangas, roja, con el logo del equipo. Y pompones, dos pompones rojos.
Me quedé mirándolo.
—Es una broma, ¿verdad?
Marta se rio.
—No, es el uniforme. Te queda bien.
—Marta.
—¿Qué?
—Es un short. Corto.
—Sí.
—Muy corto.
—Sí.
—Voy a parecer...
—¿Qué?
—No sé. Algo.
Marta me dio un codazo.
—Te ves bien. Ahora cámbiate, la entrenadora nos mata si llegamos tarde.
Me cambié con la dignidad de un hombre que se está poniendo el disfraz más ridículo de su vida. Me miré al espejo. El reflejo me devolvió a un omega alto, delgado, con las piernas largas y el short rojo marcando cada curva. Los pompones en las manos, la camiseta sin mangas dejando ver los brazos.
—Dios —susurré—. Esto es humillante.
Pero era por una buena causa, el teléfono de Valeria. Tenía que recordármelo.
—Vamos —dijo Marta agarrándome del brazo—, que la entrenadora nos mata.
———
El lugar estaba lleno. El equipo de baloncesto entrenaba en la cancha principal, nosotros, los porristas, teníamos la mitad del espacio. Los chicos del equipo de animación ya estaban colocando los conos para las figuras.
La entrenadora Ruiz nos reunió.
—Bien, equipo. Ian, me alegro de que estés de vuelta. ¿Te sientes bien?
—Sí, entrenadora.
—Perfecto. Calentamiento, luego coreografías y después figuras.
Empezamos. Los calentamientos fueron fáciles: estiramientos, saltos, carreras cortas. El cuerpo de Ian respondía mejor de lo que esperaba.
Y entonces lo sentí. Su mirada.
Karl estaba en la cancha con el equipo de baloncesto, entrenando, pero cada vez que yo me movía, cada vez que saltaba o estiraba, sentía sus ojos sobre mí, como un peso, como una presencia. No podía verlo directamente todo el tiempo, pero lo sabía. Estaba ahí, mirándome.
Concéntrate. Ignóralo.
Luego vino la coreografía. La entrenadora puso la música, una canción pop pegajosa, y el equipo empezó a moverse. Al principio, yo los imitaba, torpemente, pero entonces... algo pasó. Mis pies encontraron el ritmo, mis manos siguieron los pasos, los pompones se movieron con una precisión que yo no tenía. Era como si el cuerpo de Ian recordara, como si hubiera hecho esto mil veces antes.
Memoria muscular. El cuerpo aprende y luego lo hace solo. No necesitas pensar, solo sale.
—¡Ian! —dijo la entrenadora—. ¡Lo tienes! ¡Sigue así!
No era yo, era el cuerpo, pero funcionaba.
En un momento, entre paso y paso, mis ojos se cruzaron con los de Karl. Estaba en la banda, con una botella de agua en la mano, fingiendo escuchar a uno de sus compañeros, pero me miraba. Y cuando nuestras miradas se encontraron, sonrió y me guiñó un ojo.
Patético. ¿En serio esto le funciona? ¿Un guiño? ¿Ahora?
Aparté la mirada, seguí bailando, pero por el rabillo del ojo, vi a Valeria. Estaba en el otro extremo del, con los brazos cruzados, había visto todo. El guiño, la sonrisa, y su rostro era una máscara de furia contenida.
—Valeria —gritó la entrenadora— ¿Qué haces ahí parada? Ponte a ensayar.
Valeria se incorporó inmediatamente a la coreografía. Entonces llegaron las figuras.
Los chicos del equipo de animación se colocaron: dos abajo, dos arriba. Yo tenía que subir, ponerme de pie sobre las manos de los chicos, hacer una voltereta, caer en los brazos de otro.
—¿Listo? —preguntó uno de ellos.
—Sí.
No.
Subí, el cuerpo de Ian sabía. Los pies encontraron el equilibrio, las manos se agarraron, el cuerpo se elevó. Y por un instante, estuve arriba, mirando el gimnasio desde las alturas.
No mires abajo, no pienses en la caída. Concéntrate.
El miedo me apretó el pecho, pero el cuerpo siguió. La memoria muscular era más fuerte que el miedo.
Y entonces, lo vi.
Valeria se movió, fue rápido. Un pie que se cruzó con el del chico, un empujón disimulado, un "accidente" calculado al milímetro. Lo vi todo, como si el tiempo se hubiera detenido. Vi cómo su pie se deslizaba, cómo el chico perdía el equilibrio, vi cómo sus manos se soltaban.
Y entonces caí.
El mundo giró, el aire silbó en mis oídos. Vi el techo, las luces, los pompones volando. Vi las caras de las porristas, borrosas, gritando. Todo lento, todo absurdo.
Y luego, el impacto.
No fue el suelo, fue un chico. Joven, con cara de susto, que me atrapó a medio camino y me sostuvo contra su pecho.
—¿Estás bien? —preguntó—. ¡Ian! ¿Estás bien?
—Sí... sí, creo que sí.
—Te tengo, no te muevas.
Me sostuvo con cuidado, con firmeza. Las porristas me rodearon, todas hablando al mismo tiempo. ¿Estás bien? ¿Te duele algo? ¡Qué susto! Sus olores mezclados. Dulzones. Falsos. Y entonces, alguien apartó a las chicas con brusquedad. Karl.
—¿Qué ha pasado? —preguntó, y su voz sonaba ronca, furiosa—. ¿Por qué lo has soltado?
El chico que me había soltado palideció.
—Lo siento, señor, alguien ha tropezado conmigo en los movimientos. No he podido sostenerlo.
—¿Alguien? ¿Quién?
—No lo sé, ha sido muy rápido, todos se movían. Lo siento mucho.
Karl miró a su alrededor, buscando, con los puños apretados, pero no encontró a nadie. Porque Valeria ya estaba en otra parte, con cara de inocente, como si nada.
—Déjalo, Karl —dije, incorporándome. Me dolía todo, pero no iba a quedarme quieto mirando—. No es su culpa, son cosas que pasan. Todos lo sabemos.
Karl me miró, con confusión, con rabia. Con algo más, algo que no supe interpretar.
—Te has caído.
—Me he caído, no me he muerto. Vuelve a tu entrenamiento, estoy bien.
Karl abrió la boca, la cerró, no supo qué decir.
Y entonces, la vi.
Detrás de Karl, a unos metros, Valeria, con los brazos cruzados y el rostro pálido. Su olor estaba contenido, pero la furia se le escapaba por los poros. Me estaba mirando y no era una mirada de preocupación.
Tú. Tú me has empujado.
No lo dije, pero lo pensé y sonreí. Una sonrisa pequeña, solo para ella. Valeria se dio la vuelta y se fue. Karl seguía ahí, plantado, como si no supiera qué hacer.
—Vuelve con tu equipo —le repetí—. Ya te dije que estoy bien.
Y me di la vuelta hacia las porristas, hacia el entrenamiento. Porque el teléfono de Valeria seguía en su taquilla y yo estaba más cerca que nunca. Solo necesitaba un momento, un segundo, un descuido. Y entonces, lo tendría.
y el pobre de Diego debería ser pronto un aliado, hay que desvaratarles el mundo, como hicieron ellos, pero con la verdad, esa es la diferencia entre unos y otros 😏💪
y también recuperar la presencia de Kevin!!! vamos muchacho, conversa con tu amiga y que te ponga en eje!!!🤭
Podría mostrar un punto para cambiar de prometido🤭🤭🤭 aunque si pudiera ser, para eso falta. No veo la hora de que se planten un beso🫦 (para eso también debe falta pero espero 🙏 🥰)
Kevin por favor no hagas caso sigue viendo a Ian 😍😍😍😍escondidos 😍😍😍😍interesante 😍😍😍😍
Kevin, demuestre lo que realmente vale saber y querer saber del que te gusta 😉.
Será que la madre de Ian les dijo a donde iban estos dos a Karl??? 👀