"—Nos vamos a casar y punto. No tienes opción.
Esa fue su 'propuesta'. Sin anillo, sin flores, sin un 'te amo'. Solo un arrebato de control cuando intenté dejarlo."
Valeria siempre fue la esposa abnegada, la que esperaba en casa, la que justificaba cada desplante de Adrián pensando que el trabajo era su única prioridad. Nunca imaginó que el engaño no era otra mujer, sino la mentira sobre la que construyó toda su vida: él jamás la amo.
Atrapada en una jaula de cristal donde su voz no cuenta, aparece Dorian, un hombre cuya sola presencia impone respeto y temor. Él ve el dolor detrás de los ojos de Valeria y decide intervenir.
Dorian no pide permiso; destruye las defensas de Valeria con una devoción obsesiva y protectora que la hará dudar de todo lo que conoce.
Un matrimonio por manipulación. Un deseo peligroso. ¿Qué pasa cuando el hombre equivocado decide que eres suya?
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Brillo y provocación
El espejo de mi habitación devolvía una imagen que rozaba la provocación absoluta.
El vestido que había seleccionado para la gala de la Cámara de Comercio era una pieza arquitectónica en tono champán plateado, completamente recubierto de lentejuelas que capturaban la luz con una intensidad resplandeciente. El diseño, asimétrico y audaz, contaba con un solo tirante ancho y una abertura cut-out que dejaba al descubierto parte de mi torso, mi abdomen y la curva baja de mi espalda. La falda drapeada en la cadera caía con elegancia hacia el suelo, pero una abertura lateral vertiginosa revelaba toda mi pierna izquierda a cada paso.
Para enmarcar mi cuello y resaltar el escote asimétrico, coloqué una elegante gargantilla de diamantes y platino de diseño rígido que se ceñía con precisión a mi piel. Completé el conjunto con unos deslumbrantes tacones altos metálicos a juego con tiras finas en el tobillo, un Bolso de mano enjoyado y un moño alto estructurado que dejaba caer un par de mechones sobre mi rostro.
Terminé de aplicarme el labial nude rosado cuando la puerta de mi habitación se abrió sin llamar.
Adrián apareció en el umbral, impecable en su esmoquin negro. Pero en cuanto sus ojos recorrieron mi silueta, su expresión pasó de la arrogancia a un estupor helado. Se quedó petrificado en la entrada, mirando la piel al descubierto, el brillo del vestido, el reflejo de la gargantilla y la sensualidad sin disculpas que emanaba de mi postura.
—¿Se puede saber qué demonios te pusiste, Valeria? —preguntó, la voz temblándole entre la fascinación y un ataque de rabia punzante—. Es un evento de la Cámara de Comercio, no una alfombra roja de moda. Mírate... ese vestido es una provocación. Enseñas demasiado.
Me acomodé el Bolso de mano en la derecha y lo miré a través del espejo con una sonrisa gélida.
—A mí me parece perfecto, Adrián —respondí con parsimonia—. Querías que te acompañara para sostener la fachada de tu matrimonio, ¿no es así? Pues voy a ser el centro de atención de toda la noche. Acostúmbrate.
—No voy a dejar que entres así colgada de mi brazo, pareces...
—Si no te gusta, puedo quedarme en casa —lo interrumpí, dándome la vuelta con una fluidez que hizo brillar miles de destellos en la falda—. O mejor aún, puedo ir sola en un taxi. A ver cómo le explicas a tus socios por qué tu esposa llega por su cuenta y no contigo.
Adrián apretó los dientes hasta que la mandíbula le chasqueó. Sabía que estaba contra la pared. Necesitaba desesperadamente dar la impresión de control, y dejarme ir sola arruinaría la puesta en escena que llevaba semanas planeando.
—Nos vamos ya —siseó, dándome la espalda con los puños cerrados.
***
El Gran Salón del Hotel Palace era un despliegue barroco de columnas de mármol, esculturas clásicas y majestuosas arañas de cristal que derramaban una luz dorada sobre cientos de ejecutivos, diplomáticos e inversionistas.
En cuanto cruzamos el vestíbulo palaciego, los murmullos no se hicieron esperar. La abertura de mi falda y el destello champán del vestido acapararon de inmediato las miradas de los círculos de conversación. Sentí los ojos de varios arquitectos y socios de la firma clavados en mi pierna, en la gargantilla sobre mi cuello y en la curva de mi espalda; Adrián lo notó al instante, afianzando su mano en mi cintura con una rigidez posesiva que me resultó patética.
—Sonríe y quédate a mi lado —me murmuró Adrián al oído, intentando que su voz sonara afectuosa mientras saludaba a un inversionista con la cabeza.
—Quítame la mano de encima, Adrián —le devolví en un susurro impecable, manteniendo la sonrisa congelada para los fotógrafos—. No me vuelvas a tocar.
Antes de que pudiera reclamarme, la multitud en el centro del salón se abrió ligeramente.
Dorian Blackwood estaba de pie junto a la barra principal, rodeado por el alcalde y dos ministros. Vestía un esmoquin de corte perfecto que acentuaba su figura imponente. Sostenía un vaso de cristal con whisky y escuchaba con una quietud dominante que opacaba a todos a su alrededor.
Nuestras miradas se cruzaron a través del salón.
El cambio en la expresión de Dorian fue sutil pero devastador. Sus ojos oscuros recorrieron mi vestido, desde la gargantilla en mi cuello hasta los tacones altos y la abertura de la falda que dejaba mi pierna al descubierto. Un destello de posesión salvaje e indisimulada cruzó sus facciones, seguido de una sonrisa lenta que solo yo fui capaz de interpretar.
—Ah, Blackwood está aquí —dijo Adrián, tragando saliva con evidente nerviosismo mientras trataba de disimular su inseguridad ante la sola presencia de un magnate de su nivel—. Vamos a saludarlo. Un saludo con un hombre con sus contactos nunca está de más, Valeria. Sé encantadora.
«Si supieras lo encantadora que ya he sido con él», pensé con una ironía negra mientras dejaba que Adrián me guiara hacia el hombre que me había tenido desnuda entre sus brazos apenas ayer.
—Señor Blackwood, qué honor encontrarlo aquí —saludó Adrián con una cortesía sobreactuada que me causó náuseas, extendiendo la mano.
Dorian le estrechó la mano con firmeza, pero su atención se desplazó de inmediato hacia mí. Su mirada descendió por la gargantilla, apreciando el destello contra mi piel y el escote asimétrico de mi torso, antes de fijarse en mis ojos.
—Adrián... y la señora Van Doren —dijo Dorian con su voz grave y pausada, prolongando el tono al pronunciar mi nombre—. Debo felicitarlo, Van Doren. Su esposa luce sencillamente espectacular esta noche. Un diseño arriesgado... pero impecable.
—Muchas gracias, señor Blackwood —respondió Adrián, hinchando el pecho como un idiota, creyendo que la cortesía de un magnate como Dorian sobre mi atuendo reafirmaba su propio estatus en el evento—. Valeria siempre sabe cómo destacar.
—Estoy seguro de que sí —replicó Dorian, dando un sorbo a su whisky sin quitarme los ojos de encima. Su presencia imponía un peso físico en el ambiente que hacía parecer a Adrián una sombra ridícula a su lado—. Valeria es una mujer que sabe exactamente lo que vale y lo que quiere.
Aproveché un microsegundo en que Adrián se giró para llamar al mesero y pedir una copa de champán para sostenerle la mirada a Dorian. Él dio un paso casi imperceptible hacia mí, lo suficiente para que su perfume de madera y especias me envolviera, enviando una descarga eléctrica directamente a mi vientre.
—Ese vestido va a ser un problema para quitártelo más tarde —susurró Dorian en un francés impecable y fluido, con un volumen tan bajo que solo yo pude escucharlo.
Le sostuve la mirada con audacia, rozando sutilmente la pierna descubierta contra la tela de su pantalón antes de erguirme con elegancia sobre mis tacones.
—Entonces sugiero que busque un lugar tranquilo para intentarlo, señor Blackwood —respondí en el mismo idioma, manteniendo el rostro sereno mientras aceptaba la copa de champán que Adrián me extendía sin haber entendido una sola palabra.