Alexandre Mendonça lo tiene todo: una empresa que mueve millones, una mansión en Jardins… y un corazón que se congeló el día en que enterró a su esposa. Desde entonces vive encerrado en su luto, rodeado de niñeras que huyen despavoridas de una hija de cuatro años que muerde antes de que la abandonen.
Mariana Silva acaba de perder su empleo por negarse a ceder ante un jefe abusivo, y con su mamá enferma no puede darse el lujo de rendirse. Cuando entra a esa mansión para la entrevista más humillante de su vida, solo tiene una oferta: una semana de prueba y cero garantías.
Lo que Mariana no sabe es que la pequeña Alice no necesita una niñera, sino a alguien que la escuche. Y lo que Alexandre no imagina es que la mujer que le contestó sin bajar la mirada acabará derritiendo, uno a uno, todos los muros de hielo que construyó a su alrededor.
Entre acusaciones injustas, secretos detrás de una puerta que nadie puede tocar, un deseo que se enciende a pesar de todas las reglas y una sombra del pasado que no piensa quedarse enterrada, ¿podrá un hombre que juró no volver a amar atreverse a despertar?
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EL VENENO DE LA DESCONFIANZA
La mañana siguiente amaneció envuelta en una neblina de secretos. En el comedor, el aire que antes era gélido ahora parecía cargado de electricidad estática.
Mariana servía los hot cakes de Alice tratando de mantener firme la mano, pero cada vez que sus ojos se cruzaban con los de Alexandre, una corriente eléctrica le recorría la espalda.
Alexandre sostenía la taza de café cerca de los labios, pero su mirada castaña estaba fija en ella, profunda, hambrienta y completamente distinta del desdén de antes.
Era un intercambio de miradas cómplices, un diálogo silencioso que decía: lo de anoche casi nos cuesta todo, pero no me arrepiento.
La quietud de la mansión se vino abajo hacia las diez de la mañana. Mariana estaba en la sala ayudando a Alice a armar un rompecabezas cuando el sonido de tacones altos golpeando con fuerza el piso de mármol del vestíbulo resonó en el ambiente.
No era el andar discreto de una empleada. Era un caminar pretencioso y apurado.
Natália entró a la sala sin ser anunciada por el mayordomo, que venía detrás tratando de disculparse. Llevaba un vestido rojo ceñido, lentes oscuros extravagantes y un perfume importado demasiado fuerte para esa hora. Alexandre la había ignorado durante los últimos cinco días, mientras estuvo en Nueva York, y ella, desesperada por retomar los encuentros casuales y asegurar su territorio, decidió hacer una visita sorpresa a la mansión con el pretexto de entregar unos papeles urgentes del corporativo.
—¿Alexandre? —llamó Natália, con la voz artificialmente dulce, pero se detuvo en seco al toparse con Mariana y Alice en la alfombra.
Se quitó despacio los lentes oscuros y recorrió a Mariana de arriba abajo con una mirada clínica, crítica y cargada de hostilidad inmediata.
(Pensamiento de Natália: Conque esta es la famosa niñera nueva de la que hablan los pasillos de la empresa. ¿La que Alexandre sacó del apuro y por la que mandó detener a Roberto? Es más joven de lo que pensaba… Y demasiado bonita para andar limpiando biberones. Aquí hay gato encerrado.)
—¿Y tú quién eres? —preguntó Natália con aspereza, cruzándose de brazos y tratando a Mariana como una intrusa en un territorio que ella juraba que algún día sería suyo.
—Soy Mariana, la niñera de Alice —respondió Mariana con serenidad, poniéndose de pie y manteniendo la postura firme, aunque había reconocido de inmediato a la mujer como la elegante secretaria de la presidencia.
Antes de que el enfrentamiento verbal continuara, unos pasos firmes bajaron por la escalera. Alexandre entró al salón con el ceño fruncido, visiblemente irritado por la invasión.
—¿Qué significa esto, Natália? ¿Qué haces en mi casa? —exigió Alexandre, con la voz grave y cortante.
—¡Alexandre, querido! —Natália cambió de tono al instante, caminando hacia él con una sonrisa seductora e intentando posar la mano en su brazo de manera íntima—. Desapareciste en Nueva York, no contestaste mis mensajes… Te traje estos informes que necesitaban tu firma física con urgencia. Y pensé que podríamos… conversar. Te extrañé tanto.
Mariana observó la escena y sintió una punzada incómoda de celos en el estómago, recordando que aquella mujer era, al fin y al cabo, la secretaria con la que él se había involucrado. Dio un paso atrás, preparándose para recoger a Alice y salir de la sala.
—No hacía falta traer papeles hasta aquí, Natália. Iba a ir al corporativo en la tarde —dijo Alexandre, apartándose sutilmente de su contacto, con su cabeza de estratega intentando manejar la crisis. Pero, al hacerlo, sus ojos buscaron los de Mariana de forma automática, un reflejo involuntario de preocupación para asegurarse de que ella no malinterpretaría la presencia de la secretaria.
Mariana sostuvo la mirada un segundo, con sus ojos expresivos transmitiendo una mezcla de dolor y advertencia, antes de apartar el rostro.
Fue un error. Un error milimétrico.
Natália, que observaba a Alexandre como un halcón, captó la fracción exacta de segundo en que los dos conectaron.
Vio la urgencia en los ojos de Alexandre y la intimidad herida en los de Mariana. Aquello no era la dinámica de un CEO gélido con una empleada sumisa.
Había ahí un secreto ardiente. Un beso compartido. Una atracción cómplice.
(Pensamiento de Natália: No… No puede ser. Alexandre no miraba a ninguna mujer desde la muerte de su esposa. Me humilla, dice que solo soy sexo, que su corazón le pertenece a un cadáver… ¿y ahora intercambia miradas de complicidad con la niñera de su hija? Esta mosquita muerta me está robando el lugar. Está consiguiendo lo que yo llevo años intentando. La voy a destruir antes de que me quite a Alexandre de verdad.)
El rostro de Natália se contrajo por un breve segundo en una máscara de puro odio y envidia, antes de que forzara una sonrisa fría y volviera a mirar a Mariana. El veneno de la desconfianza había sido sembrado, y el peligro ahora rondaba la mansión.