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Cuando Rezábamos Bajito

Cuando Rezábamos Bajito

Status: Terminada
Genre:Yuri / Amor prohibido / Época / Completas
Popularitas:388
Nilai: 5
nombre de autor: nezhaN

Olvera de la Frontera, Andalucía, España, 1957.

En plena dictadura franquista, Zeynep huye de un hombre violento tras defenderse y se esconde en el Convento Santa Clara bajo el nombre de Ana Vidal. Embarazada, sin familia y con otra identidad, cree que nunca volverá a amar.

Hasta que llega Zoe Araya, la hija del juez del pueblo, enviada al convento por sus padres para "corregirse" porque se niega a casarse con el hombre que le impusieron.

Entre limoneros, rezos en voz baja y secretos, nacerá un amor prohibido que todo un pueblo querrá castigar. Una historia de supervivencia, maternidad y un amor que no pide perdón.

NovelToon tiene autorización de nezhaN para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 10 - EL CAMIÓN

El jueves Sor Inés nos despertó a las cuatro y media. Todavía era de noche.

En Olvera a las cuatro y media no hay ni gallos. Solo se escuchaba el agua de la fuente del patio y mi respiración. Yo ya tenía casi seis meses y medio y no podía dormir boca abajo. Dormía de lado, con la mano en la barriga. Lucía se movía toda la noche, como si supiera que nos íbamos.

- Vamos. Rápido y sin ruido - susurró Sor Inés. Traía dos velos negros y una bolsa de pan.

Nos pusimos los velos. En 1957 todas las mujeres decentes salían con velo a la calle, sobre todo de madrugada para ir a misa. Con el velo nadie nos iba a mirar la cara.

- El camión está en la plaza del mercado. Es azul. Pone "TELAS LOLA - SEVILLA" en la puerta. El chofer se llama Manolo. Es cojo de una pierna. Le dije que van dos sobrinas mías a ayudar a Lola. No pregunten. No hablen mucho. Es de confianza pero es hombre y los hombres hablan cuando beben.

Me dio la bolsa. Dentro había pan, un trozo de queso, la carta para Lola, mi carnet nuevo de Ana Vidal Martín y las dos medallitas.

- ¿Y si nos para la Guardia Civil? - dijo Zoe. Tenía la voz temblando. Por primera vez la vi con miedo de verdad.

- Enseñan el carnet de Ana y dicen que van a cuidar a una tía enferma en Sevilla. Y tú, Zoe, no digas que eres Araya. Di que eres Zoe Vidal. Que eres prima de Ana. ¿Entendido? ¿Zoe Vidal?

Zoe asintió. Zoe Vidal. Le gustó. Sonrió un poco aunque tenía miedo.

Salimos por la puerta chica del huerto, la que daba a la calle de los burros. Olvera dormía. Toda blanca bajo la luna. La iglesia arriba parecía más grande de noche. Yo miré por última vez el convento de Santa Clara. La puerta de madera vieja, los limoneros del patio. Había llegado allí descalza, sin nombre y con una piedra en la mano. Me iba con nombre, con velo y con una niña en la barriga y otra de la mano.

Llegamos a la plaza. El camión azul ya estaba allí, con el motor encendido. Olía a gasoil. El chofer era un hombre flaco, cojo, con boina. Nos miró.

- ¿Las sobrinas de Sor Inés? - dijo.

- Sí - dijo Zoe.

- Atrás. Entre los rollos. Agachadas. Y no saquen la cabeza hasta que yo les diga. Hay control de la Guardia Civil saliendo de Olvera. Si nos paran, ustedes son telas. ¿Entendido? Telas.

Nos subimos atrás. Era un camión chico, lleno de rollos de tela de colores. Rojos, azules, blancos. Olían a nuevo. Nos metimos entre dos rollos grandes de tela blanca y nos tapamos con otra tela por encima. Yo me puse de lado porque la barriga ya no me dejaba agacharme bien.

El camión arrancó. Sentí cada piedra de la calle de Olvera en mi espalda. Después sentimos la carretera. El camión temblaba. Zoe me agarró la mano fuerte. Muy fuerte.

A los diez minutos se paró.

- ¡Documentación! - se escuchó afuera. Era la Guardia Civil.

Me quedé helada. Lucía se movió muy fuerte, como si también tuviera miedo. Zoe me apretó más la mano.

Escuchamos al chofer hablar.

- Telas para Sevilla. Para Lola en Triana.

- ¿Qué lleva atrás?

- Telas. Mire si quiere.

Se escuchó que abrían la puerta de atrás. La luz entró un poco por entre los rollos. Yo aguanté la respiración. Zoe también. Tenía la mano de Zoe sudada en la mía.

Un guardia movió un rollo. Nos rozó el pie. Pero éramos telas blancas entre telas blancas. Con velo negro tapadas.

- Siga. Buen viaje. ¡Viva Franco!

- ¡Viva! - contestó el chofer.

La puerta se cerró. El camión arrancó de nuevo. Ya más rápido.

Cuando ya no se escuchaba nada, solo la carretera, Zoe sacó la cabeza de entre las telas y se puso a llorar. Sin ruido. Yo también.

- Nos fuimos - me dijo -. Ana, nos fuimos de Olvera.

Yo me toqué la barriga. Lucía se movía sin parar.

- Nos fuimos las tres - le dije.

El viaje duró tres horas. Tres horas oliendo a tela nueva, con el sol entrando por las rendijas, viendo por un agujerito cómo el campo de Olvera se hacía llano y después se hacía ciudad.

Sevilla olía diferente. Olía a río, a fritura, a gente. Se escuchaban coches, motos, niños gritando, campanas de muchas iglesias a la vez. Nada que ver con Olvera, donde a las nueve ya no había nadie en la calle.

El camión se paró en una calle chica de Triana. Con casas bajas, ropa colgada, macetas.

- ¡Llegamos! ¡Sobranas de Sor Inés! - gritó el chofer.

Nos bajamos. Teníamos las piernas dormidas, el vestido lleno de pelusa blanca y el velo torcido.

En la puerta de una tienda chica que ponía "TELAS LOLA" había una mujer de unos cuarenta años, con el pelo corto, pintada, con un cigarro en la mano y un metro de modista colgado del cuello. No llevaba velo. En Triana en 1957 eso ya era decir mucho.

Nos miró de arriba a abajo. Miró mi barriga. Miró la mano de Zoe agarrada a la mía.

- ¿Ustedes son las sobrinas de Inés? - dijo. Tenía voz ronca.

- Sí - dije -. Yo soy Ana Vidal y ella es...

- Zoe Vidal - dijo Zoe rápido -. Su prima.

Lola dio una calada al cigarro y sonrió. No era una sonrisa de monja. Era una sonrisa de mujer que ya había visto de todo.

- Pasar para adentro. Que aquí en la calle las miran mucho y en Sevilla mirar mucho es peor que en Olvera.

Entramos a la tienda. Olía a tela nueva y a tabaco. Había rollos de todos los colores hasta el techo. Y al fondo, una cortina y una mesa con dos sillas.

- Esa va a ser su casa por ahora. El cuarto del fondo. No es grande pero tiene puerta. Y aquí nadie les pregunta nada si trabajan. ¿Saben coser?

Zoe y yo nos miramos.

- Un poco - dijimos las dos a la vez.

Lola se rió.

- Pues van a aprender. Porque en esta tienda las niñas que no saben coser se mueren de hambre. Y esa niña que viene - dijo mirándome la barriga - va a necesitar comer mucho.

Esa noche, por primera vez en siete meses, dormí en una cama de verdad. No en paja. En una cama con sábanas. Zoe durmió a mi lado, como en la bodega. Y entre las dos, Lucía, que ya no paraba de patear.

Afuera se escuchaba el río Guadalquivir y gente cantando en un bar.

Ya no estábamos en Olvera. Ya no teníamos que rezar bajito para que no nos escucharan.

Pero igual rezamos. Bajito. Las dos. Por Sor Inés, que se había quedado sola en el convento.

Y por nosotras tres, que por primera vez teníamos una puerta con llave.

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