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Amor A Destiempo

Amor A Destiempo

Status: En proceso
Genre:Reencarnación / Época / Posesivo
Popularitas:2.3k
Nilai: 5
nombre de autor: Ariane Blackrose

México, 1910.
Amalia De la Vega siempre creyó conocer el rumbo de su vida. Hija de una poderosa familia hacendada, creció entre privilegios, comodidades y un futuro que otros parecían haber decidido por ella.
Hasta que la Revolución llegó a su puerta.
Secuestrada para obligar a su padre a negociar, Amalia termina en manos de un grupo revolucionario liderado por un hombre al que todos llaman Sombra: frío, reservado y peligroso, con demasiados secretos detrás de sus ojos ámbar.
Ella debería odiarlo.
Él jamás debió acercarse demasiado.
Pero entre enfrentamientos, silencios y una atracción que ninguno estaba dispuesto a reconocer, algo comienza a cambiar.
Cuando Amalia finalmente recupera su libertad, descubre que otra prisión la espera: un matrimonio arreglado con Gustavo Conde, un hombre relacionado con un pasado que Sombra se niega a revelar.
Separados por dos mundos, mentiras y una guerra que amenaza con destruirlo todo, Amalia descubrirá que quizá nunca conoció realmente al hombre del

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Capítulo 2 — La hija del hacendado

El primer golpe contra la puerta principal hizo temblar los cristales de la hacienda.

Amalia permaneció inmóvil junto a la ventana.

Los faroles continuaban avanzando por el camino, pequeños puntos amarillentos que se multiplicaban en la oscuridad. Contó seis antes de perderlos entre los árboles.

Después aparecieron otros.

No eran visitantes.

Nadie llegaba a una hacienda a aquellas horas acompañado por tantos hombres.

—¡Nadie salga de la casa! —volvió a escucharse la voz de su padre desde la planta baja.

Amalia soltó la cortina.

Naturalmente, hizo exactamente lo contrario.

Abrió la puerta de su habitación.

Dos criadas atravesaban el corredor apresuradamente.

—¿Qué sucede?

Ninguna respondió.

—¡Jacinta!

La mujer se detuvo.

—Señorita, vuelva a su habitación.

—¿Quiénes son esos hombres?

—Don Esteban dijo que nadie debe bajar.

—Eso tampoco responde mi pregunta.

—Por favor, señorita.

Amalia entrecerró los ojos.

Todos sabían algo menos ella.

Y aquello comenzaba a irritarla.

Recogió ligeramente la falda de su camisón y avanzó por el corredor.

—¡Señorita Amalia!

No hizo caso.

Cuando alcanzó las escaleras, escuchó voces abajo.

Su padre discutía con alguien.

—No voy a permitirlo.

Amalia se detuvo.

La voz que respondió era desconocida.

—No estamos pidiendo su permiso, don Esteban.

Su corazón dio un golpe.

Se inclinó apenas sobre el barandal.

Había hombres dentro de la casa.

Cinco que alcanzaba a ver.

Quizá más afuera.

Todos armados.

Uno de ellos estaba de espaldas a ella.

Era alto, de cabello castaño y hombros anchos. A diferencia de otros hombres que había visto desde la ventana, éste no llevaba el rostro cubierto.

Cuando giró ligeramente la cabeza, Amalia distinguió una cicatriz junto a la quijada.

También barba y bigote.

Parecía tener alrededor de veintiocho años.

—No tenemos nada más que hablar —dijo don Esteban.

El hombre de la cicatriz soltó una risa seca.

—En eso estamos de acuerdo.

—Salgan de mi propiedad.

—Lo haremos.

Algo en la manera en que lo dijo provocó que Amalia sintiera frío.

Su padre también pareció notarlo.

—¿Qué significa eso?

—Que no hemos venido a quedarnos.

El hombre miró alrededor.

Entonces levantó los ojos.

Y vio a Amalia.

El silencio fue inmediato.

Amalia sintió que el estómago se le encogía.

Su padre se volvió.

—¡Amalia!

Demasiado tarde.

El hombre de la cicatriz la observaba.

No con interés.

No con admiración.

Con reconocimiento.

Como si acabara de encontrar exactamente aquello que había venido a buscar.

—Así que usted es Amalia de la Vega.

Ella levantó el mentón.

—¿Quién quiere saberlo?

—¡Sube a tu habitación! —ordenó su padre.

—Papá…

—¡Ahora!

El desconocido sonrió.

—Tiene carácter.

Don Esteban dio un paso hacia él.

—No la mire.

—Difícil, considerando que es precisamente por ella que estamos aquí.

El rostro de Amalia perdió todo color.

Su padre sacó el arma.

Todo ocurrió de golpe.

Los hombres del desconocido levantaron sus rifles.

Doña Elena gritó desde el corredor.

—¡Esteban!

—Nadie toca a mi hija.

El hombre de la cicatriz ya no sonreía.

—Baje el arma.

—Salga de mi casa.

—No complique esto.

—¿Quién demonios es usted?

El hombre sostuvo su mirada.

—Rafael Santos.

Amalia memorizó el nombre.

Rafael Santos.

Su padre apretó el arma.

—No sé quién lo envió, Santos, pero…

—Nadie me envió.

—Entonces ha cometido un grave error.

—Puede ser.

Rafael levantó la mirada hacia Amalia otra vez.

—Pero la señorita viene con nosotros.

—¡Ni muerta! —exclamó ella.

Rafael arqueó una ceja.

—Preferiría evitarlo.

Amalia descendió un escalón.

—Pues tendrá que hacerlo, porque no pienso ir a ninguna parte.

—¡Amalia, sube! —rugió su padre.

—¡No voy a dejarte aquí!

Rafael exhaló lentamente.

—Esto iba a ser más sencillo.

—¿Sencillo? —replicó Amalia—. ¿Entrar a mi casa armado y secuestrarme le parece sencillo?

—No hasta que empezó a hablar.

Amalia abrió la boca, indignada.

—¡Usted…!

El primer disparo no vino de Rafael.

Llegó desde afuera.

Los caballos relincharon.

Después sonaron otros dos.

El salón estalló en caos.

—¡Muévanse! —gritó Rafael.

Don Esteban disparó.

Uno de los hombres se arrojó detrás de una columna.

Doña Elena gritó el nombre de su hija.

Amalia corrió hacia su padre.

Nunca llegó.

Alguien la sujetó por la cintura.

—¡Suélteme!

Pataleó con todas sus fuerzas.

—¡Quieta!

—¡Papá!

—¡Amalia!

La última imagen que tuvo de su padre fue la de don Esteban forcejeando con dos hombres mientras su madre gritaba desde las escaleras.

Después una tela oscura cubrió parcialmente su rostro.

—¡No puedo ver!

—Ésa es la idea.

—¡Suélteme, desgraciado!

—Señorita, si continúa moviéndose, ambos terminaremos en el suelo.

—¡Ojalá se rompa el cuello!

—Qué carácter.

Reconoció la voz.

Rafael.

—¡Lo voy a matar!

—Anótelo para después.

El aire frío de la noche la golpeó.

La sacaban de su casa.

Aquello era real.

Amalia comenzó a luchar con más fuerza.

—¡Papá!

Nadie respondió.

Escuchó caballos.

Órdenes.

Una puerta.

Después Rafael la colocó sobre una montura.

Amalia intentó bajar.

Él la sujetó.

—No.

—¡Quíteme las manos de encima!

—Cuando deje de intentar tirarse del caballo.

—¡Prefiero romperme la cabeza antes que irme con usted!

—Pues yo prefiero entregarla entera.

Amalia se quedó quieta.

—¿Entregarme?

Rafael comprendió demasiado tarde que había hablado de más.

—Sujete las riendas.

—¿A quién piensa entregarme?

—Las riendas, señorita.

—¡Contésteme!

—Después.

—¡Ahora!

Rafael montó su propio caballo.

—Definitivamente debieron advertirme sobre usted.

---

Durante horas, Amalia no supo adónde la llevaban.

La hicieron cambiarse de ropa antes de abandonar definitivamente los alrededores de la hacienda.

Su camisón y las prendas finas que había alcanzado a ponerse fueron sustituidos por un vestido sencillo de algodón.

Sin joyas.

Sin encajes.

Sin nada que revelara a primera vista quién era.

—Parezco una criada —protestó.

Rafael terminó de asegurar su montura.

—Ésa es la intención.

—Es espantoso.

—Es un vestido.

—Precisamente.

Rafael la miró durante unos segundos.

—La secuestraron hace unas horas y está preocupada por el vestido.

—Puedo preocuparme por dos cosas al mismo tiempo.

Él soltó una carcajada.

—Empiezo a entender por qué su padre tiene canas.

Amalia lo fulminó.

—Mi padre lo encontrará.

—Probablemente.

Aquello la desconcertó.

—¿No le preocupa?

—Me preocupan muchas cosas.

—¿Y mi padre no es una de ellas?

Rafael montó.

—Su padre es precisamente una de las razones por las que usted está aquí.

Amalia sintió un nudo en el estómago.

—¿Qué quieren de él?

—Eso no me corresponde explicárselo.

—Entonces ¿a quién?

Rafael guardó silencio.

Amalia no olvidó aquella respuesta.

---

Horas después llegaría el momento que ya había comenzado aquella historia.

El camino.

La luna.

Sus manos atadas.

El vestido que no era suyo.

La pistola que Rafael había levantado cuando ella intentó aprovechar una distracción para escapar.

Y entonces…

los cascos.

Un jinete apareció desde la oscuridad.

Un caballo negro.

Ropa negra.

Sombrero de ala ancha.

Los hombres se apartaron para dejarlo pasar.

Amalia lo observó acercarse sin saber quién era.

El desconocido detuvo el caballo frente a ella.

—¿Ella es?

—Sí —respondió Rafael.

Amalia, furiosa, levantó el mentón.

—Tengo nombre, por si le interesa.

El hombre la miró.

—No pregunté su nombre.

A partir de ahí, la conversación había sido breve.

Irritante.

Y extrañamente desconcertante.

Hasta que él finalmente dijo:

—Me llaman Sombra.

Ahora, bajo la luz pálida de la luna, Amalia volvió a observarlo.

Sombra.

A diferencia de Rafael, aquel hombre no tenía barba ni bigote.

Era joven.

Cabello negro.

Rostro limpio.

Una mirada fría e imponente dominada por unos ojos ámbar que parecían observar más de lo que revelaban.

Cuando movió ligeramente la cabeza, Amalia distinguió algo oscuro colgando de una de sus orejas.

Una cruz.

Un arete negro en forma de cruz.

Sombra miró sus manos.

—¿Por qué está atada?

Rafael respondió:

—Intentó escapar.

—Eso no responde la pregunta.

—Precisamente por eso está atada.

Amalia intervino:

—Me apuntó con una pistola.

Sombra miró a Rafael.

Rafael suspiró.

—No iba a dispararle.

—Eso dijo después de apuntarme.

—Porque usted salió corriendo.

—¡Porque me secuestraron!

—Detalles.

—¡¿Detalles?!

—Rafael.

La voz de Sombra fue tranquila.

Rafael dejó de discutir.

Amalia lo notó inmediatamente.

Sombra señaló sus muñecas.

—Quítale la cuerda.

—Va a volver a correr.

—Entonces procura que no lo haga.

Rafael lo miró con fastidio.

—Qué fácil.

—Nunca dije que lo fuera.

Rafael desmontó.

Amalia retrocedió sobre la montura.

—No me toque.

—Hace un momento estaba quejándose de la cuerda.

—Puedo quitármela sola.

—Claro.

Rafael cortó el nudo.

Amalia se frotó las muñecas.

Sombra la observó.

—¿La lastimaron?

Ella levantó la mirada.

—Me arrancaron de mi casa, me obligaron a cambiarme de ropa, me ataron, me trajeron durante horas por caminos que no conozco y ese hombre me apuntó con un arma.

Señaló a Rafael.

—Entonces sí.

Rafael puso los ojos en blanco.

Sombra permaneció inexpresivo.

—Me refiero físicamente.

—¿Eso mejora las cosas?

—No.

Otra vez aquella respuesta.

Directa.

Sin excusas.

Amalia no supo qué hacer con ella.

—¿Usted ordenó que me raptaran?

Sombra guardó silencio.

Rafael miró hacia otro lado.

Amalia entendió.

—Fue usted.

—Sí.

La respuesta cayó con tanta sencillez que la enfureció.

—¿Y tiene el descaro de preguntarme si estoy bien?

—Una cosa no impide la otra.

—¡Claro que la impide!

Sombra desmontó.

La diferencia entre ambos se volvió todavía más evidente.

Rafael era expresivo, insolente, hablador.

Sombra era todo lo contrario.

Cada movimiento parecía medido.

Cada palabra escogida.

Amalia lo observó aproximarse.

—No se acerque.

Sombra se detuvo.

—¿Tiene miedo?

Ella levantó el mentón.

—De usted, no.

—Bien.

—¿Bien?

—El miedo hace cometer errores.

—¿Y secuestrar a la hija de un hombre poderoso no es un error?

Por primera vez, la comisura de los labios de Sombra se movió apenas.

—Eso está por verse.

Amalia sintió deseos de golpearlo.

—Mi padre pagará lo que sea que pidan.

La expresión de Sombra cambió.

—No se trata solamente de dinero.

Amalia frunció el ceño.

—Entonces, ¿qué quieren?

—Eso lo hablaré con su padre.

—¡Yo soy la secuestrada!

—Precisamente.

—Tengo derecho a saberlo.

—Probablemente.

—Entonces dígamelo.

—No.

Amalia lo miró, incrédula.

Rafael se llevó una mano a la boca para ocultar una sonrisa.

—¿Le parece divertido? —espetó ella.

—Un poco.

—Rafael —dijo Sombra.

—Ya, ya.

Amalia respiró profundamente.

—Quiero volver a mi casa.

Sombra la miró.

—No puede.

—Quiero ver a mis padres.

—Tampoco.

—¿Por cuánto tiempo?

—No lo sé.

Aquella respuesta sí consiguió atravesar su furia.

Amalia quedó en silencio.

Por primera vez apareció algo diferente en sus ojos.

Miedo.

Sombra lo vio.

Ella apartó inmediatamente la mirada.

—Mi madre debe creer que estoy muerta.

—No.

Amalia volvió hacia él.

—¿Cómo lo sabe?

—Porque nos aseguramos de que supieran que está viva.

—¿Mi padre recibió un mensaje?

—Sí.

—¿Qué decía?

—Que estará a salvo mientras cumpla ciertas condiciones.

—¿Qué condiciones?

—Amalia.

Era la primera vez que pronunciaba su nombre.

Ella lo notó.

También notó que él ya lo conocía.

—Así que sí sabía cómo me llamaba.

—Desde antes de verla.

—Entonces aquello de «no pregunté su nombre» fue sólo para molestarme.

Sombra la miró.

—Funcionó.

Rafael soltó una carcajada.

Amalia abrió la boca, escandalizada.

—¡Es usted un insolente!

Sombra montó nuevamente.

—Eso también parece funcionar.

—Lo detesto.

—Nos conocemos desde hace unos minutos.

—Han sido suficientes.

Rafael se rio otra vez.

Sombra miró hacia el camino.

—Tenemos que movernos.

Los demás hombres comenzaron a preparar los caballos.

Amalia observó la oscuridad frente a ellos.

—¿Adónde me llevan?

—A un sitio donde nadie la reconocerá.

—¿Y cuánto tiempo estaré allí?

—Hasta que esto termine.

—¿Y si decido no colaborar?

Sombra la miró desde su caballo.

—No espero que colabore.

Amalia parpadeó.

—¿No?

—Rafael me habló de usted.

Ella giró violentamente.

—¿Qué le dijo?

Rafael sonrió.

—Lo necesario.

—¿Qué significa eso?

—Que es terca.

—¡No soy terca!

—Que discute por todo.

—¡Eso es mentira!

Rafael miró a Sombra.

—¿Ve?

Sombra ocultó algo parecido a una sonrisa.

Amalia lo señaló.

—¡Y usted deje de sonreír!

—No estoy sonriendo.

—Sí lo estaba.

—Será la oscuridad.

—Mis ojos funcionan perfectamente.

—Me alegra saberlo.

Amalia apretó los dientes.

Sombra hizo avanzar su caballo.

—Rafael.

—¿Sí?

—Tú vas con ella.

La sonrisa de Rafael desapareció.

—¿Otra vez yo?

—Ya se conocen.

—Precisamente por eso.

—¡Yo tampoco quiero ir con él! —protestó Amalia.

Sombra miró hacia atrás.

—Entonces están de acuerdo en algo.

Y siguió cabalgando.

Rafael observó a Amalia.

Amalia observó a Rafael.

—No diga una palabra —advirtieron ambos al mismo tiempo.

Se quedaron callados.

Rafael soltó una carcajada.

Amalia giró los ojos y espoleó suavemente su caballo.

Delante de ellos, Sombra se internaba en la oscuridad.

Amalia observó su silueta.

No sabía su verdadero nombre.

No sabía quién era realmente.

Tampoco sabía por qué un hombre tan joven conseguía que todos aquellos hombres obedecieran una sola palabra suya.

Pero ahora sabía algo que tres días antes ignoraba.

Su secuestro no había sido improvisado.

Sombra sabía quién era ella antes de conocerla.

Había ordenado que fueran por ella.

Y aparentemente no buscaba únicamente dinero.

Amalia bajó la mirada hacia sus manos, ahora libres.

Aquello era lo primero que él había hecho mal.

Porque podía ser consentida.

Podía ser caprichosa.

Podía haber pasado toda su vida rodeada de lujos.

Pero Sombra todavía no conocía la peor parte de Amalia de la Vega.

Cuando ella se proponía algo, era casi imposible hacerla desistir.

Miró el camino.

Memorizó la dirección.

Las colinas.

La posición de la luna.

Los senderos que dejaban atrás.

Rafael cabalgaba junto a ella sin sospechar nada.

O eso esperaba.

Amalia levantó ligeramente la barbilla.

Sombra podía llevarla donde quisiera aquella noche.

Pero tarde o temprano encontraría una forma de escapar.

Y cuando lo hiciera, pensaba regresar a su hacienda.

Después descubriría por qué la habían elegido a ella.

Y algún día averiguaría quién era realmente el misterioso hombre de ojos ámbar que se ocultaba detrás de un nombre que no era un nombre.

Sombra.

1
Carolina A²V
sino lo haces a tiempo te la robas 🤭🤭🤭
Carolina A²V
casi te gana el subconsciente 😊🤭
Carolina A²V
no rubia 🤭
Carolina A²V
otra vez podría ☝🏼
Carolina A²V
se ha dicho suponen
Carolina A²V
Lo sabemos 🫤
Carolina A²V
que fastidio con ese hombre 🫤😒
Carolina A²V
exacto 🤭🤭🤭
Carolina A²V
déjalo así por ahora 🤔
Carolina A²V
no alcanza la vida 🤔
Carolina A²V
se ven lindos
Carolina A²V
no te lo dirá pero sabes que si lo es 🤔😊🤭
Carolina A²V
mentiroso 😊
Carolina A²V
La estabas espiando 😊🤭
Carolina A²V
ayyy Joel por favor a quien quieres engañar 🤔🤨
Carolina A²V
pero ese idiota te gusta 😊🤭🤭
Carolina A²V
te tardaste 😁😂🤣
Carolina A²V
que paso Sombra se te pegaron los zapatos 😂🤣🤣
Carolina A²V
estás celoso 😊😁
Carolina A²V
apareció Sombra 😊😁
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