Yasmin Safi (19) no nació para ser invisible.
En Kabul no hay hielo, solo polvo. Pero ella creció obsesionada con ser campeona de patinaje sobre hielo. Cuando consigue una beca para irse a Toronto, Canadá, deja todo atrás.
Bonita, muy sensual, inteligente, astuta y peligrosa, Yasmin sabe que nadie le va a regalar nada. Si tiene que seducir, mentir o destruir para llegar al oro, lo hará.
En el Toronto Ice Club, entre princesas millonarias que la odian, dos hombres caerán por ella:
Daniel Leblanc (22), el príncipe bueno que puede darle un futuro.
Alexei Volkov (31), el coreógrafo ruso que le enseñará a usar su cuerpo y su maldad como arma en el hielo.
Ella no quiere ser querida. Quiere ser reina. Aunque tenga que patinar sobre hielo negro.
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Capítulo 16: Alexei se va
Alexei llegó tarde a las cinco de la mañana por primera vez desde que lo conozco.
Yo ya estaba en el hielo, haciendo círculos sola porque José me había abierto la puerta y me había dicho que Volkov no había llegado. Llevaba veinte minutos patinando sin que nadie me corrigiera y me sentía rara, como si me faltara la voz que siempre me dice que lo estoy haciendo mal.
A las cinco y veinte entró. No traía café. Traía una carpeta negra que nunca le había visto.
"Hoy no patinas", me dijo desde la baranda.
"¿Por qué?"
"Porque tengo que hablar contigo."
Me saqué un patín para poder salir del hielo sin resbalarme y me senté a su lado. Tenía ojeras y olía a cigarro más fuerte que otras veces.
"Me ofrecieron trabajo en Montreal", me dijo sin mirar. "En el centro de alto rendimiento. Con patinadoras que van a olimpiadas de verdad, no a provinciales."
Me quedé callada. No sabía si tenía que felicitarlo o no.
"¿Te vas?", le pregunté.
"Me voy si me pagan lo que pedí. Me pagan el triple que aquí y me dan departamento."
"¿Cuándo?"
"La semana que viene. Después de que termines nacionales. Thompson ya sabe."
Sentí un vacío en el estómago. No era tristeza bonita, era miedo. Desde que llegué a Toronto, Alexei era la única persona que no me trataba como si me estuviera haciendo un favor. Me trataba duro, pero me trataba como patinadora.
"¿Y yo qué hago?", le pregunté. Me salió la voz más chica.
"Por eso traje la carpeta", me dijo y la abrió. Adentro había un contrato en francés y en inglés. "Les hablé de ti. Les dije que tengo una chica que con seis meses quedó segunda en provinciales y que tiene hambre. Quieren verte. Si les gustas, te dan beca completa en Montreal. Hielo gratis, departamento compartido, todo pagado."
Me pasó el contrato. No entendí mucho porque estaba en francés, pero vi mi nombre escrito mal, Yasmin Safy, y un número con muchos ceros.
"¿Quieres que me vaya contigo a Montreal?", le pregunté.
"Quiero que patines donde te van a hacer campeona. Aquí no. Aquí Thompson te va a dar veinte dólares de beca y Daniel te va a distraer y Chloe te va a seguir odiando. Allá vas a patinar con niñas que ya saltan doble axel. Vas a aprender de verdad."
Lo miré. Tenía los ojos claros y estaba serio, no bromeando.
"¿Y Maya? ¿Y Daniel?", le dije.
"¿Qué pasa con ellos?"
"Maya es mi casa. Daniel es... Daniel. No me puedo ir a Montreal así, sin nada."
"En Montreal vas a tener casa también. Y vas a tener novios mejores que Daniel. Novios que no tienen papá con club."
Me enojé. No porque hablara mal de Daniel, porque tenía razón y no quería que la tuviera.
"¿Tú por qué me trajiste a mí? ¿Por qué no te llevas a Chloe que tiene plata y que patina desde los tres años?"
"Porque Chloe no quiere ganar. Quiere que su mamá no le grite. Tú quieres ganar porque no tienes otra cosa. Eso es lo que quieren en Montreal. Gente que no tiene otra cosa."
Cerró la carpeta y me la dejó en las piernas.
"Piénsalo. Tienes tres días. Si dices que sí, viajamos juntos después de nacionales. Si dices que no, te quedas aquí y buscas otro entrenador porque yo no voy a estar."
Se levantó y se fue. No me dijo que siguiera patinando. Se fue a su oficina chica que huele a café frío.
Me quedé sentada en la grada con la carpeta en las piernas y con un solo patín puesto.
Esa tarde no fui al grupo de las cinco. Me fui a la casa.
Maya estaba cocinando arroz con algo que olía a comino.
"¿Qué pasó? Estás blanca", me dijo cuando entré.
Le conté lo de Montreal. Le mostré la carpeta aunque no entendía francés.
"¿Te vas a ir?", me preguntó. No sonó enojada, sonó asustada.
"No sé."
"¿Qué quieres hacer tú? No qué quiere Alexei, qué quieres tú."
Me senté en el colchón y me puse a llorar. No lloraba desde Ottawa. No de tristeza, de no saber qué hacer.
"Si me voy a Montreal capaz patino mejor", le dije. "Capaz llego a olimpiadas de verdad. Pero si me voy, te dejo sola aquí y dejo a Daniel y dejo el club donde por primera vez me dieron beca."
"Yasmin, tú llegaste a Toronto sin nada y en seis meses quedaste segunda en provinciales con patines rotos. ¿Tú crees que eso lo hiciste por Alexei o por ti?"
"Por mí, pero él me enseñó."
"Te enseñó, pero los pies son tuyos. Si te vas a Montreal vas a estar sola otra vez, en una ciudad donde no conoces a nadie y donde hace más frío que aquí. Si te quedas aquí tienes casa, tienes beca, tienes a Daniel que aunque es medio tonto te quiere."
"¿Tú qué harías?"
"Yo me quedaría. Porque Montreal suena bonito pero suena a que vas a ser otra vez la refugiada que tienen que salvar. Aquí ya no eres la refugiada, aquí eres Yasmin la que quedó segunda."
Esa noche Daniel me llamó. Le conté lo de Montreal también.
"¿Te vas?", me preguntó. Sonó igual que Maya, asustado.
"No sé."
"Si te vas, ¿qué pasa con nosotros? Con lo de después de nacionales."
"No sé."
Hubo silencio. Luego me dijo algo que no esperaba.
"Si te vas porque quieres patinar mejor, yo te apoyo. No me va a gustar, pero te apoyo. Si te vas porque Alexei te dijo que aquí no vales nada, no te vayas. Porque aquí sí vales."
Colgué y me quedé mirando la carpeta negra.
Al otro día fui a las cinco de la mañana. Alexei estaba ahí, con café, como si nada hubiera pasado.
"¿Pensaste?", me preguntó.
"Sí."
"¿Y?"
"No me voy."
Me miró fijo.
"¿Por qué?"
"Porque no quiero ser la chica que Alexei se lleva a Montreal. Quiero ser la chica que se queda en Toronto y que gana aquí. Con mis patines, con mi beca de veinte dólares y con mi casa con Maya."
Se quedó callado un rato largo. Luego se rió. Una risa corta que nunca le había escuchado.
"Bien", me dijo. "Eso quería escuchar. Si me decías que sí a la primera, te decía que no te llevara. Porque la que dice que sí a todo por miedo no sirve para campeona."
"¿Entonces era prueba?"
"Todo es prueba contigo. Desde el primer día."
Me pasó la mano por la cabeza, como si fuera una niña. Fue la primera vez que me tocaba sin que fuera para corregirme la postura.
"Te voy a dejar con un entrenador bueno. No tan bueno como yo, pero bueno. Y me vas a escribir cada vez que hagas el lutz bien, ¿entendido?"
Le dije que sí.
La semana siguiente Alexei se fue. No hizo fiesta de despedida. Solo dejó su oficina vacía y su taza de café sin lavar en el fregadero del club.
Thompson me asignó a una entrenadora nueva, una señora de Quebec que se llama Isabelle y que habla muy bajito.
El primer día sin Alexei patiné mal. Me caí dos veces sin saltar. Busqué su voz en la baranda y no estaba.
El segundo día patiné mejor. Porque me acordé de lo que me dijo el día del café sin azúcar. Que si ganaba, él ganaba. Y que si yo ganaba en Toronto sin él, también ganaba él de otra forma.
Tenía diecinueve años, una carpeta negra con un contrato en francés que no firmé, un entrenador que se fue a Montreal y un hielo que de repente era solo mío.
Y por primera vez no sentí que alguien me estaba salvando.
Sentí que yo estaba eligiendo quedarme.