Estela tiene veinticinco años y la vida rota. Tras perder a su padre y cuidar a su madre enferma, se refugia en sus musicales favoritos. Es una soñadora que espera un amor de película, sin saber que el destino aguarda en la primera fila de un teatro.
David es el barítono del momento, una estrella internacional cansada de la soledad. Al salir al escenario para encarnar al Fantasma de la Ópera, una mirada inocente y húmeda entre el público lo hechiza por completo.
Decidido a conocerla sin el ruido de su fama, David inicia un juego desde el anonimato. Mediante rosas, notas y llamadas de madrugada con una voz que la derrite, reconstruye el mundo de Estela. Pero cuando los secretos se vuelven pesados, la realidad de la fama, los chantajes de una actriz y un embarazo en el exilio amenazan con destruir su paraíso.
¿Sobrevivirá el amor cuando caigan las máscaras? Descubre una historia profunda donde él fue salvado por sus ojos; y ella, arrullada por su voz.
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CAPITULO 24. UN REFUGIO ENTRE LA NIEVE
Siete meses después de que el tren del exilio partiera de la lluviosa estación de Madrid, el mundo de Estela se había transformado en un lienzo de paz, naturaleza y horizontes limpios. Gracias a la generosa oferta de su hermano Adolfo, la familia se había instalado de forma permanente en una pintoresca localidad alpina a las afueras de Zúrich, en Suiza. Era un pueblo de postal, rodeado de montañas coronadas de nieve perenne, lagos de aguas cristalinas y un aire tan puro que parecía sanar las heridas del alma con solo respirarlo. La gran casa de madera y piedra que Adolfo había alquilado bullía ahora de una vitalidad que Estela creía perdida para siempre.
La mañana del sábado amaneció con un sol radiante que hacía brillar la escarcha del jardín trasero. Estela, que se encontraba ya en el tercer trimestre de su gestación, caminaba lentamente por el sendero empedrado, sosteniendo una taza de leche caliente entre sus manos. Vestía un holgado vestido de punto grueso de color crema que delineaba a la perfección una hermosa y muy avanzada barriga de embarazo de poco más de treinta y dos semanas. Acarició la curva de su vientre con una ternura infinita, sintiendo un sutil y reconfortante movimiento en su interior. En el exilio, su hijo se había convertido en su mayor motor, el secreto sagrado que custodiaba con un instinto protector feroz, lejos de las luces del teatro y del frívolo mundo de la fama de David.
Al levantar la vista, una sonrisa radiante se dibujó en sus labios al contemplar la escena familiar que se desplegaba en el porche de la casa. Su madre, cuya profunda depresión se había disuelto por completo gracias al cambio de aires y a las rutinas tranquilas del campo, se encontraba sentada en una mecedora, tejiendo una pequeña manta de lana azul para el futuro bebé. A su lado, Adolfo reía con ganas mientras ayudaba a su esposa, Beatriz, a colocar los abrigos a los pequeños Leo y Sofía, sus dos sobrinos de seis y cuatro años, quienes corrían entusiasmados por el césped persiguiendo a una pequeña ardilla alpina. Beatriz, una mujer de carácter dulce, comprensivo y sumamente maternal, se había convertido en un pilar fundamental para Estela durante esos meses, arropándola en sus revisiones médicas y llenándola de consejos con una complicidad de hermana real.
—¡Estela, no te quedes ahí parada al frío! —exclamó Laura, saliendo al porche con una bufanda de lana roja en las manos mientras caminaba a paso rápido hacia su mejor amiga—. Recuerda lo que dijo el médico ayer, tienes que cuidar tus tobillos y no coger frío en esta etapa. Ven a sentarte con nosotras.
Laura, fiel a su promesa incondicional, había cerrado su vida en Madrid, pedido el traslado permanente en su empresa de diseño y se había mudado a Suiza junto a ellas. Vivía en un pequeño apartamento a escasos cinco minutos de la casa familiar, compartiendo los almuerzos, los paseos y, sobre todo, el sagrado secreto del embarazo. Estela se dejó guiar por Laura hasta una de las sillas del porche, suspirando con una inmensa paz al sentir el calor de la manta que su cuñada Beatriz le colocaba sobre las piernas.
—Estás preciosa hoy, Estela —le dijo Beatriz, dándole un beso cariñoso en la mejilla antes de entrar a la cocina con los niños—. El aire de la montaña le está sentando de maravilla a mi futuro sobrino. Tienes una luz hermosa en la mirada.
—Gracias, Bea —respondió Estela, contemplando el juego de sus sobrinos en el jardín—. Es gracias a todos vosotros. Estar aquí, ver a mamá sonreír y sentir este apoyo... me hace darme cuenta de que tomar este tren fue la decisión más correcta de mi vida.
Mientras la paz reinaba en el refugio suizo, en España la tormenta mediática que rodeaba la gira de El Fantasma de la Ópera encaraba su recta final, pero bajo unas condiciones radicalmente distintas. Carlos, el representante de David, había estado moviendo sus hilos legales en un absoluto secreto durante los últimos siete meses. Había contratado a una de las agencias de investigación digital más prestigiosas del continente, con un objetivo muy claro: desarmar la trampa y el chantaje que la ambiciosa soprano, Elena, había tendido sobre el cantante.
La noche anterior, tras la penúltima función de la temporada en Barcelona, Carlos había citado a Elena en los despachos de la dirección del teatro. Al entrar, la actriz se encontró con Carlos sentado detrás del escritorio de roble, cruzado de brazos y con una carpeta de cuero negro abierta frente a él. David permanecía de pie junto al ventanal, de espaldas, contemplando las luces de la ciudad con una fría y severa indiferencia.
—¿A qué se debe esta reunión de última hora, Carlos? —preguntó Elena con su habitual tono cínico y arrogante, sentándose con elegancia mientras se retocaba los guantes de seda—. Faltan pocas semanas para que termine la gira y los contratos de patrocinio de nuestra "pareja oficial" están en su punto más alto. Deberías estar celebrándolo.
—Se ha terminado el juego, Elena —anunció Carlos con una voz gélida, deslizando varios folios impresos sobre la madera del escritorio—. Estos documentos son el informe pericial informático de la fiscalía. Hemos rastreado de forma milimétrica las direcciones IP de los correos electrónicos, los registros de llamadas y las transferencias bancarias clandestinas que realizaste hace siete meses al periodista de la prensa rosa que publicó la falsa exclusiva del romance.
Carlos se inclinó hacia el frente, fijando su mirada implacable en los ojos de la soprano, que comenzaron a perder el brillo cínico para teñirse de un pánico absoluto.
—Tenemos pruebas irrefutables de que manipulaste y pagaste a los medios para difamar a David y orquestar este montaje, Elena —continuó el mánager—. Pero lo más grave es que tenemos grabadas las conversaciones donde amenazabas a David con filtrar datos privados y personales de espectadores de taquilla, un delito federal de revelación de secretos y extorsión que conlleva penas de cárcel. Los abogados de la productora ya han redactado la demanda. Si no firmas este documento de rescisión inmediata de contrato por conducta fraudulenta y una confesión pública firmada donde admites que la exclusiva del romance fue un invento exclusivo de tu parte para colgarte de la fama de David, mañana por la mañana estarás declarando ante un juez y tu reputación artística quedará completamente destruida para el resto de tus días.
Elena contempló los papeles con las manos temblorosas, dándose cuenta de que la ambición la había metido en un callejón sin salida legal del que no podía escapar. Sin opciones, con lágrimas de rabia y humillación desbordando sus ojos perfectos, tomó el bolígrafo y firmó la confesión, saliendo del despacho a toda prisa mientras arrastraba el fracaso de su gran farsa.
David se giró lentamente desde el ventanal, despojándose por fin de la pesada carga que le había oprimido el pecho durante los últimos siete meses. Miró a su representante con una mezcla de inmensa gratitud y un brillo de renovada determinación en sus intensos ojos oscuros. Era libre. El chantaje había sido destruido, su carrera estaba a salvo y la intimidad de Estela permanecía protegida.
—Eres libre, David —le dijo Carlos, sonriendo con un profundo alivio profesional—. Elena ya no es una amenaza. El comunicado saldrá mañana en los informativos. Eres dueño de tu vida otra vez.
Esa misma medianoche, aprovechando el silencio del hotel, Laura se encontraba en la cocina de su apartamento en Suiza preparando un té cuando su teléfono móvil personal comenzó a vibrar en la encimera. Al mirar la pantalla, vio el nombre de Carlos. Hacía semanas que no hablaban a través de su línea de comunicación secreta. Al aceptar la llamada con intriga, la voz del mánager inundó el receptor con una vibración eléctrica de triunfo.
—Laura, lo hemos conseguido —anunció Carlos de inmediato, sin preámbulos—. Elena ha caído. Hemos demostrado la extorsión ante los abogados y ha firmado la confesión total. Mañana todo el país sabrá que el romance con David fue una farsa de su parte. David ya es libre de la máscara mediática. He cumplido mi parte del trato en las sombras. Dime... ¿cómo están las cosas en tu lado del mundo? ¿Está Estela lista para que el puente vuelva a tenderse?
Laura contuvo el aliento, girándose hacia la ventana que daba al jardín de la casa de Estela, donde la nieve alpina brillaba bajo la luna llena. Sintió que un escalofrío de maravillosa esperanza le recorría todo el cuerpo, guardando en un absoluto secreto el milagro de la barriga de embarazo de su amiga, pero sabiendo, con una sonrisa de absoluta complicidad en los labios, que el momento de levantar el telón hacia el reencuentro definitivo acababa de dar su primer e ineludible paso en la oscuridad.