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Ya no soy tu sustituta

Ya no soy tu sustituta

Status: En proceso
Genre:Romance / CEO / Juego de roles / Triángulo amoroso / Tú no me amas / Amante arrepentido / Amor platónico
Popularitas:279
Nilai: 5
nombre de autor: Irin_Kokh

Durante tres años, Valentina Robles creyó ser la mujer que Gabriel Duarte amaba. Hasta que volvió su ex y ella escuchó la verdad: él solo había estado buscando a otra en su rostro.
Valentina no va a competir por un lugar que nunca fue suyo. Acepta el matrimonio que antes había rechazado y vuelve a casa, decidida a dejar a Gabriel atrás. Lo que él no sabe es que la mujer a la que dio por sentada es una heredera que ya no necesita ocultarse.
A su lado está Alejandro Ferrer, dispuesto a darle algo que con Gabriel nunca tuvo: confianza sin condiciones.
Pero Gabriel no acepta haberla perdido. Y Valentina ya no está dispuesta a ser la segunda opción de nadie.

NovelToon tiene autorización de Irin_Kokh para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 12

012. Gabriel se moría de antojo

Valentina sonrió, sin darle importancia.

—Sí. Porque no me conoces.

Luego volvió a divertirse a costa de Camila.

—¿Segura que no quieres una foto? Si no, ya me voy.

Camila estaba verde de rabia. ¡Claro que quería! Pero con Valentina dentro del auto no podía rebajarse a hacerlo.

—No me interesa —respondió, obstinada.

—Bueno, ¡adiós!

Valentina les hizo un gesto de despedida y pisó el acelerador. El Bentley azul desapareció de su vista.

—Gabriel, ¿cómo pudiste fijarte en una mujer tan vanidosa? —soltó Camila, furiosa.

Él se frotó el entrecejo.

—Antes no era así. No sé qué le pasa últimamente. Primero me presiona para casarnos y ahora alquila un auto.

—Debe de sentirse amenazada porque tú y yo estamos tan cerca. Seguro lo alquiló para intentar entrar en nuestro círculo.

Camila cruzó los brazos, negó con la cabeza y suspiró, con expresión compasiva.

—Qué pena. Alquilado es alquilado. Nunca va a ser suyo. Solo le queda tomarse unas fotos. Pobre.

—Ya no digas más. Hasta a mí me da vergüenza.

Gabriel se dio la vuelta y regresó a la casa.

***

Valentina dio un paseo en el auto y terminó dejándolo en un estacionamiento de pago fuera del conjunto residencial. No quería meterlo en el garaje de Gabriel. Todavía no era momento de mostrarle todas sus cartas. Antes había querido contarle personalmente de qué familia venía. Ahora ya no tenía ganas.

Esa noche, como siempre, la mesa estaba llena de verduras. Valentina llegó con la comida que había pedido a un servicio de cocina por encargo, se sentó y abrió las cajas como si los demás no estuvieran. El aroma llenó enseguida el comedor.

Gabriel no pudo evitar mirar. Cangrejos de río picantes y cangrejo al chile, con un aspecto delicioso. El olor intenso y especiado le invadió la nariz y le despertó el hambre. Al poco rato se le hacía agua la boca. Volvió a mirar sus platos: verduras insípidas, sin gracia alguna. No se le antojaban en absoluto.

Valentina se puso unos guantes desechables y empezó a pelar los cangrejos de río, concentrada en lo suyo. A él también le encantaban. Antes, cuando iban a comerlos juntos, ella siempre se los pelaba.

Gabriel tragó saliva. Fingió mirar a Valentina sin interés, esperando que pusiera uno ya pelado en su plato. Pero ella se lo llevó a la boca y lo comió con evidente gusto. Al notar su mirada, giró la cabeza hacia él y tragó antes de preguntar:

—¿Qué pasa? ¿Por qué me miras?

Él fingió toser para disimular la incomodidad.

—¿Puedes dejar de comer cosas que huelen tan fuerte? —dijo, como si nada.

Valentina ni siquiera alcanzó a contestar. Camila se adelantó.

—Ay, cuanto más pobre es la gente, más le gustan esas comidas tan condimentadas y picantes. Valentina, de verdad huele muchísimo. ¿Por qué no te lo llevas afuera?

A Gabriel se le ensombreció el rostro. Hacía un momento se moría por probarlo. ¿Y ahora resultaba que era comida para pobres?

Valentina se relamió y empezó a pelar otro, con la intención de sembrar discordia.

—Camila, parece que no conoces muy bien a Gabriel. Pregúntale si le gusta.

Ella se quedó desconcertada y se volvió hacia él.

—Gabriel, tú…

A él le tembló el entrecejo. Contuvo el fastidio y tomó un poco de verdura.

—Déjala. Vamos a comer.

Valentina terminó sola toda la caja de cangrejos de río y el cangrejo al chile, tarareando una melodía. Se sentía de maravilla.

Después de cenar, Camila recorrió la sala y empezó a comentar:

—Gabriel, estas cortinas no se ven bien. Y el florero de la mesa no combina con los colores de la sala.

Se tapó la nariz y miró las flores con desagrado.

—Además, soy alérgica al polen. ¿Podemos tirarlas?

Valentina había cambiado las cortinas, comprado el florero y elegido con cuidado las flores del arreglo. Camila probablemente lo sabía; por eso les estaba buscando defectos.

—Si no te gustan, cámbialas por las que quieras —respondió él, sin pensarlo mucho.

Su mirada se detuvo un instante en Valentina. Con un tono casi de rabieta, añadió:

—Y, si eres alérgica, que tiren las flores.

Valentina observó en silencio cómo se seguían el juego. La casa ni siquiera era suya. Que hicieran lo que quisieran. Camila, en cambio, interpretó su silencio como tristeza. Un destello de triunfo le cruzó los ojos. Valentina había perdido.

Gabriel llamó a Teresa y le ordenó sacar el florero y las flores para tirarlos. La mujer miró a Valentina, incómoda.

—Pero, señor, estas flores… las compró la señorita Robles.

El rostro de Gabriel se endureció y su voz subió de volumen.

—¿Y qué si las compró ella? Parece que no tienes claro quién es el dueño de esta casa. ¿Quién te paga el sueldo?

—No pasa nada, Teresa —intervino Valentina con calma—. Tíralas.

Solo entonces Teresa tomó el florero y salió. Para sus adentros no dejaba de protestar. ¡Desquiciado! Siempre buscando problemas, siempre con sus arranques. Y Camila era otra igual. Desde que había llegado solo comían verduras, así que ni ella podía probar un poco de carne. ¿Cuándo se iba a terminar aquello?

En la sala, Camila se aferró sonriente al brazo de Gabriel.

—Gabriel, mañana ven conmigo a escoger cortinas —pidió con voz mimosa.

Él miró de reojo a Valentina. Al verla tan tranquila, sin el menor rastro de celos, sintió una irritación que no sabía explicar. ¿Por qué no se ponía celosa? Había mandado tirar sus flores. ¿Por qué no se enojaba?

Se sentía incómodo, aunque no acertaba a decir cómo. Siempre había apreciado que fuera dócil y comprensiva, que no le diera problemas. Pero ahora, ¿no se estaba pasando? Tampoco habría estado mal que sintiera un poco de celos de vez en cuando.

De pronto, aquella docilidad empezó a fastidiarlo.

Como no respondía, Camila le sacudió suavemente el brazo, cada vez más mimosa.

—Gabriel, ¿me estás escuchando?

Él apartó la mirada de Valentina y dejó escapar un «sí» apagado.

***

Al día siguiente, Camila compró un montón de cosas con gran alboroto y se puso a dirigir a quienes las entregaban. Había que cambiar las cortinas y la decoración de la sala. Todo lo que Valentina había comprado acabó en la basura.

Cuando ella regresó, Camila la miró con aire de triunfo. Valentina no le hizo caso. Echó un vistazo inexpresivo a la sala revuelta y al personal que trabajaba, y subió al dormitorio.

Ya había preparado el equipaje que se llevaría y casi terminado de empaquetar lo que iba a tirar. Solo quedaban fuera algunos artículos de uso diario y la ropa para cambiarse esos días.

Creía que podría pasar los últimos días sin problemas con Camila. No esperaba que, con tal de echarla, fuera capaz de recurrir a cualquier cosa.

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ysabel cecilia contreras
Miércoles llegó con otra 👿🤣🤣🤣🤣🤣
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