Con el alma rota y dos hijos que proteger, Catalina reconstruyó su vida desde cero… sin él.
Rubén lo dejó todo por una mentira. Pero cuando la ilusión se desvaneció, comprendió que lo que abandonó era lo único real. Regresa arrepentido, dispuesto a recuperar lo que perdió.
Sin embargo, Catalina ya no espera por nadie. Encontró la fuerza, la paz y la vida que él le negó.
¿Podrá su arrepentimiento borrar años de abandono? ¿O será demasiado tarde para volver a su lado?
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CAPÍTULO 5. EL DÍA QUE SE MARCHÓ
Catalina
Nunca olvidaré aquella mañana.
El día que Rubén se marchó definitivamente de nuestra casa, desperté con una sensación extraña en el pecho.
Todavía estaba oscuro cuando abrí los ojos.
Durante unos segundos, pensé que todo había sido una pesadilla.
Giré la cabeza hacia el lado de la cama donde Rubén había dormido durante siete años.
Estaba vacío.
Entonces recordé todo.
La otra mujer.
La separación.
Sus palabras.
“Quiero separarme.”
Sentí que las lágrimas comenzaban a caer antes de siquiera levantarme.
Me acaricié el vientre.
—Tenemos que ser fuertes, bebé.
Me levanté lentamente y fui a preparar el desayuno para Mateo.
Quería que aquella mañana fuera normal para él.
No quería que mi hijo recordara aquel día como el día en que su familia se rompió.
Pero los niños sienten cuando algo está mal.
Mateo apareció en la cocina con su pequeño pijama.
—Mamá, ¿papá ya volvió?
Me quedé quieta.
—Todavía no, cariño.
—¿Dónde está?
—Está arreglando unas cosas.
Mateo me miró fijamente.
—¿Se va a ir otra vez?
No pude responder inmediatamente.
—Ven aquí.
Lo abracé con fuerza.
—Pase lo que pase, tú siempre vas a tener a mamá.
—¿Y papá?
Sentí que mi corazón se partía.
—Papá también te quiere.
Era lo único que podía decirle.
Aunque yo ya no sabía qué lugar ocupaba Rubén en nuestras vidas.
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A las ocho de la mañana, escuché un automóvil detenerse frente a la casa.
Mi corazón comenzó a latir rápidamente.
Sabía que era él.
Rubén entró unos minutos después.
Llevaba una camisa azul, pantalones oscuros y una expresión seria.
En sus manos llevaba una pequeña maleta.
Solo una.
Pero aquella maleta representaba el final de nuestra vida juntos.
Mateo corrió hacia él.
—¡Papá!
Rubén dejó la maleta en el suelo y abrazó a nuestro hijo.
—Hola, campeón.
—¿Te vas de viaje?
Rubén miró hacia mí.
—Sí, hijo.
—¿Cuándo vuelves?
Rubén no respondió.
Mateo volvió a preguntar:
—¿Cuándo?
—No lo sé.
El rostro de mi hijo cambió.
—¿Por qué?
Rubén se agachó frente a él.
—Papá necesita estar en otro lugar durante un tiempo.
—¿Pero vas a volver a vivir aquí?
Rubén bajó la mirada.
Yo tuve que apartarme para que ninguno de los dos viera mis lágrimas.
Mateo comenzó a llorar.
—Yo quiero que te quedes.
Rubén lo abrazó.
—Te quiero mucho, campeón.
—Entonces quédate.
La voz de Mateo se quebró.
Me llevé una mano a la boca para contener el llanto.
Rubén también parecía afectado.
Pero finalmente se separó de nuestro hijo.
—Tengo que irme.
Mateo corrió hacia mí.
Lo abracé mientras observaba a Rubén tomar su maleta.
Él se acercó.
—Catalina...
No respondí.
—Quiero hablar contigo.
—Ya dijiste todo lo que tenías que decir.
—Necesito que entiendas que no quiero hacerte daño.
Lo miré directamente.
—Pero lo estás haciendo.
Rubén bajó la mirada.
—Lo siento.
—El perdón llegará algún día. Pero hoy no puedo dártelo.
Se quedó en silencio.
—¿Todavía me amas? —preguntó finalmente.
Aquella pregunta me sorprendió.
—Sí.
Rubén levantó los ojos.
—Pero eso no significa que vaya a rogarte que te quedes.
Sus labios se entreabrieron.
—Catalina...
—Tú elegiste irte.
Me acaricié el vientre.
—Ahora yo tengo que aprender a seguir adelante.
Rubén respiró profundamente.
—Siempre cuidaré de nuestros hijos.
—Espero que lo hagas.
—Y nunca les faltará nada.
—Lo que más necesitan no se puede comprar, Rubén.
Él entendió perfectamente lo que quería decir.
Necesitaban un padre presente.
Un padre que estuviera allí cuando tuvieran miedo.
Cuando enfermaran.
Cuando ganaran un premio en el colegio.
Cuando necesitaran un abrazo.
Pero Rubén había decidido marcharse.
--
Rubén
Nunca imaginé que hacer una maleta pudiera doler tanto.
Mientras guardaba mis cosas, encontré una fotografía de Catalina.
Era de los primeros años de nuestro matrimonio.
Ella estaba sentada en el jardín, riéndose.
Yo estaba detrás de ella, abrazándola.
Tomé la fotografía entre mis manos.
Por un momento pensé en quedármela.
Después la dejé sobre la cama.
No sabía por qué me costaba tanto irme si estaba convencido de que aquella era la decisión correcta.
Quizá porque una parte de mí todavía amaba la vida que estaba dejando atrás.
Pero Valeria me esperaba.
Me había prometido una nueva vida.
Una vida diferente.
Una vida sin responsabilidades que me hicieran sentir atrapado.
Eso era lo que quería.
¿Verdad?
Tomé la maleta.
Antes de salir, escuché a Mateo llorar.
Me detuve.
Quise regresar.
Quise abrazarlo.
Quise decirle que todo estaría bien.
Pero sabía que no podía prometer algo que no estaba seguro de poder cumplir.
Salí de la habitación.
Catalina estaba junto a la puerta.
Sus ojos estaban llenos de lágrimas.
—Adiós, Rubén.
La palabra me dolió.
—Adiós, Catalina.
Caminé hacia la puerta.
Cada paso parecía más pesado que el anterior.
Cuando llegué al automóvil, miré la casa.
Allí estaban mis recuerdos.
Mi hijo.
Mi esposa.
Mi familia.
Y aun así, encendí el motor.
Me fui.
Sin saber que algún día desearía regresar.
---
Narradora: Catalina
Vi el automóvil alejarse por la calle.
No corrí detrás de él.
No lo llamé.
No le pedí que regresara.
Solo permanecí allí, sosteniendo a Mateo entre mis brazos.
Cuando el automóvil desapareció, mi hijo levantó la mirada.
—Mamá...
—Aquí estoy.
—¿Papá ya se fue?
Cerré los ojos.
—Sí, mi amor.
—¿Por mucho tiempo?
No pude mentirle esta vez.
—No lo sé.
Mateo comenzó a llorar.
Lo abracé.
Y lloramos juntos.
Ese fue el momento en que comprendí que ya no podía seguir esperando que Rubén cambiara de opinión.
Tenía dos hijos que proteger.
Una vida que reconstruir.
Y un bebé que pronto llegaría al mundo.
Me limpié las lágrimas y respiré profundamente.
—Vamos a estar bien, Mateo.
—¿De verdad?
Lo miré.
—Sí.
Aunque todavía no sabía cómo.
---
Pasaron los días.
La ausencia de Rubén se volvió parte de nuestra rutina.
Al principio esperaba sus llamadas.
Después dejé de hacerlo.
Comencé a organizar nuestras cuentas, a buscar nuevas formas de ganar dinero y a preparar todo para la llegada del bebé.
Cada noche, cuando Mateo dormía, me quedaba despierta pensando en el futuro.
Tenía miedo.
Muchísimo miedo.
Pero también tenía una razón para levantarme cada mañana.
Mis hijos.
Ellos no tenían la culpa de las decisiones de su padre.
Y yo no permitiría que crecieran pensando que el abandono de Rubén significaba que nuestra familia estaba destinada a ser infeliz.
Una tarde, mientras doblaba la ropa del bebé, encontré una pequeña camiseta que había comprado Rubén meses atrás.
La sostuve entre mis manos.
Por un instante, recordé al hombre que había sido.
El hombre que me había prometido quedarse para siempre.
Una lágrima cayó sobre la pequeña prenda.
—Te amé tanto...
Después guardé la camiseta en el cajón.
Ya no podía vivir mirando hacia atrás.
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Rubén
Esa misma noche estaba sentado en el apartamento de Valeria.
Ella había preparado una cena especial.
Había velas sobre la mesa y música suave.
—Ahora sí podemos comenzar nuestra vida juntos —dijo mientras sonreía.
La miré.
Intenté sonreír también.
—Sí.
Valeria tomó mi mano.
—Ya no tienes que preocuparte por Catalina.
Miré hacia otro lado.
—No hablemos de ella.
—Eso quiero.
Pero aunque había salido de aquella casa, Catalina seguía en mi cabeza.
Recordaba sus ojos.
La voz de Mateo.
La mano de Catalina sobre su vientre.
Y aquella despedida.
“Tú elegiste irte.”
Bebí un poco de agua.
—¿Estás bien? —preguntó Valeria.
—Sí.
Otra mentira.
Porque aquella noche comprendí algo que todavía no estaba dispuesto a admitir:
Había conseguido la libertad que creía querer.
Pero había dejado atrás todo aquello que algún día había llamado hogar.
Y todavía no sabía cuánto me costaría esa decisión.
🙊a hora cual será el misterio