Con el alma rota y dos hijos que proteger, Catalina reconstruyó su vida desde cero… sin él.
Rubén lo dejó todo por una mentira. Pero cuando la ilusión se desvaneció, comprendió que lo que abandonó era lo único real. Regresa arrepentido, dispuesto a recuperar lo que perdió.
Sin embargo, Catalina ya no espera por nadie. Encontró la fuerza, la paz y la vida que él le negó.
¿Podrá su arrepentimiento borrar años de abandono? ¿O será demasiado tarde para volver a su lado?
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Capítulo 17: Un trabajo para salir adelante
Catalina
La mañana después de la visita de Rubén me desperté antes de que sonara la alarma.
Había dormido poco.
No podía dejar de pensar en lo que había ocurrido la noche anterior.
Rubén había llegado después de casi dos semanas sin llamar.
Mateo lo había recibido con una mezcla de alegría y desconfianza.
Y aunque yo no quería admitirlo, aquella escena me había dejado una sensación extraña.
No era tristeza.
Tampoco esperanza.
Era simplemente la certeza de que nuestra vida había cambiado para siempre.
Me levanté de la cama y fui hasta la habitación de los niños.
Gabriel todavía dormía.
Mateo estaba despierto, sentado en su cama.
—Buenos días, mi amor.
—Buenos días, mamá.
Me acerqué y lo abracé.
—¿Dormiste bien?
—Sí.
Después de unos segundos me preguntó:
—¿Papá va a volver hoy?
Respiré profundamente.
—No lo sé.
Mateo bajó la mirada.
—Pero ayer dijo que iba a volver.
—Entonces tendremos que esperar a ver si cumple lo que dijo.
No quería volver a enseñarle a mi hijo a esperar promesas.
Quería enseñarle a confiar en los hechos.
Después preparé el desayuno, alimenté a Gabriel y revisé mi computadora.
Tenía varios mensajes del trabajo.
Desde que había comenzado a trabajar desde casa, había descubierto algo que no esperaba.
Yo podía hacerlo.
Podía ganar mi propio dinero.
Podía cuidar a mis hijos y, al mismo tiempo, construir algo para nuestro futuro.
Pero necesitaba más.
Los gastos habían aumentado.
Gabriel necesitaba pañales, leche y medicamentos.
Mateo necesitaba útiles escolares, ropa y otras cosas.
Y yo necesitaba dejar de vivir contando cada peso.
Abrí una de las ofertas de trabajo que había recibido días atrás.
Era una oportunidad para ampliar mis horas de trabajo y asumir nuevas responsabilidades.
No sería fácil.
Significaba menos descanso.
Más horas frente al computador.
Más organización.
Pero también significaba algo importante.
Independencia.
Tomé aire y respondí:
“Estoy interesada en la oportunidad.”
Envié el mensaje.
Y por primera vez en mucho tiempo sentí que estaba tomando una decisión por mí misma.
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Rubén
Después de visitar a mis hijos, regresé a casa con una sensación difícil de explicar.
No podía dejar de pensar en Mateo.
En su mirada.
En aquella pregunta:
“Pensé que ya no ibas a venir.”
Había sido una frase sencilla.
Pero me había golpeado más que cualquier reproche.
Cuando entré al apartamento, Valeria estaba desayunando.
—¿Dónde estabas?
—Con mis hijos.
Ella dejó la taza sobre la mesa.
—Otra vez.
—Son mis hijos, Valeria.
—Lo sé.
—Entonces deja de decirlo como si fuera un problema.
Valeria se quedó callada.
Yo fui hasta la ventana.
—Mateo ha cambiado.
—Los niños crecen.
—No es eso.
Me giré.
—Ya no confía en mí.
Valeria suspiró.
—Eso se puede arreglar.
—No es tan sencillo.
—Entonces, ¿qué quieres hacer?
No respondí.
Porque ni siquiera yo sabía qué quería hacer.
Una parte de mí quería recuperar el tiempo perdido.
Pero otra sabía que no podía regresar al pasado.
Había elegido irme.
Había elegido otra vida.
Y ahora tenía que asumir las consecuencias.
Mi teléfono vibró.
Era un mensaje.
Lo abrí.
Era de Catalina.
Por un momento pensé que sería algo relacionado con los niños.
Pero el mensaje decía:
“Rubén, a partir de ahora necesito que acordemos con anticipación los días en que verás a los niños. Quiero evitarles decepciones.”
Lo leí varias veces.
No había una sola palabra de reproche.
Eso me dolió todavía más.
Catalina ya no discutía conmigo.
Ya no me reclamaba.
Simplemente estaba organizando su vida sin contar conmigo.
Y quizás eso era lo que más me asustaba.
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Catalina
Dos días después recibí una llamada.
—¿Señora Catalina?
—Sí.
—Queremos confirmarle que ha sido seleccionada para ampliar su trabajo con nosotros.
Sentí que el corazón me daba un salto.
—¿De verdad?
—Sí. A partir de la próxima semana tendrá nuevas funciones y un mejor ingreso.
Me quedé en silencio unos segundos.
—Muchas gracias.
Cuando terminé la llamada, me quedé mirando la pantalla.
Un mejor ingreso.
No era una fortuna.
Pero para mí significaba muchísimo.
Significaba poder pagar las necesidades de mis hijos sin depender de Rubén.
Significaba ahorrar.
Significaba comenzar a pensar en nuestro futuro.
Y, sobre todo, significaba demostrarme que podía hacerlo.
Tomé a Gabriel en brazos y fui hasta la habitación de Mateo.
—Tengo una noticia.
Mateo levantó la mirada.
—¿Qué pasó?
—Mamá consiguió más trabajo.
Sus ojos se iluminaron.
—¿Eso es bueno?
Sonreí.
—Muy bueno.
—¿Entonces podremos comprarle algo al bebé?
Me reí.
—Sí.
—¿Y para mí?
—También.
Mateo me abrazó.
—Estoy orgulloso de ti, mamá.
Sentí que los ojos se me llenaban de lágrimas.
No necesitaba que Rubén me dijera que podía.
Mi hijo acababa de hacerlo.
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Rubén
Aquella tarde fui a recoger a Mateo.
Cuando llegué, encontré a Catalina trabajando.
Tenía el cabello recogido y estaba frente al computador.
Gabriel dormía a pocos metros.
Sobre la mesa había una taza de café y varios documentos.
—¿Estás trabajando? —pregunté.
Catalina levantó la mirada.
—Sí.
—¿Todavía?
—Tengo nuevas responsabilidades.
—¿Nuevas?
Asintió.
—Me ofrecieron ampliar mi trabajo.
La miré sorprendido.
—Eso es bueno.
—Sí.
—¿Cuánto te van a pagar?
Catalina frunció ligeramente el ceño.
—No creo que necesitemos hablar de eso.
—Solo preguntaba.
—Estoy intentando construir mi propia estabilidad.
No supe qué decir.
Antes, cuando estábamos juntos, yo era quien pagaba la mayoría de las cosas.
Siempre pensé que Catalina dependía de mí.
Pero ahora estaba descubriendo que no.
Ella estaba construyendo su propia vida.
Y mientras la observaba trabajar, sentí algo que me incomodó.
Orgullo.
Sí.
Estaba orgulloso de ella.
Pero también sentí miedo.
Porque cuanto más fuerte se volvía Catalina, menos espacio parecía quedar para mí en su vida.
—Catalina.
—¿Sí?
—Me alegra que estés saliendo adelante.
Ella me miró durante unos segundos.
—Tengo que hacerlo.
—No tienes que hacerlo sola.
Su expresión cambió.
—Aprendí a hacerlo sola cuando tú decidiste irte.
Aquella frase me dejó sin palabras.
No había sido cruel.
No había levantado la voz.
Solo había dicho la verdad.
Y yo no tenía derecho a discutirla.
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Catalina
Aquella noche, después de que Rubén se llevara a Mateo, terminé mi última tarea del día.
Cerré la computadora.
Miré la hora.
Era tarde.
Gabriel dormía.
La casa estaba en silencio.
Me senté en el sofá y respiré profundamente.
Estaba cansada.
Mucho.
Pero también estaba orgullosa.
Había pasado meses pensando que mi vida se había terminado cuando Rubén se fue.
Ahora comprendía que no había terminado.
Había comenzado otra.
Una en la que yo debía aprender a tomar decisiones.
Una en la que mis hijos eran mi prioridad.
Una en la que ya no podía depender de las promesas de nadie.
Tomé una libreta y escribí mis nuevas metas:
Pagar las deudas.
Ahorrar para mis hijos.
Conseguir una vivienda mejor.
Seguir creciendo en mi trabajo.
Y debajo escribí:
“Ser feliz sin sentir culpa.”
Me quedé mirando esa última frase.
Después sonreí.
Por primera vez, mi futuro no dependía de lo que Rubén decidiera hacer.
Dependía de mí.
Pero mientras yo comenzaba a construir aquella nueva vida, no sabía que alguien más estaba observando mis cambios desde lejos.
Rubén.
Y aquella noche, mientras revisaba unas fotografías antiguas, él tomó una decisión que podía cambiarlo todo.
Porque por primera vez desde que se marchó, comenzó a preguntarse:
¿Y si Catalina realmente logra olvidarme?
🙊a hora cual será el misterio