Gala Ponce murió sola, atropellada en una calle oscura, huyendo de un esposo que la despreciaba, de una hermana que la destruyó y de una familia que nunca la quiso.
Pero el destino le dio otra oportunidad.
Despertó diez años atrás, en la piel de la joven ingenua que alguna vez fue, con todos los recuerdos de la tragedia que estaba por venir. Esta vez, no permitirá que la manipulen. No dejará que la casen a la fuerza. No dejará que la atropellen.
Pero lo que Gala no sabe es que el hombre que más la odió —ese esposo frío y despiadado que la convirtió en prisionera— fue también el único que lloró su muerte.
Y cuando él descubra la verdad... ya no habrá vuelta atrás.
Porque a veces, el peor enemigo es también el único que puede salvarte.
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Capítulo. 7
Gala bajó las escaleras con paso firme, su pequeña maleta en la mano y el corazón ligero por primera vez en días. Pero al llegar al vestíbulo, se detuvo en seco.
Allí estaban todos. Absolutamente todos.
Carlos y Rina Ponce, sentados en los sillones de terciopelo, con expresiones de cansancio y confusión. Miguel, de pie junto a la chimenea, con los brazos cruzados y el ceño fruncido. Lucio, recostado contra la pared, con esa sonrisa torcida que siempre le daba ganas de golpearlo. Y en el centro, como una actriz en el escenario, estaba ella.
Elia Ponce.
Vestida con un delicado conjunto de seda color crema que hacía juego con su cabello castaño perfectamente ondulado, Elia parecía una muñeca de porcelana. Sus ojos, grandes y color miel, se llenaron de lágrimas en el instante en que vio a Gala. Unas lágrimas perfectas, cristalinas, que brillaban bajo la luz de la lámpara de araña.
—¡Gala! —Elia corrió hacia ella, sus pies descalzos apenas haciendo ruido sobre el mármol—. ¡No te vayas, hermana!
Se detuvo a un paso de Gala, con las manos extendidas en un gesto teatral de súplica. Las lágrimas comenzaron a caer, una tras otra, con una precisión que solo años de práctica podían lograr.
—Todo es mi culpa —sollozó Elia, su voz quebrándose en el momento exacto—. He estado dieciocho años en esta casa, disfrutando de riqueza y privilegios que eran tuyos. Mientras tú estabas en un orfanato, yo dormía en sábanas de seda. Soy yo quien debería irse. Soy yo quien debería darte todo.
Gala la observaba en silencio. Conocía esa actuación. La había visto cientos de veces en su vida anterior. Elia siempre encontraba la manera de ponerse en el centro, de convertirse en la víctima, de hacer que todos la compadecieran.
—Sé que no quieres lastimarme —continuó Elia, extendiendo una mano hacia Gala—. Solo son accidentes. La colección de fuentes, el vestido de gala, el collar de mamá... todo han sido accidentes. Por favor, perdóname. No te vayas. No soportaría que te fueras por mi culpa.
Gala miró a sus padres. Rina tenía los ojos húmedos, conmovida por la escena. Carlos apretaba la mandíbula, incómodo. Miguel miraba a Elia con adoración, como si fuera una santa. Y Lucio... Lucio sonreía, esperando el espectáculo.
Todos esperaban que Gala se derrumbara. Que llorara. Que suplicara perdón por crímenes que no había cometido. Que se disculpara por existir.
Pero Gala Ponce ya no era esa persona.
En su vida anterior, Elia había usado esta misma táctica docenas de veces. Y siempre funcionaba. Porque Gala, ingenua, creía que si se disculpaba lo suficiente, si se hacía pequeña, si aceptaba la culpa, eventualmente sería querida. Pero nunca lo fue.
Esta vez, las reglas eran otras.
Elia quiere que me case con Boris. La idea se formó en su mente con claridad cristalina. Quiere que él me desprecie. Quiere acercarse a él como la cuñada comprensiva, la única que lo entiende, la que lo consuela. Quiere robarle el corazón al hombre que me odia, para luego reemplazarme.
Era un plan retorcido. Brillante, en su maldad. Pero Gala ya lo conocía.
Y esta vez, no iba a ser una pieza en ese juego.
Así que hizo lo único que Elia no esperaba.
Gala se dejó caer de rodillas, soltando su maleta con un golpe seco. Y entonces, comenzó a llorar.
—¡Buaaa! —El llanto fue tan repentino, tan desgarrador, que todos en la habitación se sobresaltaron—. ¡Buaaa, Elia, perdóname!
Las lágrimas brotaron de sus ojos con una facilidad que la sorprendió a ella misma. Pero no eran lágrimas de dolor. Eran lágrimas de catarsis. De liberación. De años de dolor contenido que finalmente encontraban una salida.
—No quería volver para que sufrieras —sollozó Gala, sus manos temblando—. De verdad. Soy torpe. Mis manos siempre estropean tus cosas caras. Tus fuentes en miniatura, tus vestidos de marca, tus collares de diamantes...
Hizo una pausa, aspirando aire con dificultad.
—Es que... es que yo nunca vi esas cosas. Nunca tuve nada así de fino y caro. En el orfanato, solo veía esas cosas en la tele. Soñaba con tocarlas algún día, con saber cómo se sentía la seda, el cristal, el oro... —Sus ojos se encontraron con los de Rina, que ahora brillaban con una emoción diferente—. Pero no sé cómo tratarlas. No sé cómo ser una Ponce. No sé cómo ser tu hermana.
Elia se quedó paralizada. Su actuación perfecta se tambaleó, como una máscara que se agrieta.
—Gala, yo...
—Es hora de que me vaya —dijo Gala, poniéndose de pie con un movimiento fluido—. Es hora de que haga mi vida. Lejos de aquí. Lejos de ustedes.
Se limpió las lágrimas con el dorso de la mano. Miró a sus padres, a sus hermanos, a Elia. Y por primera vez, no sintió odio. Solo una profunda, absoluta indiferencia.
—Gracias por todo —dijo, su voz ya firme—. De verdad.
Y salió corriendo.
ya quiero leer que va a pasar con la intrigosa de Elia