Cuando U-jin partió al extranjero para convertirse en una abogada impecable y Jeong decidió quedarse a construir desde cero su sueño entre harinas y hornos, ambas creyeron que el tiempo se encargaría de diluir lo que sentían. Durante años, sus vidas transcurrieron en universos paralelos: U-jin conquistando el exigente mundo de las leyes con elegancia y determinación; Jeong convirtiendo su pequeña pasión en la cafetería y repostería más aclamada de la ciudad, mientras intentaba descifrar un vacío en su corazón que ningún éxito lograba llenar.
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Refugio de amor
El sonido de la lluvia azotando los cristales se convirtió en un murmullo distante dentro del apartamento. U-jin seguía aferrada a ella, con los hombros estremeciéndose ligeramente por los últimos sollozos y el frío que le había calado hasta los huesos.
Jeong la sostuvo unos segundos más con la misma firmeza protectora de siempre. Despacio, ahuecó el rostro de la abogada entre sus manos cálidas, limpiándole con los pulgares los restos de lágrimas y gotas de lluvia que aún le cubrían las mejillas.
—Estás helada —dijo Jeong con su voz grave, manteniendo esa mirada serena que lograba calmar cualquier tempestad en el pecho de U-jin—. Si te quedas con esa ropa mojada te vas a enfermar. Ve al baño, date una ducha con agua caliente para entrar en calor. Yo te buscaré algo de ropa limpia y seca.
U-jin asintió en silencio, incapaz de articular palabra, abrumada por la infinita nobleza de la chef. Se dirigió al baño mientras Jeong buscaba en su armario una playera holgada y un pantalón cómodo de algodón. Tras dejar la ropa sobre el repisero, Jeong la dejó a solas. El vapor del agua caliente comenzó a llenar la estancia, descongelando la rigidez del cuerpo de U-jin y lavando, en parte, el agotamiento emocional de las últimas semanas.
Mientras tanto, en la cocina, Jeong encendió la estufa para preparar una cafetera. El aroma tostado y profundo del café recién hecho comenzó a inundar la casa. Sacó un par de panes artesanales de su última horneada en Lumière, los calentó un poco y los dispuso en la mesa.
Cuando U-jin salió del baño, vistiendo la ropa de Jeong que le quedaba deliberadamente grande y enrollada en los puños, se encontró con una escena tibia y acogedora. Jeong la esperaba con dos tazas humeantes de café sobre la barra.
—Siéntate —le indicó Jeong con una leve sonrisa, acercándole la taza—. Un café caliente y algo de pan te vendrán bien.
Cenaron en un silencio reconfortante, de esos que no resultan incómodos sino sanadores. U-jin daba pequeños sorbos, sintiendo cómo el calor de la bebida le devolvía la vida. Miraba a Jeong de reojo, fascinada por la calma que proyectaba la repostera, admirando esa caballerosidad genuina que no guardaba rencor alguno.
Al terminar, el cansancio acumulado hizo mella en ambas. Apagaron las luces principales y se dirigieron a la habitación. Jeong se acostó de un lado, dejando espacio suficiente para que la abogada se acomodara a su gusto, manteniendo esa distancia respetuosa para no presionarla.
Sin embargo, en cuanto la penumbra envolvió la cama y el frío de la noche volvió a colarse levemente por las cortinas, U-jin no pudo contenerse más.
Llevada por un impulso desesperado de afecto, necesidad y búsqueda de seguridad, U-jin se giró abruptamente y se pegó al cuerpo de Jeong.
Pasó sus brazos alrededor de su cintura con fuerza, escondiendo el rostro en el pecho de la chef, aferrándose a su camiseta como si tuviera miedo de que al abrir los ojos desapareciera.
Jeong se quedó paralizada por un milisegundo, sorprendida por la calidez y la vehemencia del gesto. Pero la sorpresa dio paso de inmediato a una profunda ternura. Con una lentitud pausada y cariñosa, Jeong deslizó un brazo alrededor de la espalda de U-jin y con la otra mano le acarició suavemente el cabello.
La envolvió por completo entre sus brazos, compartiendo su calor corporal en medio de una noche tan fría. U-jin suspiró profundamente, sintiendo por primera vez en meses que el latido firme y constante de Jeong era el único lugar del mundo donde realmente pertenecía.