Eiden Marín Vidal tiene 24 años y es E.C. Vane, el escritor de novelas BL anónimo más leído en español.
Es millonario, admirado y nadie conoce su rostro. Desde niño vive con vitíligo en todo el cuerpo, condición que ocultó por inseguridad y que le provocó ansiedad social. En su rostro solo tiene pecas.
Su anonimato termina cuando una reportera filtra su identidad. De ser un ídolo invisible, pasa a ser objeto de burlas virales. Incapaz de escribir y en medio de una crisis de ansiedad, decide huir a lo único que le dejó su abuelo Esteban: una casa de madera en Punta Cocos, la zona más remota y virgen de Isla Holbox, México.
Allí vive Gael Canul, de 29 años, pescador, lanchero y carpintero de botes. Es el nieto del mejor amigo de su abuelo y quien cuidó la casa durante años. Gael no lee novelas románticas, pero aprenderá a leer cada marca de su piel.
Una historia sobre el amor que no necesita esconderse.
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CAPÍTULO 18: LA PELEA GRANDE
No le dije nada en todo el día porque no sabía cómo decirle sin que sonara a que ya me iba.
Pero Gael se da cuenta de todo. De cuando no como, de cuando escribo con letra chiquita, de cuando me toco el pelo rojo porque estoy nervioso.
En la noche me buscó. Yo estaba en mi hamaca, con el contrato impreso que Mariana me mandó por paquetería al ciber del centro. Cinco hojas que pesaban un chingo.
Se sentó en el suelo, al lado de mi hamaca, sin playera, con un cigarro que no prendió.
Me dijo: enséñame.
Le di las hojas. Las leyó lento. Gael lee lento porque no lee mucho, pero lee bien, palabra por palabra.
Cuando terminó me dijo: Mapa de sal. Así te digo yo.
Le dije que sí.
Me dijo: ¿y vas a poner mi cicatriz en el libro?
Le dije: no si tú no quieres.
Me dijo: ¿y vas a poner lo de la bio sin playera?
Le dije: no si tú no quieres.
Se rió feo otra vez, como el día de los celos.
Me dijo: es que no es si yo quiero, mapa. Es que si firmas esto, todo lo nuestro deja de ser nuestro. Va a ser de todos. Como la foto de Bruno.
Le dije: pero no es lo mismo. Esto lo escribo yo. Con permiso.
Me dijo: ¿con mi permiso? ¿Me estás pidiendo permiso para contar que te enseñé a no taparte?
Le dije que no era así.
Me dijo: entonces cómo es. Porque yo te enseñé a no taparte para que fueras libre, no para que lo vendieras en Sanborns.
Me dolió que dijera vender. Porque no era vender. Era contar.
Le dije: tú no entiendes. Este contrato es lo que quise por ocho meses. Es dinero, es volver a ser alguien.
Me dijo: aquí ya eres alguien. Aquí eres Eiden. No necesitas ser alguien en CDMX.
Le dije: aquí soy alguien porque tú me ves, pero allá nadie me ve si no publico. Y si no publico me olvido de quién soy.
Gael se paró. Tiró el cigarro sin prender al suelo.
Me dijo: yo no te olvido. Aunque no publiques.
Le dije: ya sé, pero yo sí me olvido de mí si no escribo.
Me dijo: entonces escribe aquí, sin contrato. Escribe de nosotros sin venderlo.
Le dije: no puedo vivir de aire, Gael. Necesito dinero. Necesito pagar mi depa, mi terapia, mi vida.
Me dijo: quédate aquí y no necesitas depa.
Y ahí me enojé yo.
Le dije: no puedo quedarme a vivir de tu pesca toda la vida. No soy de aquí. Soy de CDMX, tengo otra vida.
Se quedó callado. Se le pusieron los ojos rojos.
Me dijo bajito: siempre te vas primero. Siempre que algo se pone real, te vas.
Le dije: no me estoy yendo, solo estoy pensando en irme tres días.
Me dijo: te vas. Aunque sean tres días, te vas. Y cuando te vas, ya no regresas igual.
Me dijo eso y se fue a su cuartito y no azotó la puerta, la cerró despacio, que duele más.
Me quedé con las cinco hojas en la mano, con el contrato que decía Mapa de sal y con la hamaca vacía al lado.
No lo firmé esa noche. Lo dejé en el suelo, al lado de mi arroz quemado de ayer que todavía olía.
Gael no salió a pescar al día siguiente. Se quedó en su cuartito todo el día con la puerta cerrada.
Y yo entendí que esta vez no era celos de pescador. Era miedo de verdad. Miedo a que yo me fuera y lo dejara con su cicatriz otra vez tapada.