Una simple coincidencia fue suficiente para cambiar el destino de dos mundos.
Zea nunca debió cruzarse en el camino del Rey Alfa.
Él es el gobernante más poderoso de todos los clanes. Un hombre cuya sola presencia inspira obediencia. Frío. Implacable. Incapaz de amar. Su vida siempre ha estado regida por una única ley: el deber está por encima de cualquier sentimiento.
Hasta que la conoce.
Desde el primer instante, algo en Zea despierta un instinto que creía muerto. Por primera vez, el Rey Alfa desea algo para sí mismo... y está dispuesto a desafiar al destino para conseguirlo.
Pero Zea también es un misterio.
Su familia ha vivido escondiendo una verdad tan antigua como peligrosa. Un secreto que ha pasado de generación en generación con una única regla: jamás acercarse a un alfa... y bajo ninguna circunstancia, a un Rey.
NovelToon tiene autorización de Adriánex Avila para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 11 La Tormenta Llega al Campus
El aire en el campus universitario cambió antes de que Bruno pusiera un pie en el suelo. Fue un fenómeno sutil pero inconfundible: el viento se detuvo, los pájaros enmudecieron y un peso invisible, denso como el plomo, se asentó sobre los hombros de todos los presentes. Los lobos más sensibles sintieron un escalofrío recorrer sus espaldas, y los menos experimentados simplemente supieron, en lo más profundo de su instinto, que algo terrible estaba por suceder.
Azú, que estaba en el baño con Zea, sintió la llegada de su tío a través del enlace familiar. El impacto de su presencia era tan abrumador que casi la hizo tambalearse. Miró a Zea, que aún se secaba las lágrimas frente al espejo, y tomó una decisión rápida.
—Zea, vamos al baño —dijo, tomando a su amiga del brazo con una urgencia que apenas pudo disimular—. Tienes que lavarte la cara, no es bueno que te vean tan descompuesta. Y además, necesitas un momento para ti.
Zea asintió, agradecida por la excusa. La humillación aún ardía en sus mejillas, y la idea de enfrentarse a las miradas de los demás estudiantes era demasiado para soportar. Dejó que Azú la guiara hacia el baño, sus pasos lentos y temblorosos.
En cuanto la puerta del baño se cerró tras ellas, Azú respiró hondo y activó el enlace mental con su tío.
—Tío, ya la tengo en el baño. ¿Qué vas a hacer?
La respuesta de Bruno llegó cargada de una furia apenas contenida. "No te preocupes por eso. Solo manténla ahí. No quiero que vea lo que voy a hacer."
Azú sintió un nudo en el estómago. Conocía a su tío mejor que nadie. Sabía que su furia, cuando se desataba, era como un incendio forestal: imparable, devorador, y capaz de arrasar con todo a su paso.
—Tío, no vayas a matar a nadie, por favor —suplicó, su voz mental teñida de preocupación—. Cuida tu imagen real. La gente ya está hablando de ti y de Zea. Si haces algo demasiado… drástico, solo empeorarás las cosas.
Un gruñido profundo resonó en la mente de Azú, pero no hubo palabras. Bruno había cortado la conexión.
Afuera, el mundo se detuvo.
Los vehículos de la manada real llegaron en formación, una hilera de camionetas negras con los emblemas dorados del Lago de Cristal. Los guardias, vestidos con uniformes impecables, se desplegaron en segundos, formando un pasillo de seguridad que intimidaba solo con su presencia. Pero no era nada comparado con lo que salió del vehículo principal.
Bruno descendió con la parsimonia de quien no tiene prisa, pero cada uno de sus movimientos estaba cargado de una intención letal. Vestía un traje negro impecable, de corte elegante que se ajustaba a sus hombros anchos y su espalda poderosa. Una gabardina negra, larga y fluida, ondeaba con el viento como las alas de un ángel de la muerte, y sus botas resonaban sobre el pavimento con un golpe metálico que marcaba el ritmo de la condena.
Su aura de Alfa, opresiva y asfixiante, se extendió como una ola de calor sobre el campus. Los estudiantes que estaban cerca sintieron que las rodillas se les aflojaban. Algunos cayeron de rodillas sin poder evitarlo, sus cabezas inclinadas en un gesto de sumisión instintiva. Otros, los más fuertes, simplemente bajaron la mirada, incapaces de sostener el peso de su presencia.
Bruno no miró a nadie. Caminó directamente hacia el edificio principal, sus ojos grises brillando con un destello plateado que presagiaba tormenta. Los guardias se apartaban a su paso, y los estudiantes se arrodillaban en silencio, algunos ya derramando lágrimas sin saber por qué.
Cuando entró al aula donde se había producido el incidente, el silencio era absoluto. Los pocos estudiantes que aún estaban allí sintieron que el aire se les escapaba de los pulmones. La presión era tan intensa que casi no podían respirar.
Bruno recorrió la sala con la mirada, y su lobo interior rugió al encontrar a su presa. El joven alfa que había intentado tocar a Zea estaba en un rincón, pálido y tembloroso, con la nariz aún ensangrentada por el golpe de Azú. Sus ojos estaban desorbitados, y sus manos temblaban mientras intentaba retroceder sin éxito.
—Tú —dijo Bruno, su voz grave y fría como el acero, señalando al joven con un dedo acusador—. Ven aquí.
El joven alfa intentó correr, pero sus piernas no le respondieron. Sus rodillas se aflojaron, y antes de que pudiera caer de rodillas, Bruno ya estaba frente a él. Tomó su brazo con una fuerza brutal y, con un movimiento seco y preciso, lo rompió.
El crujido del hueso al quebrarse resonó en el aula como un disparo. Seco, repugnante, inconfundible.
El joven alfa gritó, un sonido agudo y desgarrador que se mezcló con los sollozos de otros estudiantes que estaban presenciando la escena.
—¡Majestad, piedad! —gritó alguien desde el fondo, pero Bruno no les prestó atención.