“Cuando el pasado guarda sus secretos, dos destinos chocan entre el odio, el poder y una promesa que cambiará todo.”
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CAPÍTULO 23
⚠️ PARA MAYORES DE 18 AÑOS ⚠️
Si no estás preparado/a para leer contenido con dolor extremo, angustia desgarradora y la impotencia de ser obligada a dejar lo que más amas, no continúes.
—Isabella
Desde el primer momento en que estuve frente a ese pequeño ataúd de madera blanca, supe que no podría apartarme de él.
No quería irme.
No quería dejarla sola ahí, en medio de tanta gente extraña, rodeada de silencios que no eran los nuestros.
Me quedé pegada a su lado, con las manos apoyadas sobre la superficie fría, como si al tocarla todavía pudiera sentir su calor, como si pudiera decirle que no tuviera miedo, que yo me quedaría con ella todo el tiempo que hiciera falta.
—No te dejaré sola —le susurré una y otra vez, con la voz rota—.
No te dejaré nunca sola, mi amor.
Cuando mis papás y Adrián me pidieron que descansara, negué con la cabeza con desesperación, aferrándome más fuerte al borde del ataúd.
—No… por favor no me pidan eso… ella tenía miedo cuando se quedaba sola…
¿Cómo la voy a dejar aquí?
—les dije llorando—.
Yo me quedo.
No me voy a ir.
Mis papás se veían cada vez más preocupados, me veían temblar sin control, con los ojos hinchados y vacíos de tanto llorar.
Mi mamá intentó abrazarme suavemente para separarme un poco, pero yo me resistí.
Y entonces mi papá miró a Adrián y le dijo con voz sería:
—Adrián, por favor, quédense en casa.
Ella no está bien, insiste en no irse y se está haciendo daño a sí misma de tanto sufrir.
Llévenla a casa para que descanse.
Adrián asintió con esa falsa ternura que engañaba a todos, se acercó a mí y me tomó de las manos para apartarlas despacio de la madera.
—Mi amor, ella ya no está ahí —me dijo bajito, cerca de mi oído, para que solo yo lo escuchara—.
Desde el cielo siempre estará a tu lado, cuidándonos a los dos.
Vamos a casa para que puedas descansar.
—¡No entiendes!
—le grité con desesperación—.
¡No quiero irme!
¡No quiero dejarla sola!
¡Es la última vez que la veo!
¡Déjame quedarme!
Luché contra sus brazos, intentando volver hacia atrás, pero él me sostenía con firmeza, y mis papás lo apoyaban creyendo que era lo mejor.
Sentí que me arrancaban el alma al dar ese primer paso alejándome de ella.
Y justo cuando llegamos a la salida, todo se volvió borroso:
el dolor era tan grande que de golpe sentí que no tenía fuerzas, que el suelo se me iba, y caí en la oscuridad antes de saber qué pasaba.
Escuché la voz de mi papá al fondo, asustada y decidida:
—¡Rápido, llévenla a nuestra casa!
Suegro, ya nos vamos ahora mismo.
No se puede quedar así, se nos desmayó de la nada.
Sentí que me cargaban, que me llevaban lejos, muy lejos de donde estaba ella.
Cuando desperté, estaba en mi antigua habitación, con un suero puesto en el brazo.
Lo primero que sentí fue una angustia que me hizo saltar de la cama sin pensar:
¡La había dejado sola!
¡Me fui sin despedirme bien!
Sin importarme el dolor ni la sangre, arranqué el suero de golpe, gritando con toda la fuerza que me quedaba:
—¡No! ¡Tengo que volver!
¡Tengo que ir con ella!
¡No la dejen sola!
Mi papá llegó rápido y me sostuvo para que no me cayera, pero yo luchaba entre sus brazos.
Él me miró con los ojos llenos de tristeza y preocupación, luego miró a Adrián que estaba en la puerta, y le dijo claramente:
—Adrián, la voy a sedar.
Está en shock emocional, no sabe lo que hace, solo piensa en ella y se está lastimando.
Es lo único que podemos hacer ahora para que descanse.
Mientras sentía cómo el sueño empezaba a apoderarse de mí, lo último que pensé fue:
todos creen que me cuidan, pero nadie entiende que lo único que quería era no dejar a mi niña sola en su último lugar.