Valentina Solís solo quería sobrevivir.
Después de escapar de una red de tráfico humano en Estambul, volvió a México creyendo que el peor monstruo de su vida había quedado atrás. Intentó reconstruirse, cuidar de su abuela y volver a pintar sin mirar siempre por encima del hombro.
Meses después, una beca en la prestigiosa Academia Répin de San Petersburgo pareció ofrecerle lo imposible: una nueva vida, lejos del miedo.
Pero Rusia no era un nuevo comienzo.
Era territorio de Nikolái Vólkov.
Pakhan de la Bratva, dueño de una mansión rodeada de guardias, secretos y sangre, Nikolái nunca olvidó a la mexicana que se atrevió a desafiarlo. Cuando Valentina pisa San Petersburgo, él la arranca de su vida, usa a su mejor amigo como rehén y la encierra en un mundo donde la ley no entra.
Valentina no quiere pertenecerle.
Nikolái no sabe soltar.
Entre cautiverio, traiciones, deseo oscuro y una obsesión que amenaza con destruirlos a ambos, Valentina descubrirá que el hombre que la retiene también guarda una verdad enterrada: su pasado, su familia desaparecida y el secreto más peligroso de la Bratva están unidos por la misma sombra.
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Capítulo 18
Nikolái no mencionó el matrimonio al día siguiente.
Eso no lo volvía menos real.
La palabra se quedó en la habitación como una mancha que nadie limpiaba. Valentina la sentía cuando despertaba, cuando Sokolov le tomaba el pulso, cuando Sasha dejaba libros en español junto a la cama sin explicar de dónde los había sacado.
Casarte conmigo.
Como si el horror pudiera legalizarse.
Como si ponerle anillo a una jaula la volviera casa.
Valentina pasó la mañana sin hablar.
Nikolái entró al mediodía con vendas nuevas. Sokolov lo acompañaba, lo cual ya era una mejora. Valentina extendió el brazo sin mirar a ninguno.
—Hoy lo hago yo —dijo Sokolov.
—Bien.
Nikolái se quedó junto a la pared.
La presencia de él todavía le apretaba el pecho, pero ya no la apagaba siempre. A veces el miedo se convertía en rabia antes de tumbarla. Ese día fue una de esas veces.
Sokolov terminó de vendarla y salió a buscar otro medicamento. Nikolái se acercó a recoger las gasas usadas.
No debía hacerlo.
No porque fuera peligroso, sino porque era inútil. Un hombre como él recogiendo gasas parecía una imitación pobre de humanidad.
Valentina tomó el paquete de pastillas debajo de la almohada y se lo mostró.
—Las voy a tomar.
—Lo sé.
—No puede quitármelas.
—No lo haré.
—No puede decidir mi cuerpo y luego actuar como si darme esto lo arreglara.
Nikolái levantó la mirada.
—No lo arregla.
La respuesta la golpeó por lo inesperada.
Valentina apretó el paquete.
—Entonces al menos entiende una cosa.
—Entiendo que te hice temerme de una manera que no quería.
Ella soltó una risa seca.
—Qué tragedia para usted.
Nikolái aceptó el golpe sin moverse.
—Sí.
Eso fue demasiado.
Valentina se levantó de la cama y caminó hacia él con pasos inestables. Nikolái pudo detenerla. No lo hizo.
Ella le dio una bofetada.
El sonido fue claro.
Sokolov, que volvía por el pasillo, se detuvo en la puerta.
Sasha apareció detrás.
Nikolái giró la cara por el golpe.
Nada más.
No levantó la mano.
No la sujetó.
No parpadeó siquiera al principio.
Valentina respiraba rápido, con la palma ardiendo.
—Haga algo —dijo.
Nikolái volvió el rostro hacia ella.
—No.
—Hágalo.
—No.
—¿Ahora va a fingir que tiene límites?
La frase tenía veneno suficiente para matar algo pequeño.
Nikolái la recibió completa.
Valentina lo golpeó otra vez.
No tan fuerte. Tenía menos fuerza de la que quería. Pero fue suficiente para marcarle la piel.
Sasha dio un paso.
Nikolái levantó una mano sin mirar.
Sasha se detuvo.
—No te voy a pegar —dijo él.
—Ya me hizo cosas peores.
El silencio que siguió fue brutal.
Sokolov bajó la mirada.
Nikolái no.
—Sí.
Valentina quiso odiarlo más por admitirlo.
Lo logró.
Levantó la mano por tercera vez.
Esta vez él sí se movió.
No para detener el golpe.
El cuerpo le respondió tarde, como si una orden antigua hubiera intentado subir por los músculos y algo la hubiera roto antes de llegar a la mano. Sus dedos se cerraron a mitad de camino, no sobre ella, sino sobre el aire.
La bofetada le cruzó la cara.
Nikolái se quedó mirando su propia mano.
Valentina también.
La habitación entera entendió que algo acababa de fallar en él.
—Fuera —dijo Nikolái.
Sokolov no discutió. Sasha dudó.
—Pakhan...
—Tú no.
Sasha se quedó.
Valentina retrocedió hasta la cama. No sabía si acababa de ganar algo o de abrir otra puerta peor.
Nikolái miró a Sasha.
—Golpéame.
Sasha no cambió de expresión.
—No.
—Es una orden.
—¿En la cara?
—Sí.
Sasha se acercó y lo abofeteó.
No fue suave.
El cuerpo de Nikolái respondió antes que su pensamiento. Le atrapó la muñeca a Sasha, giró, la empujó contra la pared y le puso el antebrazo en el cuello en menos de un segundo.
Valentina dejó de respirar.
Sasha tampoco se resistió.
—Funciona —dijo Sasha con dificultad.
Nikolái la soltó de inmediato.
—Otra vez —ordenó.
Sasha se acomodó el cuello.
—No es necesario.
—Otra vez.
La segunda bofetada llegó más rápido.
Nikolái la detuvo antes de que tocara su rostro. Esta vez no solo atrapó la muñeca de Sasha; dio medio giro y estuvo a punto de romperle el brazo por reflejo. Se detuvo a un centímetro del daño real.
Sasha no hizo un sonido.
Valentina sí.
Fue una inhalación mínima, pero Nikolái la oyó.
Soltó a Sasha como si su piel quemara.
La prueba era peor repetida.
Con Sasha, la violencia salía limpia, automática, obediente. Con Valentina, algo se trababa antes de convertirse en golpe.
Miró sus manos.
Luego miró a Valentina.
La diferencia quedó suspendida entre ambos como un animal vivo.
Con Sasha, su cuerpo sabía devolver violencia.
Con ella, no.
Valentina tragó saliva.
—¿Por qué no me pegaste?
Nikolái no contestó.
Parecía tan desconcertado como ella. Eso no lo hacía inocente. No lo hacía bueno. Solo lo volvía, por primera vez, menos dueño de sí mismo de lo que pretendía.
Se dio vuelta y salió.
Sasha se frotó el cuello, respiró una vez y miró a Valentina.
—Descanse, señorita Solís.
—¿Eso fue normal aquí?
Sasha tardó demasiado en responder.
—No.
—¿Le pasa con otras personas?
Sasha miró hacia el pasillo por donde Nikolái se había ido.
—Al Pakhan no le pasa nada sin querer.
—Eso no responde.
—Entonces ya tiene su respuesta.
Valentina se quedó con el paquete de pastillas en la mano y la palma caliente por las bofetadas. No se sintió poderosa. No se sintió segura. Solo sintió una grieta nueva en una pared que seguía siendo demasiado alta.
Sasha recogió las gasas del piso.
—No lo use para provocarlo sin pensar.
Valentina soltó una risa baja.
—¿Me está dando consejos para sobrevivir al hombre que me secuestró?
—Sí.
La honestidad fue tan seca que la dejó sin réplica.
Luego salió también.
En el pasillo, Nikolái se detuvo frente a la pared.
Apoyó la mano sana contra el mármol.
La herida de la izquierda volvió a abrirse bajo el vendaje.
No la sintió.
Seguía mirando sus dedos.
Podía matar a un hombre por respirar mal.
Podía romperle la muñeca a Sasha antes de pensar.
Podía ordenar la muerte de un traidor sin subir la voz.
Pero frente a Valentina, su mano no había subido.
No por moral.
No por decisión.
No por esa palabra pobre que otros llamaban arrepentimiento.
Había algo más profundo, más animal, más antiguo que su voluntad. Algo que reconocía a Valentina como límite incluso cuando él no sabía reconocerla como persona libre.
Eso lo enfureció.
Y lo asustó.
Porque Nikolái confiaba en sus reflejos más que en cualquier juramento.
Sus reflejos lo habían mantenido vivo de niño, lo habían hecho Pakhan, lo habían salvado de hombres que sonreían antes de disparar. Sus manos no dudaban. Nunca. La duda era para personas con permiso de equivocarse.
Y ahora su propio cuerpo había desobedecido.
Por ella.
Nikolái apoyó la frente contra la pared y cerró los ojos.
Por primera vez en años, no entendió qué parte de sí mismo había obedecido.
Y eso, más que la herida abierta en la palma, empezó a dolerle.
No era redención.
Era una falla en el monstruo.
Y las fallas, en su mundo, siempre anunciaban guerra.