Valentina fue comprada a los seis anos por el hombre que la crio. A los dieciocho, un magnate mafioso la reclama como suya. Atrapada entre su tutor obsesivo y un multimillonario que le compra islas y le destroza enemigos, descubre que su propio cuerpo esconde un secreto por el que matarian. ?Escapara... o elegira al hombre equivocado?
NovelToon tiene autorización de Leslie Michelle Gonz para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 19
Capítulo 19: Setenta velas
El vestido era rojo.
Nicolás lo había dejado sobre la cama esa tarde, todavía envuelto en papel de seda negra, con una caja de terciopelo encima que contenía aretes de rubí y una gargantilla delgada de oro. No había nota. No hacía falta. El mensaje era el vestido mismo: largo, ceñido, con un escote que dejaba los hombros al descubierto y una abertura en la pierna izquierda que llegaba hasta medio muslo.
"Me está vistiendo como un regalo."
Valentina se miró en el espejo del baño después de ponérselo. La tela se le pegaba al cuerpo como una segunda piel. Los aretes le rozaban el cuello cuando movía la cabeza. Se veía hermosa y lo sabía. También sabía que esa belleza no era suya esta noche. Era de Nicolás. Era una presentación.
Sasha la esperó en el pasillo sin decir nada. Solo le recorrió la figura con los ojos grises, una evaluación rápida, profesional, y asintió una vez.
—Vámonos —dijo Valentina.
La Hacienda Carrasco de noche era otra criatura.
Las luces colgaban de los árboles del camino de entrada como estrellas atrapadas en alambre. Había autos estacionados en dos filas a lo largo de la avenida de grava: camionetas blindadas, sedanes negros con vidrios polarizados, un par de deportivos europeos que brillaban bajo los reflectores como juguetes obscenos. Hombres de traje oscuro fumaban en grupos de tres y cuatro junto a la fuente del jardín principal, y sus risas tenían ese tono específico de quienes ríen porque pueden, no porque algo sea gracioso.
—Setenta años —murmuró Nicolás al bajar de la camioneta, abrochándose el último botón del saco—. Don Aurelio Carrasco. Setenta años y sigue sentado en el trono.
Le ofreció el brazo. Valentina lo tomó.
"Sonríe. Camina. No tropieces. No mires a nadie demasiado tiempo."
Entraron.
El salón de gala era tres veces más grande que el salón de recepción donde había estado con Catalina la semana anterior. Candelabros de hierro forjado colgaban del techo. Las mesas estaban cubiertas con manteles blancos y centros de mesa con flores oscuras —rosas negras, dalias moradas— que hacían que todo pareciera un funeral elegante. Había un cuarteto de cuerdas en una esquina tocando algo que sonaba clásico pero que Valentina no reconoció.
Y había gente. Mucha gente.
Hombres con trajes que costaban lo que una familia del barrio ganaba en un año. Mujeres con vestidos que brillaban y joyas que pesaban. Meseros circulando con charolas de champán y bocadillos que parecían obras de arte diminutas. Valentina aceptó una copa que no pensaba beber y la sostuvo como un escudo.
Nicolás la llevó por el salón como un guía de museo. Le presentó a gente cuyos nombres olvidó en el acto: un empresario portuario con bigote blanco, un político estatal que sudaba demasiado para ser inocente, una mujer de cabello plateado que la miró con ojos de halcón y que Nicolás trató con una deferencia inusual.
—Don Aurelio va a bajar en un momento —le dijo Nicolás al oído, su aliento caliente contra su cuello—. Cuando baje, sonríes. No hablas a menos que te pregunten. ¿Entendiste?
—Entendí.
—Bien.
Valentina buscó a Catalina con la mirada. La encontró en el otro extremo del salón, impecable en un vestido negro, hablando con dos mujeres mayores con la sonrisa ensayada de quien ha nacido para recibir invitados. Sus ojos se cruzaron un instante. Catalina levantó la copa medio centímetro. Un brindis invisible. Un "te vi."
Santiago estaba cerca de la barra, con un traje gris oscuro que le quedaba como si hubiera nacido con él puesto. Tenía una copa de whisky en la mano y una sonrisa fácil en la cara, pero cuando vio a Valentina del brazo de Nicolás, la sonrisa se endureció en las esquinas.
No se acercó. Pero la miró con algo que ella interpretó como advertencia.
"Cuidado."
Una campana sonó. No una campana real, sino una copa golpeada con un cuchillo de plata. El salón se calló como un teatro antes de que se levante el telón.
Don Aurelio Carrasco bajó por la escalera principal.
Era un hombre de setenta años que se movía como uno de cincuenta. Espalda recta, paso firme, cabello blanco peinado hacia atrás, bigote recortado con precisión militar. Llevaba un traje negro con un pañuelo rojo en el bolsillo del pecho y un anillo de sello en la mano derecha que Valentina pudo ver desde el otro lado del salón. Sus ojos eran los de Santiago, pero más oscuros, más fríos, con capas de cosas vistas y hechas que ningún nieto podía igualar todavía.
Los invitados aplaudieron. Don Aurelio levantó una mano y el aplauso murió al instante.
—Gracias —dijo, y su voz llenó el salón sin esfuerzo—. Setenta años. Mi madre decía que no llegaría a los treinta. Mi padre decía que no llegaría a los cuarenta. Mis enemigos dijeron que no llegaría a los cincuenta. —Sonrió—. Aquí estoy.
Risas. Las risas de gente que entendía el chiste porque conocía los nombres de esos enemigos.
—Esta noche no es para discursos —continuó Don Aurelio—. Es para brindar. Para comer. Para recordar quiénes somos y de dónde venimos. Así que levanten sus copas.
Se levantaron.
—Por setenta años más —dijo alguien.
—Con veinte me conformo —respondió Don Aurelio, y el salón se llenó de risas otra vez.
Valentina bebió un sorbo de champán. Las burbujas le picaron la nariz.
La fiesta se abrió como un reloj al que le quitan el freno. La música subió de volumen. Los grupos se mezclaron. Nicolás la soltó para hablar con un hombre de cabello engominado que le estrechó la mano con las dos suyas, y Valentina se quedó sola por primera vez en la noche, de pie junto a una columna con su copa y su vestido rojo y la sensación de ser la única persona en el salón que no pertenecía.
Entonces las puertas del salón se abrieron.
No las puertas principales. Las puertas laterales, las que daban al jardín interior. Se abrieron las dos hojas al mismo tiempo, como si alguien las hubiera empujado con la palma de cada mano.
Damián Montero entró.
Traje negro. Camisa negra. Sin corbata. El primer botón abierto. Caminaba como si el salón le perteneciera, como si cada baldosa de mármol hubiera sido puesta ahí para que él la pisara. Dos hombres lo flanqueaban un paso atrás: Bruno a la derecha, con un traje que le quedaba un poco grande en los hombros, y otro hombre que Valentina no reconoció a la izquierda.
El salón no se calló. No hubo silencio dramático. Pero algo cambió. El aire cambió. Las conversaciones bajaron medio tono, las cabezas se giraron con disimulo, y Valentina vio cómo los ojos de los hombres más poderosos del salón se fijaban en Damián con una mezcla de respeto y cálculo que no le habían dado a nadie más en toda la noche.
Ni siquiera a Don Aurelio.
Damián cruzó el salón hacia el patriarca. Se detuvo frente a él, inclinó la cabeza un grado —un gesto mínimo, casi imperceptible, pero que Don Aurelio registró con una sonrisa aprobatoria— y le estrechó la mano.
—Don Aurelio. Felicidades.
—Montero. —Don Aurelio le palmeó el brazo—. Me alegra que vinieras. Siéntate. Hay tequila del bueno esperándote.
Damián sonrió. Una sonrisa que no le llegó a los ojos pero que era suficiente para el protocolo.
Valentina lo miraba desde su columna. No podía evitarlo. No podía no mirarlo. Era como intentar no mirar un incendio.
Damián giró la cabeza.
Sus ojos la encontraron al instante. Sin buscar. Sin recorrer el salón. La encontró como si supiera exactamente dónde estaba, como si hubiera sabido desde antes de entrar.
La mirada duró tres segundos.
Tres segundos en los que el salón, la música, las copas, los cien invitados y el peso de toda la noche desaparecieron. Tres segundos en los que solo existieron sus ojos oscuros clavados en los de ella, y algo que pasó entre ellos que no tenía nombre pero que tenía temperatura.
Calor.
Valentina apartó la mirada primero. El corazón le latía en la garganta.
Cuando volvió a levantar los ojos, Damián ya estaba hablando con alguien más. Como si nada. Como si esos tres segundos no hubieran existido.
Pero habían existido. Y alguien más los había visto.
Nicolás.
Estaba a seis metros de distancia, con una copa de champán en la mano y la conversación con el hombre de cabello engominado suspendida a medio parlamento. Sus ojos iban de Valentina a Damián y de vuelta a Valentina con la precisión de un péndulo.
Y sonrió.
No fue una sonrisa de enojo. No fue la mandíbula apretada ni los ojos muertos que Valentina conocía y temía. Fue algo peor. Fue una sonrisa de entendimiento. De piezas encajando. De un rompecabezas que llevaba semanas armando y que por fin mostraba la imagen completa.
—Así que era él —murmuró Nicolás.
Nadie lo escuchó. Solo sus labios se movieron, formando las palabras contra el borde de la copa.
Pero Valentina lo vio. Vio la sonrisa. Vio los labios.
Y el vestido rojo se le pegó al cuerpo como una trampa.
El si la compro, para estar esos días con ella😑
Xq el banana de Damián no hace nada?