NovelToon NovelToon
UNA DAMISELA EN APUROS, EL REGRESO DE CASSIDY

UNA DAMISELA EN APUROS, EL REGRESO DE CASSIDY

Status: Terminada
Genre:Traiciones y engaños / Batalla por el trono / Reencarnación / Mundo de fantasía / Completas
Popularitas:67.6k
Nilai: 5
nombre de autor: CINTHIA VANESSA BARROS

Cassidy Boone ya murió dos veces. La primera, de una bala por la espalda en el Viejo Oeste. La segunda, de vieja y en paz, después de una vida que le costó sangre construir. Y justo cuando creía que por fin iba a descansar, un dios la agarra del cuello del alma y le encaja una tercera: *"Tengo una misión para ti."*

Despierta en el cuerpo de Aurora, princesa heredera e hija del ministro de guerra. Gorda, humillada y recién asesinada por su propio prometido y su hermanastra en una "caída del caballo" que de accidente no tuvo nada. Ahora carga con dos vidas de recuerdos, un cuerpo que odia, una madrastra que la quiere muerta y un castillo donde nadie se baña, todos apestan y el veneno se sirve con una sonrisa.

Aquí no hay revólveres ni abogados. Solo su cabeza, un libro de hierbas y unas ganas feroces de no morirse una tercera vez.

NovelToon tiene autorización de CINTHIA VANESSA BARROS para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 17: Los planos del palacio se caminan de noche.

Empezaron ocho días después de la conversación en el patio de los naranjos, cuando Cassidy se convenció de que el príncipe, por lo pronto, se había sentado a esperar.

—Se acabó lo de estar a la defensiva —le dijo a Adriano—. Llevo dos meses tapando agujeros. Es hora de empezar a cavar los míos.

—¿Por dónde empezamos?

—Por lo único que importa. —Cassidy extendió sobre la mesa un pliego en blanco—. Este edificio. Necesito saberlo de memoria. Cada puerta, cada escalera, cada turno de guardia, cada hueco por donde se pueda meter un hombre o salir una mujer.

—Eso son semanas.

—Eso son meses. —Cassidy mojó la pluma—. Y solo se puede hacer de noche. Así que a partir de hoy vamos a dormir mal.

Salieron por primera vez a las dos y media de la madrugada.

Cassidy se puso el vestido más oscuro que tenía, sin joyas, sin nada que brillara, y encima una capa de criada que le había conseguido Ismenia. Adriano iba con su uniforme, que era la mejor coartada del mundo: un guardia caminando de noche por un pasillo no llama la atención de nadie.

—Si nos encuentran —le dijo él en la puerta—, tú eres una dama que no podía dormir y salió a tomar aire, y yo soy el guardia que tiene la obligación de seguirte. Es todo. No expliques más. La gente que explica de más es la que se hunde.

—Eso mismo iba a decirte yo.

—Ya lo sé. Por eso lo dije primero.

Y salieron.

El palacio de noche era otro edificio.

Eso fue lo primero que aprendió Cassidy, y la desconcertó. De día era un sitio ruidoso y lleno de gente, con criados corriendo, perros, música lejana, voces en los patios. De noche se convertía en una cosa enorme, hueca y fría, donde cada paso rebotaba tres veces y donde las antorchas de los pasillos principales dejaban charcos de luz separados por tramos larguísimos de oscuridad absoluta.

Olía distinto también. De noche salía el olor de abajo: la humedad de la piedra, el moho de los rincones, el agua estancada de las cisternas, y por debajo de todo, ese fondo agrio y viejo de un edificio donde han vivido y muerto miles de personas durante siglos.

Y las ratas.

—Dios santo —susurró Cassidy la primera noche, cuando algo pasó corriendo a un palmo de su zapato—. ¿Siempre son tantas?

—Más. —Adriano ni se inmutó—. De día están debajo. De noche suben a las cocinas.

—Qué maravilla de casa.

Y estas ratas, Boone, son las mismas que en la otra vida salían en los libros de historia por la peste. Y todavía nadie en este siglo ha atado el cabo entre esos bichos y la gente que se muere en masa cada veinte años. Pero eso lo pienso otro día, que ahora tengo un rey que matar.

La primera semana la dedicaron a los pasadizos de servicio, y fue una revelación.

Porque el palacio tenía dos edificios encajados uno dentro del otro. Estaban las galerías nobles, anchas, con tapices y luz, por donde caminaban los señores; y detrás de las paredes, apretadas entre los muros, corrían las escaleras y los pasillos de la servidumbre, estrechos, sin ventanas, sin adornos, por donde subía la comida, bajaba la ropa sucia y se movía, invisible, la mitad de la población de ese edificio.

—Fíjate en esto —le dijo Adriano una noche, llevándola a una portezuela disimulada en un panel de madera—. Desde aquí se llega a la antecocina, a la despensa, al ala de las damas y a los aposentos reales sin cruzar una sola galería noble.

Cassidy se metió por el hueco y avanzó por un corredor tan estrecho que tenía que llevar los hombros de lado.

—O sea que una criada puede ir de la cocina a la cama del rey sin que la vea un solo guardia.

—Sin que la vea nadie.

Cassidy se detuvo en la oscuridad.

Y ahí está. Ahí está tu respuesta, Boone. Llevas dos meses preguntándote cómo llegó el veneno a mi jarra sin que nadie viera nada. Y la respuesta es que en este palacio hay un edificio entero por el que nadie mira, lleno de gente a la que nadie ve. Este sitio no tiene una puerta trasera. Es una puerta trasera con un palacio encima.

—Adriano.

—¿Qué?

—Por aquí también le subieron la comida a la reina.

Silencio a su espalda.

—Sí —dijo él al fin.

Trabajaban bien.

Eso fue lo segundo que aprendió Cassidy, y fue peor que lo de las ratas.

Porque se acoplaron rápido y sin hablarlo. Ella contaba puertas y pasos y él contaba hombres y armas. Ella preguntaba "¿esto adónde da?" y él lo averiguaba solo. Él decía "espera" y ella se paraba en seco sin preguntar por qué. Aprendieron a moverse en la oscuridad sin chocarse, a hablarse en susurros de dos palabras, a distinguir el ruido de un guardia del ruido de un criado por el modo de pisar.

Al cabo de dos semanas ya no necesitaban explicarse casi nada.

—Turno.

—Ya lo oí.

—Hueco de la izquierda.

—Voy.

Y se metían los dos en el mismo vano de piedra, pegados el uno al otro, conteniendo la respiración mientras un par de botas cruzaba la galería a seis metros.

Y ahí estaba el problema.

Porque Cassidy podía manejar el peligro, la intriga, el veneno y a un príncipe obsesionado. Lo que no sabía manejar era eso: estar apretada contra una pared en la oscuridad, con la espalda de un hombre delante de ella tapándola del pasillo, sintiéndole el calor a través de la ropa, con las dos respiraciones acompasándose solas.

Concéntrate, Boone. Esto es trabajo. Es un mapa. Es una operación militar. Y ese de ahí es un socio.

Un socio que huele a jabón porque, entre otras cosas, es el único hombre de este palacio que se lava desde que tú se lo enseñaste, y eso es enteramente culpa tuya, así que no te quejes ahora.

El plano fue creciendo.

Cassidy lo dibujaba de madrugada, al volver, mientras Adriano le sostenía la vela y le corregía las distancias. No lo guardaba entero: lo tenía partido en cuatro pliegos que escondía en cuatro sitios distintos, y ninguno de los cuatro tenía sentido sin los otros tres.

En un mes tenían casi todo.

Sabían que la guardia real de los cuarenta hombres cubría solo el ala del rey y que los relevos eran a medianoche, a las cuatro y a las ocho. Sabían que la muralla norte tenía el hueco de veinte minutos del que Adriano ya le había hablado. Sabían que había tres cisternas y que la del ala este estaba abandonada. Sabían que la puerta del ala real tenía dos guardias fijos, pero que la antecámara de las concubinas, a cuarenta pasos, no tenía ninguno, porque a nadie se le ocurría que hubiera que vigilar a unas mujeres viejas.

Y sabían de los túneles.

Los encontraron a la quinta semana, debajo de la torre vieja, la única parte del palacio que era anterior al rey: un torreón cuadrado, macizo, de piedra oscura, que llevaba doscientos años ahí y que ahora servía de almacén de trastos.

—Este sitio es de otra época —dijo Cassidy, pasando la vela por un muro—. Fíjate en la piedra. Es distinta.

—Es una fortaleza vieja. Esto es lo que había antes de que construyeran el palacio alrededor. —Adriano golpeó el muro con los nudillos—. Y toda fortaleza vieja tiene salida.

La encontraron detrás de una pila de arcones podridos: una escalera de caracol que bajaba y bajaba, con los escalones gastados y resbalosos de humedad, hasta un pasadizo de techo bajo que olía a agua muerta.

Cassidy bajó primero, con la vela.

—Espera —dijo Adriano.

—Estoy bien.

—No es eso. —Pasó a su lado y le quitó la vela—. Es que si eso se derrumba, prefiero que me caiga a mí.

Cassidy se lo quedó mirando en la oscuridad.

No digas nada, Boone. Ni una palabra. Sigue caminando.

El túnel corría bajo el palacio unos doscientos pasos y se bifurcaba dos veces. Un ramal estaba cegado por un derrumbe. Otro terminaba en una reja oxidada que daba al río, y esa reja tenía los barrotes de abajo comidos por el agua.

—Aquí cabe un hombre —dijo Adriano, agachándose—. Aquí caben tres.

Cassidy miró aquel agujero negro con el río sonando al otro lado, y sintió cómo se le aceleraba el pulso por un motivo que, por una vez, no tenía nada que ver con él.

Y ahí está. La puerta. La que llevo cinco semanas buscando. Por ahí entran tres hombres una noche, suben por la torre vieja, cruzan el patio de los almacenes y están a ochenta pasos del ala del rey.

—Es esto —dijo, y le tembló la voz—. Es exactamente esto. Es la puerta que te prometí en la cabaña.

Adriano no contestó enseguida. Estaba mirando la reja.

—Cassidy.

—¿Qué?

—¿Tú sabes lo que acabas de hacer? —Levantó la vela y la miró—. Acabas de enseñarme cómo se entra al palacio del hombre que mató a mis padres. Sin condiciones. Sin pedirme nada a cambio. Sin esperar a la boda ni a que seas reina ni a nada.

Se hizo un silencio raro, con el agua goteando en alguna parte.

—Podría entrar mañana —dijo él—. Con mis hermanos. Sin ti.

—Ya lo sé.

—¿Y me lo enseñas igual?

—Te lo enseño igual. —Cassidy se cruzó de brazos—. Porque no lo vas a hacer.

—¿Por qué estás tan segura?

—Porque si entras mañana, con cuarenta guardias reales despiertos y el rey rodeado de hombres, te matan en el segundo patio y no llegas ni a verle la cara. —Cassidy se encogió de hombros—. Y porque no eres idiota. Llevas quince años esperando. Sabes esperar seis meses más.

Adriano soltó una risa corta, sin ganas.

—Por un momento pensé que ibas a decir otra cosa.

—¿Qué cosa?

—Que confías en mí.

Cassidy le sostuvo la mirada un segundo más de lo que debía, y después se dio la vuelta y empezó a caminar de vuelta hacia la escalera.

—Trae la vela —dijo—. Y no me hagas esas preguntas aquí abajo.

Lo de la puerta tapiada fue tres noches después.

Estaban en el ala este, la parte más vieja del edificio habitado, mapeando un corredor que Cassidy tenía marcado como "sin uso". Era una galería larga, sin antorchas, con las ventanas cegadas con tablas y una capa de polvo en el suelo que se veía intacta a la luz de la vela.

Al fondo, el corredor terminaba en un muro.

Y ese muro estaba mal.

Cassidy se detuvo a tres pasos.

—Adriano.

—Lo veo.

Era piedra, sí, pero no era la misma piedra. Estaba encajada de otra manera, con más argamasa, más basta, más nueva. Y arriba, en el arco, todavía se veía perfectamente la forma de lo que había sido antes.

Una puerta.

Alguien la había tapiado. Y no lo había hecho un albañil de los buenos.

Cassidy pasó la mano por la juntura, con el corazón golpeándole las costillas.

—Esto se tapió con prisa —dijo—. Mira el trabajo. Esto no lo hizo un maestro de obra en tres días. Esto lo hizo alguien en una noche.

—¿Y qué hay del otro lado?

Cassidy sacó su plano mental del ala este, contó puertas hacia atrás, midió pasos, y se le puso la piel de gallina.

—Aposentos —dijo—. Del otro lado hay un cuerpo entero de habitaciones. Cuatro o cinco cuartos, por lo menos. Con ventanas al jardín de poniente.

—Eso son aposentos buenos.

—Eso son aposentos de los mejores del palacio. —Cassidy retrocedió un paso y miró el muro entero—. Y alguien los cerró y los borró del edificio.

Volvieron al día siguiente, pero no de noche, sino por otro camino: preguntando.

Y ahí Cassidy comprobó una cosa que ya sospechaba: en aquel palacio se podía preguntar por casi todo. Menos por eso.

Se lo preguntó, como quien no quiere la cosa, al mayordomo del ala oeste. El hombre le dijo que esa parte estaba en obras desde antes de que él entrara a servir y cambió de tema con una habilidad admirable.

Se lo preguntó a doña Rosaura, que llevaba doce años en el palacio. La mujer frunció el ceño, dijo "el ala este no se usa, alteza", y se quedó pensando, y después dijo, más despacio, "aunque ahora que lo dice, nunca me he preguntado por qué".

Se lo preguntó a Elvira, que llevaba dos años. Elvira ni sabía que hubiera un ala este.

Y por último subió a las dos habitaciones del ala sur, con dulces y con menta, y se lo preguntó a doña Petra.

La vieja estaba dándole de comer al canario. Se quedó con la mano en el aire.

—¿Qué corredor?

—El del ala este. El que termina en un muro nuevo.

Doña Petra dejó el plato despacio, se sentó, y tardó mucho en hablar.

—Ahí vivía ella —dijo al fin.

Cassidy sintió que se le paraba el corazón.

—¿La reina?

—Esos eran sus aposentos. —La vieja miraba al suelo—. Ahí la vi yo la última vez, dos semanas antes de que se muriera. Ahí la velaron. —Tragó—. Y a los cuatro días del entierro tapiaron esa puerta. En una noche, con albañiles traídos de fuera, que se fueron al amanecer y a los que no volvió a ver nadie.

—¿Y qué hay dentro?

—Todo. —Doña Petra levantó por fin el ojo bueno—. Sus muebles. Su ropa. Sus cosas. Sus frascos. Todo tal como estaba el día que se murió. No sacaron ni un pañuelo, criatura. Cerraron el cuarto con la vida entera de esa mujer adentro y le pusieron una pared encima.

Cassidy salió de aquellas habitaciones con la cabeza retumbando.

Nadie tapia una habitación por dolor. El dolor cierra las puertas con llave y guarda la llave en un cajón. El dolor es un cuarto que se abre una vez al año para llorar.

Se tapia lo que no se quiere que se vuelva a abrir nunca. Se tapia lo que hay adentro.

Y lo que hay adentro, si la vieja no miente, son los frascos de la mesita de una mujer envenenada durante meses.

Esa noche volvieron al corredor.

Cassidy se quedó parada frente al muro con la vela en alto, mucho rato, en silencio.

—¿Estás pensando en abrirlo? —dijo Adriano.

—Estoy pensando en cuánto ruido hace un muro cayéndose.

—Mucho.

—Ya. —Se pasó la mano por la cara—. Y en que si lo abro y alguien se entera, en menos de un día sabe todo el palacio que la prometida del rey anduvo escarbando en la tumba de la reina anterior. —Bajó la vela—. Todavía no. Es demasiado pronto.

—¿Y cuándo?

—Cuando tenga con qué defenderme si me pillan. —Cassidy se giró hacia él—. Ahora mismo no soy nadie, Adriano. Soy una novia. Si me descubren, el rey me manda de vuelta a la casa de mi padre por rara, o me manda a un convento, o me envenena la copa él mismo y ya. —Volvió a mirar el muro—. Pero cuando sea su esposa, cuando esté coronada, cuando tenga aunque sea un pedacito de poder propio... entonces sí. Entonces abro ese muro y saco de ahí todo lo que ese hombre lleva veinte años tapando.

Adriano la miró a la luz de la vela.

—¿Sabes que llevas seis semanas hablando de tu propia boda como si fuera una operación militar?

—Es que es una operación militar.

—No, escúchame. —Se acercó—. Yo llevo seis semanas caminando este edificio contigo de madrugada, y he oído cómo hablas del rey, de los guardias, del veneno y de los túneles. Y no has dicho ni una sola vez, ni una, lo que significa para ti casarte con ese hombre.

Cassidy sintió que se le cerraba la garganta.

—No significa nada. Es un paso.

—Es tu vida.

—Es un paso —repitió, más fuerte de lo que quería, y el eco rebotó por el corredor vacío—. Baja la voz.

Adriano bajó la voz, pero no aflojó.

—En un mes te vas a casar con él. Y esa noche vas a estar sola con ese hombre en un cuarto. —Se le rompió algo en la voz—. Y llevo seis semanas queriendo preguntarte cómo piensas soportarlo y no me atrevo, porque cada vez que abro la boca tú me contestas con un plano.

Se hizo un silencio enorme en aquel pasillo.

Cassidy se quedó muy quieta, con la vela temblándole un poco en la mano.

—No lo voy a soportar —dijo por fin, bajísimo.

—¿Qué?

—Que no lo voy a soportar, porque no va a pasar. —Levantó la cara—. Ese hombre no me va a tocar, Adriano. Ni esa noche ni ninguna. Y no me preguntes más, porque no te lo voy a decir todavía.

Adriano la miró.

Y ahí, en la oscuridad de aquel corredor tapiado, ella lo vio entender. Vio cómo se le llenaba la cara de todas las cosas a la vez: el susto, la comprensión, el alivio, el miedo por ella.

—Cassidy…

—No.

—Escúchame un momento.

—No, escúchame tú. —Y ella dio un paso atrás, porque él había dado uno adelante y porque en ese pasillo de pronto sobraba el aire—. Sé lo que me vas a decir. Llevo seis semanas viendo cómo se te va acumulando en la cara y llevo seis semanas fingiendo que no lo veo, y te lo agradezco, de verdad, porque los dos hemos hecho un trabajo excelente en no decir nada. No lo rompas ahora.

—¿Y si lo rompo?

—Entonces se acaba. —Cassidy lo dijo tan seco que hasta a ella le sonó feo—. Se acaba el mapa, se acaban las madrugadas, y te pongo en el pasillo de afuera con los otros guardias y me busco a Damián para esto.

Adriano encajó el golpe sin moverse.

—¿Por qué?

—Porque no puedo. —Cassidy apretó la vela—. Porque estoy a un mes de casarme con el hombre más peligroso del continente, con un príncipe vigilándome, con una mano invisible que me sirve veneno en la copa, y necesito la cabeza entera. Entera, Adriano. Y tú me la partes en dos.

—Yo no te he pedido nada.

—Todavía. —Cassidy soltó una risa amarga—. Todavía.

Y entonces le salió, sin permiso, la parte que llevaba tres vidas guardada.

—Escúchame bien, porque esto no lo sabe nadie y no lo va a saber nadie más. —Se le puso la voz rara—. Yo he querido a un hombre una vez. Uno solo. Y le dije que sí demasiado tarde, cuando ya estaba vieja y ya casi no quedaba tiempo, porque me pasé la vida entera negándolo por miedo. ¿Y sabes por qué tenía miedo?

—¿Por qué?

—Porque en el sitio donde yo me crié aprendí que a las mujeres que quieren las matan. —Cassidy tragó—. Las mata el hombre que quieren, o las mata el enemigo del hombre que quieren, o las matan ellas mismas de esperar. He visto morir así a mujeres de tres clases distintas, Adriano, y todas hicieron la misma tontería: dejaron de calcular porque estaban enamoradas.

Levantó la cara.

—La dueña de este cuerpo amaba al príncipe. Se dejó pisotear por ese muchacho y por su madrastra durante años, con la cabeza gacha, por amor. ¿Y sabes cómo terminó? Con el cuello roto en una ladera, a los dieciocho años, por una rienda cortada. —Le tembló la voz—. Amó, se confió y se murió. Así de rápido.

—Yo no soy el príncipe.

—Ya lo sé. Eso es exactamente lo que la hace peligrosa a la cosa. —Cassidy le sostuvo la mirada—. Con el príncipe no corro ningún riesgo, porque me da asco. Contigo sí. Y por eso mismo se acabó.

Silencio.

—El amor mata más rápido que el veneno —dijo—. Con el veneno, por lo menos, una puede probar la copa antes.

Se hizo un silencio muy largo en el corredor.

Y Adriano, en vez de acercarse o de enfadarse o de suplicar, hizo lo peor que podía hacer: no hizo nada de eso.

Se quedó mirándola con una calma que a ella le dio más miedo que un grito.

—¿Terminaste? —dijo.

—Sí.

—Bien. —Adriano asintió despacio—. Entonces te voy a contestar una sola cosa y después seguimos con el plano y no volvemos a hablar de esto.

—Adriano…

—Una sola cosa, Cassidy. —Levantó la mano—. Me la debes. Llevo dos meses tragándome todas.

Ella cerró la boca.

—Yo no te he pedido que me quieras. —Lo dijo tranquilo, sin dramatismo—. No te lo he pedido nunca y no te lo voy a pedir. Sé perfectamente dónde estoy parado: soy un guardia sin nombre, soy tu socio, y en un mes tú te casas con un rey. No soy idiota. No estoy esperando nada.

—Entonces qué…

—Lo que me molesta no es que no me quieras. —La miró—. Es que te pases el día entero mintiéndote a ti misma y creyendo que eso es ser lista.

A Cassidy se le secó la boca.

—¿Perdón?

—Todo lo que acabas de decirme es verdad. —Adriano se encogió de hombros—. Que a las mujeres que quieren las matan. Que hay que calcular. Que el amor es un riesgo. Todo eso es verdad, y no te lo discuto. —Bajó la voz—. Pero eso no es lo que estás haciendo. Tú no estás calculando. Tú estás fingiendo que no sientes nada, que es otra cosa completamente distinta y muchísimo más peligrosa.

—Tú no sabes lo que…

—Sé lo que vi hace tres semanas. —La cortó, sin subir la voz—. Cuando el príncipe mandó a su hombre al norte. Cuatro noches sin dormir. La comida a las gallinas. Metiste a tu dama en un recado clandestino, trajiste a mi hermano dentro de estos muros y mandaste al otro a nueve jornadas con tu dinero. Por un guardia al que podías haber vendido en una tarde. —Ladeó la cabeza—. Y cuando te pregunté por qué, me contestaste "porque me sirves".

Cassidy no dijo nada.

—Eso no fue calcular, Cassidy. Eso fue mentir. —Adriano dio un paso atrás, no adelante, y esa retirada le dolió a ella más que cualquier acercamiento—. Y una mujer que se miente a sí misma sobre lo que siente termina equivocándose en todo lo demás. Porque ya no sabe cuáles decisiones son cálculo y cuáles son ganas disfrazadas de cálculo.

Le quitó la vela de las manos, con cuidado, porque a ella le estaba temblando.

—No te pido que me quieras —repitió—. Te pido que dejes de mentirte. Aunque sea solo por dentro. Aunque no me lo digas nunca. —Levantó la vela y empezó a caminar hacia la salida del corredor—. Porque el día que tengas que decidir algo grande, vas a necesitar saber la verdad de lo que hay en tu propia cabeza. Y si te la has estado tapando dos meses, no la vas a encontrar a tiempo.

Se detuvo a cinco pasos y giró la cabeza.

—Vamos. Nos quedan veinte minutos antes del cambio de las cuatro.

Cassidy se quedó un segundo más frente al muro tapiado, en la oscuridad, con el corazón golpeándole tan fuerte que le pareció que se oía en toda el ala este.

Hijo de puta.

Hijo de puta, tiene razón.

—Ya voy —dijo.

Y lo siguió por el corredor, contando puertas otra vez, con la cabeza hecha un desastre y la boca cerrada.

1
Luz Angela Castillo Ramirez
😭😭
Sandra Chana
👏👏👏 chapeaux!
Margarita Acuña Cerda
Lo peor es el poder el rey hace lo que quiera ,ahítame este tiempo quien tenga poder hace lo mismo simi miremos al demonio de trump o los narcos 😔😔😔😔😔
Margarita Acuña Cerda
Y por favor hecha a las putizorras también 🤭🤭🤭3
Roxana Gardilcic
eres genial!! un nivela alucinante!!
Margarita Acuña Cerda
Oye autora es muy entretenida la novela me encanta🤣🤣🤣🤣🥰🥰🥰
Margarita Acuña Cerda
Jajaja que se quede con los 3 me gusta🥰🥰🥰🤭🤭😠
DAINADIE ZAMOR
Excelente historia 👍 👏🏽 🥰
Maria Gonzalez Gonzalez
que bonito detalle de la cena preparada a la luz de las velas 😍❤️😍❤️😂
Maria Gonzalez Gonzalez
pinche necia que eres Cassidy 😡 caes gorda de verdad y no lo digo por tu físico, sino porque de verdad que la estás cagando con tus miedos, Cobarde 🤔
Maria Gonzalez Gonzalez
vamos Cassidy, amar duele, pero si de verdad lo sientes no mata, al contrario te fortalece y te hace feliz ❤️🤔😂😍
Maria Gonzalez Gonzalez
por favor autora que no se muera Adriano, él no por favor 🙏🙏🙏🙏
Maria Gonzalez Gonzalez
🥹🥹😭😭😭😭
Margarita Acuña Cerda
Se ve bastante buena veremos como va la cosa🥰🥰🥰
Maria Gonzalez Gonzalez
pues si esos nobles solo luchan por su causa, lo demás no les interesa, son igua o peor que el usurpador solo que ellos no van a las guerras 😡
Maria Gonzalez Gonzalez
exelente actuación Aurora 🤔😃😂
Maria Gonzalez Gonzalez
el otro enemigo que tiene Aurora en el Castillo es el mayordomo mayor abusada Cassidy, ponte trucha 🤔😃
Maria Gonzalez Gonzalez
pues yo creo que lo que puede hacer es que el rey te corretee por toda la pieza de la alcoba cuando ya esté súper exitado con la medicina del médico brujo y así lo forzas más de lo debido y wuala se muere de verdad de un infarto fulminante porque no se pudo desahogar, como cuando los drogan y no se pueden liberar sexualmente 🤔😂😍😃
Maria Gonzalez Gonzalez
jajajaja jajajaja que cosas no??😂😂😂😂 aún no se inventa el viagra y ya tiene sus antecedentes primarios 😂😂😂😂🤔
Maria Gonzalez Gonzalez
esa Leonor no sabe con quién se meten 🤔😂😍😃
NovelToon
Step Into A Different WORLD!
Download MangaToon APP on App Store and Google Play