Valentín Bianchi, un omega porteño de veinticinco años, está acostumbrado al ritmo frenético de Buenos Aires. Su vida gira entre cafeterías, subtes, reuniones y el ruido constante de la ciudad.
Todo cambia cuando hereda una antigua estancia en plena pampa bonaerense. Su único objetivo es venderla cuanto antes, volver a la Capital y olvidarse del barro, las vacas y los caminos de tierra.
Pero la estancia no está vacía.
Tomás Ferreyra, un alfa gaucho nacido y criado allí, administra el lugar desde hace años. Es serio, orgulloso, amante de los caballos y defensor de las tradiciones. Para él, esa estancia no es un negocio: es su hogar.
Desde el primer encuentro, ninguno soporta al otro.
—¿Vos sos el nuevo dueño? Mirá vos... pensé que mandaban a alguien que supiera ensuciarse las botas.
—Y yo pensé que los gauchos eran más educados.
Entre mates compartidos a regañadientes, asados con los peones, cabalgatas interminables y noches bajo un cielo lleno de estrellas, ambos descubrirán que hay se
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Capítulo 22: Navidad en La Esperanza
El calor de diciembre había llegado con fuerza a la pampa.
Los girasoles miraban al cielo, los árboles estaban llenos de hojas y el perfume del pasto recién cortado invadía toda la estancia.
En la cocina, Marta daba órdenes como si fuera la directora de una orquesta.
—¡Nico, dejá de robar cerezas!
—¡Solo probé una!
—¡Probaste diez!
—Había que controlar la calidad...
Don Ramón soltó una carcajada mientras cebaba mate.
—Este chico no cambia más.
Valentín salió al patio con una caja de adornos navideños.
—¿Desde cuándo decoran la estancia para Navidad?
Tomás apareció cargando una escalera.
—Desde siempre.
—¿En serio?
—Mi abuelo y Don Ernesto decían que una casa con luces se veía más alegre.
Valentín sonrió.
—Entonces pongamos muchas.
Durante toda la tarde colgaron guirnaldas en la galería, luces alrededor del viejo ombú y una enorme estrella de madera sobre la entrada principal.
Pampa intentó atrapar las luces varias veces, provocando las risas de todos.
—¡Pampa! —rió Valentín—. ¡Eso no se come!
Al atardecer llegaron algunos vecinos.
Cada familia traía algo.
Empanadas.
Ensaladas.
Pan dulce casero.
Budines.
Helados.
Y, por supuesto, un enorme asado que Tomás preparaba con paciencia.
—¿Cómo viene eso, maestro? —preguntó Nico.
—Si seguís molestando, vas a comer después de todos.
—Bueno... mejor me callo.
Cuando cayó la noche, una larga mesa quedó armada bajo el ombú.
Las luces colgadas entre las ramas iluminaban el lugar con un brillo cálido.
Valentín observó la escena.
Hacía apenas unos meses habría pasado esa fecha en un restaurante elegante de Buenos Aires.
Ahora estaba rodeado de personas que reían, compartían anécdotas y discutían amistosamente sobre quién hacía el mejor vitel toné.
Y no cambiaría ese momento por nada.
Después de la cena, Don Ramón golpeó suavemente su vaso.
—Quiero decir unas palabras.
Todos hicieron silencio.
El hombre miró a Valentín.
—Cuando Don Ernesto falleció...
Pensé que La Esperanza iba a desaparecer.
Su voz se quebró apenas.
—Pero me equivoqué.
Porque apareció un porteño bastante perdido...
Las risas no tardaron en escucharse.
—...que terminó encontrando su lugar entre nosotros.
Valentín sintió un nudo en la garganta.
—Gracias por elegir quedarse.
Todos levantaron sus vasos.
—¡Salud!
Más tarde, mientras los demás conversaban, Tomás llevó a Valentín hasta el corral donde estaba Moro.
El caballo levantó la cabeza al verlos.
—¿Qué hacemos acá?
Tomás sonrió con cierto nerviosismo.
—Quería darte algo.
Sacó una pequeña caja de madera del bolsillo.
Valentín abrió lentamente la tapa.
Dentro había una medalla de plata antigua.
En un lado estaba grabado un caballo.
En el otro, una frase.
"Donde esté tu hogar, estará tu corazón."
—Era de mi abuelo —explicó Tomás—. Él quería dársela a la persona más importante de su vida algún día.
Valentín levantó la vista completamente emocionado.
—Tomás...
—Ahora quiero que la tengas vos.
Los ojos del omega comenzaron a humedecerse.
—Es el regalo más lindo que me hicieron.
Tomás sonrió.
—Todavía falta.
Valentín levantó una ceja.
—¿Todavía hay más?
El alfa respiró hondo.
—Sí.
Tomó ambas manos de Valentín.
—Gracias por llegar a La Esperanza.
Gracias por cambiar mi vida.
Y gracias por hacerme creer otra vez en el futuro.
Valentín ya no pudo contener las lágrimas.
—Vos también cambiaste la mía.
Se abrazaron con fuerza.
Un abrazo largo, cálido y lleno de amor.
Desde la casa comenzaron a escucharse los primeros fuegos artificiales del pueblo, iluminando el cielo con destellos de colores.
Pampa apareció corriendo y se acomodó junto a ellos, buscando refugio entre sus piernas.
—Tranquilo, compañero... —dijo Valentín acariciándolo.
Tomás pasó un brazo alrededor de los hombros del omega.
Los tres contemplaron el cielo en silencio.
—¿Sabés qué deseo para el año que viene? —preguntó Valentín.
—¿Qué?
—Que vivamos muchos años más acá.
Que llenemos esta estancia de recuerdos.
Y que nunca perdamos todo esto.
Tomás sonrió.
—Es el mismo deseo que iba a pedir yo.
Bajo el inmenso cielo argentino, con el aroma del asado todavía en el aire y el viejo ombú iluminado por cientos de pequeñas luces, ambos comprendieron que la mayor herencia que habían recibido no eran las tierras de La Esperanza.
Era la posibilidad de construir, juntos, una vida llena de amor, tradiciones y nuevos sueños.