Lía jamás imaginó que terminaría dentro de su novela. Después de llorar por la trágica muerte del Clan Licano, despierta en el cuerpo de Elara Licano, la hija menor de la familia y una de las primeras víctimas de la historia.
Ahora conoce el futuro: las traiciones, las conspiraciones y la guerra que destruirán al clan hasta borrar su nombre.
Pero esta vez, Elara no piensa seguir el guion.
Con sus recuerdos y conocimiento de cada acontecimiento, decide cambiar el destino de su familia antes de que sea tarde. Lo que nadie sabe es que alterar una historia puede despertar peligros que jamás existieron en el libro… y ponerla frente a enemigos mucho más poderosos de lo que recuerda.
Para salvar a los Licano, Elara tendrá que desafiar al Imperio, descubrir quién los traicionará y luchar por la supervivencia del clan.
Esta vez, la historia terminará de otra manera.
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El secreto de los pergaminos antiguos
La noche cayó pesada sobre la fortaleza, envuelta en un frío que no correspondía a la estación. Elara no podía dormir. Sabía que el tiempo se aceleraba, y que el Imperio no solo confiaba en ejércitos para destruirlos: la caída del clan empezó con mentiras y documentos falsos que nadie supo refutar a tiempo. En el libro, esos pergaminos clave estuvieron ocultos para siempre. Ella no dejaría que eso pasara.
Se envolvió en su manto, tomó una lámpara de aceite y salió de su alcoba con paso silencioso. La biblioteca familiar, situada en la torre más antigua, era inmensa y oscura, llena de estanterías de roble que llegaban hasta el techo, cargadas de siglos de historia Licano. Allí, en un rincón olvidado que ni los propios miembros del clan solían visitar, era donde el libro mencionaba algo breve: “debajo de los suelos de piedra, descansaba la verdad que nunca llegó a ver la luz”.
Elara recorrió los pasillos, contando las losas del suelo hasta llegar a la marcada con el lobo grabado. Se arrodilló, pasó los dedos por los bordes fríos de la piedra, y empujó con todas sus fuerzas hacia un lado. Con un sonido seco, la losa se desplazó, revelando un hueco oscuro en el que descansaba una caja de madera de cedro, sellada con cera con el emblema del clan.
El corazón le latía con fuerza. Al romper el sello y abrir la caja, encontró lo que buscaba: pergaminos amarillentos, firmados por antepasados del clan y por el propio Emperador de hace dos generaciones. Leyó rápidamente, con la lámpara temblando en su mano:
El Imperio reconoce la independencia absoluta del Clan Licano, y se compromete a nunca exigir rehenes, tierras ni armas sin su consentimiento libre. Cualquier matrimonio entre miembros del clan y la casa imperial será por mutuo acuerdo, sin condiciones de sumisión.
Elara apretó los dientes. Todo lo que el Emperador actual exigía era ilegal. Los tratados antiguos prohibían lo que estaba intentando hacer. En la historia original, nadie supo de estos documentos hasta que fue demasiado tarde. Si los presentaba ahora, ante los nobles de todo el reino, el Imperio perdería toda justificación para atacarlos. Pero también… se convertiría en un objetivo aún mayor.
—¿Qué encuentras, hermana? —La voz de Zora la hizo dar un salto, casi dejando caer la lámpara.
Se giró de golpe, cubriendo los pergaminos instintivamente. Su hermana estaba en el umbral, con el bastón en la mano y la mirada seria, como si hubiera sabido adónde iba.
—Zora… me asustaste —suspiró Elara, sin dejar de abrazar la caja—. ¿Cómo sabías que estaba aquí?
—Porque tus pasos eran decididos —respondió ella, acercándose lentamente—. Y porque yo también sentí que aquí había algo que esperábamos encontrar. ¿Qué es eso?
Elara dudó un instante. ¿Debía contarlo todo? ¿Y si el espía era alguien cercano? Pero Zora era su hermana. En el libro, Zora murió protegiendo a su familia. Si alguien merecía saber la verdad, era ella.
—La verdad —respondió Elara, descubriendo los pergaminos—. Estos son los tratados originales. El Emperador actual los ha olvidado… o finge que nunca existieron. Con esto, podemos demostrar ante todo el reino que sus exigencias son ilegales. Que no somos traidores, sino víctimas de una usurpación.
Zora recorrió las líneas con la mirada, y sus ojos se abrieron de par en par.
—Esto… esto cambia todo. Pero si se sabe que los tenemos… nos matarán antes de que podamos mostrarlos.
—Lo sé —asintió Elara, con un nudo en la garganta—. En la historia que yo conocía, nunca los encontraron. El Imperio mintió, nos acusó, y nadie pudo defender nuestra memoria. No voy a dejar que se pierdan de nuevo.
—Entonces no se los digamos a nadie aún —dijo Zora, cerrando la caja con firmeza—. No a padre, no a Rian, no a nadie. No sabemos quién escucha. Guárdalos en un lugar donde solo nosotras podamos encontrarlos. Y cuando llegue el momento exacto… cuando todos estén mirando… entonces los sacamos. Y haremos que el Imperio se traga sus propias mentiras.
Elara asintió, agradecida hasta las lágrimas. No estaba sola. Su hermana, la hechicera reservada y callada, era su aliada más leal. Juntas volvieron a colocar la losa en su lugar, y ocultaron la caja en un escondite secreto detrás de un viejo estante de libros de hechicería antigua, donde nadie pensaría en buscar.
Al salir de la biblioteca, una sensación pesada llenó el pecho de Elara. El espía seguía ahí fuera. Y ahora, además de su vida, protegía algo que podía destruir los planes del Emperador por completo.
—Elara —dijo Zora antes de separarse—. Ten cuidado. Si alguien descubre que sabes esto… intentarán silenciarte. Pronto, quizás antes de que amanezca.
—Lo sé —respondió ella, mirando hacia la oscuridad de los pasillos—. Pero esta vez no voy a esconderme. Que vengan. Porque ahora tenemos algo que ellos no esperaban: la verdad de nuestra parte.
Se separaron hacia sus alcobas, pero Elara no durmió. Se sentó junto a la puerta, con una daga escondida bajo el almohadón, vigilando. Los pergaminos eran su mayor esperanza… y su mayor peligro. El destino original ya no podía cumplirse igual, pero el precio de cambiarlo era alto. Y el enemigo, sabiendo que lo conocían, no dudaría en atacar de la forma más cruel posible.