Isabella sabe convertir cualquier viaje en una experiencia inolvidable.
Alessandro Moretti sabe conseguir todo lo que desea.
Entre destinos de lujo, miradas que dicen demasiado y una atracción imposible de ignorar, ambos descubrirán que hay encuentros que no estaban en ningún itinerario.
Porque algunas tentaciones llegan para cambiarte el destino.
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Un Hombre Que No sé Enamora
Alessandro Moretti no era un hombre fácil de conocer.
Era un hombre difícil de conocer de verdad. A primera vista, todo parecía estar a la vista. Su sonrisa fácil, Su seguridad.
La forma despreocupada de caminar por una habitación llena de personas importantes.
El encanto que parecía acompañarlo incluso cuando no hacía ningún esfuerzo por ser encantador.
Era de esos hombres que entraban a un lugar y, sin pedirlo, conseguían que varias miradas se dirigieran hacia él.
Tenía treinta y cinco años, una empresa construida prácticamente desde cero y una fortuna que le permitía vivir de la manera que quisiera.
Pero no siempre había sido así.
Alessandro había aprendido muy joven que el dinero podía abrir casi cualquier puerta. También había aprendido que no todas las puertas valían la pena cruzarlas.
Era exigente.
Extremadamente exigente con su empresa, con su equipo, con los proveedores y, sobre todo, consigo mismo. Podía bromear durante una reunión y, cinco minutos después, cambiar su semblante al detectar un error que nadie más había visto.
Podía aparecer en una cena vestido de manera impecable, sonriendo como si no tuviera ninguna preocupación, y esa misma noche revisar personalmente un informe de calidad de una propiedad ubicada al otro lado del mundo.
No toleraba la mediocridad.
Para Alessandro, el lujo no significaba simplemente pagar más. Significaba recibir exactamente aquello que se había prometido. Incluso algo mejor.
Por eso había creado Moretti Privé. No quería construir una agencia de viajes. Quería construir una empresa capaz de ofrecer lo que otras compañías ni siquiera sabían que existía.
Viajes completamente personalizados. Experiencias privadas. Acceso a lugares imposibles de reservar.
Villas que permanecían fuera de los circuitos turísticos. Yates disponibles únicamente para determinados clientes. Cenas diseñadas alrededor de una persona. Recorridos que podían cambiar de acuerdo con el estado de ánimo del viajero.
Todo debía ser perfecto.
Y si no lo era, Alessandro quería saberlo.
No le importaba cuánto hubiera costado.No le importaba quién hubiera cometido el error.
Si algo no estaba a la altura de Moretti Privé, había que corregirlo. Esa era una de sus mayores virtudes.
También uno de sus peores defectos.
Alessandro podía ser implacable.
Esperaba que los demás trabajaran con el mismo nivel de intensidad que él y, cuando alguien no cumplía sus expectativas, tenía poca paciencia para las excusas.
Era controlador. Orgulloso.
Impaciente Y tenía la desagradable costumbre de creer que casi siempre tenía la razón.
Mateo Ricci era probablemente la única persona en el mundo que podía decírselo sin miedo.
—Eres insoportable.
Alessandro levantó la mirada del computador.
—Amigo mío buenos días para ti también.
Mateo dejó una carpeta sobre su escritorio.
—Llevas quince minutos revisando el mismo informe.
—Tiene un error.
—Lo sé.
—Entonces no entiendo cuál es tu problema.
—Mi problema es que llevas quince minutos buscando un error que ya corregí.
Alessandro levantó lentamente los ojos.
Mateo sonrió.
—Buenos días.
Alessandro negó con la cabeza.
—Algún día voy a despedirte.
—Llevas doce años diciéndome eso.
—La esperanza es lo último que se pierde - Dijo Alessandro riendo.
Mateo se dejó caer en una de las sillas frente al escritorio.
Era su socio, pero antes de eso había sido su amigo.
Se habían conocido en la universidad y, desde entonces, habían atravesado prácticamente todo juntos.
Los buenos momentos.
Los fracasos, las primeras inversiones, noches sin dormir, discusiones, crecimiento de la empresa.
Mateo conocía al hombre que existía detrás del personaje que Alessandro mostraba al mundo.
Sabía cuándo estaba realmente enfadado.
Sabía cuándo estaba preocupado, cuándo estaba mintiendo
Y, sobre todo, sabía cuándo una mujer le interesaba.
Por eso no había olvidado la expresión que había visto en su rostro después de la salida de Isabella.
—Por cierto —dijo Mateo.
—No.
—Ni siquiera he dicho nada.
—Precisamente.
Mateo sonrió.
—La inspectora...
Alessandro volvió a mirar la pantalla.
—¿Qué pasa con ella?
—Nada.
—Entonces seguimos trabajando.
—Solo me pareció interesante.
—Es buena en su trabajo. Además pensé que no habia llamado tu atención.
—No me refería a eso ¿A quien no le interesaría? Es una hermosa pelirroja.
Alessandro suspiró.
—Mateo...
—Está bien.
Su amigo levantó las manos.
—No diré nada.
—Perfecto.
—Aunque...
—¿Qué? - Matteo sabía como descontrorarlo.
—Te gustó ¿Cierto? de ese color de cabello no has tenido.
Alessandro soltó una carcajada.
—¿Ella? Me gustan todas. Las mujeres son lo mejor que creó Dios.
—Sí tienes razón, las mujeres son una obra de arte -Suspiró- Alessandro...
—Mateo, estoy intentando concentrarme, sabes que cuando se trata de trabajo nada me importa.
—La miraste como si acabaran de entregarte un regalo que no sabías qué querías.
—La miré porque estaba hablando.
—La estabas mirando antes de que empezara a hablar. Dicen que las pelirrojas son peligrosas... Ya sabes...
Alessandro negó con la cabeza.
—Es una mujer interesante, si y de ese color de cabello no he tenido...
Mateo arqueó una ceja.
—¿Te escuchaste?
—Repetí lo que dijiste cabrón.
—Y ahí comienza el problema.
Alessandro sonrió.
—No hay ningún problema.
Eso era lo que él siempre decía.
No había problemas.
Nunca se involucraba más de lo debido, nunca había amor, no prometía cosas que no quería cumplir Y nunca permitía que una mujer se convirtiera en una necesidad.
Había tenido demasiadas relaciones para saber exactamente cómo terminaban.
Al principio todo era divertido.
Cenas, viajes, Mensajes durante la madrugada, Hoteles, Regalos, Risas y Después llegaban las preguntas.
¿Dónde estabas?
¿Con quién?
¿Por qué no llamaste?
¿Qué somos?
¿Me amas?
Alessandro siempre desaparecía en ese punto.
No porque no sintiera nada.
Si no porque sentía suficiente para saber que aquello terminaría convirtiéndose en una obligación.
El amor, desde su perspectiva, era una palabra demasiado utilizada para justificar la dependencia.
Él no quería depender de nadie.
Y tampoco quería que alguien dependiera de él.
Había visto demasiadas relaciones destruirse. Había visto matrimonios aparentemente perfectos terminar en abogados, reproches y silencios.
Sus padres llevaban treinta y ocho años juntos Y aunque los amaba profundamente, no estaba seguro de querer lo mismo para sí.
Su madre insistía en que algún día cambiaría de opinión.
Su padre simplemente observaba.
La última cena familiar había sido especialmente incómoda.
—Alessandro, tienes treinta y cinco años —había dicho su madre.
—Estoy consciente.
—Tus amigos están casándose.
—Me alegra por ellos.
—Algunos ya tienen hijos.
—También me alegra.
Su madre había suspirado.
—¿Y tú?
Alessandro había bebido un sorbo de vino.
—Yo tengo una empresa, tengo un perro y una linda gata.
Su padre había soltado una risa.
Su madre le lanzó una mirada reprendiva a su esposo y luego dijo.
—Eso no es una respuesta.
—Es la única que tengo, madre.
—Algún día vas a conocer a una mujer que te haga cambiar de opinión.
Alessandro había sonreído.
—No existe.
Su madre lo había mirado con una mezcla de ternura y frustración.
—Eso dicen todos los hombres antes de enamorarse.
Alessandro no respondió.
Porque para él aquella palabra no tenía sentido.
¿Enamorarse? No. Él no era de esos Y estaba perfectamente bien con ello O al menos eso creía.
Mientras Alessandro regresaba a sus reuniones, Isabella Laurent comenzaba su mañana en otra parte de la ciudad.
Había aprendido a despertarse temprano incluso después de pasar meses viajando de un país a otro.
Los hoteles cambiaban, las ciudades cambiaban, los horarios cambiaban, Pero ella mantenía ciertas costumbres.
Café, Una ducha larga, Música suave Y unos minutos de silencio antes de comenzar el día.
Isabella era meticulosa.
Mucho más de lo que aparentaba.
Cada viaje tenía una carpeta.
Cada cliente tenía un perfil.
Cada experiencia debía ser evaluada.
No le bastaba con saber que un hotel tenía cinco estrellas.
Las estrellas no significaban nada si el servicio no estaba a la altura.
Ella observaba detalles que la mayoría de las personas jamás notaba.
La temperatura de una habitación, l aroma del vestíbulo, la forma en que un recepcionista pronunciaba el nombre del huésped, rapidez del servicio, privacidad, calidad de las sábanas; Iluminación, La presentación de los alimentos, la reacción del personal ante un inconveniente Y, sobre todo, aquello que no aparecía en ningún folleto. La sensación.
Porque Isabella tenía una teoría.
Una experiencia de lujo no debía sentirse costosa.
Debía sentirse personal, por eso había llegado tan lejos, no necesitaba levantar la voz para hacerse respetar, no necesitaba presumir de sus conocimientos.
Cuando entraba a una propiedad, observaba. Cuando hacía preguntas, escuchaba.
Cuando encontraba un error, lo señalaba Y cuando encontraba algo extraordinario, también lo reconocía.
Su belleza era imposible de ignorar, pero Isabella había aprendido hacía mucho tiempo a no depender de ella.
Sabía que algunos hombres podían verla antes de escucharla.
Por eso prefería que su trabajo hablara primero.
Aquella mañana se encontraba frente al espejo, terminando de arreglar su cabello pelirrojo.
Había dejado algunas ondas sueltas alrededor de su rostro.
Eligió un conjunto elegante y sobrio.
No necesitaba llamar la atención.
Ya sabía hacerlo sin proponérselo.
Tomó su teléfono, tenía varios mensajes pendientes.
Correos, Confirmaciones, Horarios, Una invitación para inspeccionar una propiedad en el Caribe.
Otra para evaluar un restaurante privado en París Y un mensaje de su asistente.
Necesito que revises esto antes del mediodía. Es importante.
Isabella sonrió ligeramente.
—Siempre es importante.
Tomó su bolso y salió.
Su trabajo no era solamente viajar, era descubrir.
Había personas que pagaban cantidades absurdas de dinero por sentirse especiales durante unos días.
Y ella debía asegurarse de que realmente lo fueran.
A media mañana recibió una llamada.
—¿Isabella?
—Sí.
—Soy Mateo Ricci, de Moretti Privé.
Ella reconoció inmediatamente la voz.
—Buenos días.
—Quería agradecerte por el informe.
—Todavía no lo he terminado.
—Lo sé.
—Entonces no entiendo por qué me agradeces.
Mateo soltó una risa.
—Alessandro me pidió que te dijera que está satisfecho.
Isabella hizo una pequeña pausa.
—Eso es interesante.
—¿Por qué?
—Porque no parecía un hombre fácil de satisfacer.
Mateo volvió a reír.
—No lo es.
—Lo imaginé.
—Pero le gustó tu propuesta.
Isabella caminó lentamente hacia el ascensor.
—Me alegra.
—Quiere que continúes con el proyecto.
Las puertas se abrieron.
Ella entró.
—¿Durante cuánto tiempo?
—Todavía no lo sabemos.
—Necesito condiciones claras.
—Las tendrás.
—Y autonomía profesional.
—También.
Isabella sonrió.
—Entonces podemos trabajar.
—Perfecto - Matteo guardó silencio unos segundos —Una cosa más.
—¿Sí?
—No te preocupes por Alessandro.
Isabella frunció ligeramente el ceño.
—No estaba preocupada.
—Mejor.
—¿Por qué debería estarlo?
—Porque tiene la mala costumbre de hacer que todo parezca más complicado de lo que es.
Ella sonrió.
—Creo que puedo manejarlo.
—Eso espero.
La llamada terminó.
Isabella guardó el teléfono.
No sabía todavía cuánto iba a cambiar aquel proyecto.
No sabía cuántos países tendría que visitar.
No sabía cuántas reuniones tendría con Alessandro Moretti.
Y, definitivamente, no sabía que aquel hombre estaba acostumbrado a conseguir todo lo que quería.
Ella tampoco sabía que, por primera vez en muchos años, Alessandro había encontrado algo que no quería conseguir.
Quería comprenderlo.
Y eso era mucho más peligroso.
Esa tarde, Isabella recibió el itinerario definitivo.
Abrió el correo, Leyó el primer destino, Luego el segundo.
Después el tercero, Sus ojos se detuvieron en una línea.
Inspección conjunta con el CEO de Moretti Privé.
Isabella dejó escapar un pequeño suspiro.
—Perfecto.
No era sarcasmo O al menos intentó convencerse de que no lo era. Había trabajado con empresarios arrogantes antes.
Había conocido hombres con fortunas enormes que creían que el dinero también compraba la razón.
Sabía cómo manejarlos.
Profesionalismo, Distancia, Límites.
Nada más tomó su bolígrafo y comenzó a hacer anotaciones.
No tenía idea de que Alessandro Moretti estaba haciendo exactamente lo mismo al otro lado de la ciudad.
Aunque él no estaba revisando el itinerario.
Estaba mirando una fotografía profesional de Isabella que había logrado conseguir y ahora estaba en el expediente.
La observó durante unos segundos. Después cerró la carpeta.
—Es solo trabajo —murmuró.
Y volvió a sonreír.
Como si intentara convencerse a sí mismo. Como si aquella frase fuera suficiente para detener algo que todavía ni siquiera había comenzado.