NOVELA +18 ⚠️
Julieta Álvarez siempre ha creído que el amor merece segundas oportunidades. El problema es que lleva tres años dándole oportunidades a la persona equivocada.
Cuando finalmente decide ponerle punto final a una relación que solo le ha dejado secretos, excusas y demasiadas decepciones, lo último que espera es que su vida se complique todavía más con la llegada de Alejandro Santana.
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Capítulo 6
...JULIETA ÁLVAREZ...
El tráfico se detuvo por completo.
La lluvia, que había empezado como un llovizna ligera, se transformó en un vendaval violento que golpeaba el parabrisas del Jeep con furia.
Los limpiaparabrisas iban a su máxima velocidad, pero la visibilidad era casi nula. A lo lejos, las luces rojas de los autos formaban una hilera interminable y estática.
El estruendo de las sirenas cortó el ruido de la tormenta. Dos patrulleros y una grúa intentaban maniobrar a unos metros de nosotros, bloqueando la incorporación a la avenida principal. Alejandro encendió la radio para escuchar el reporte del tráfico.
—“Atención a los conductores en el sector norte —anunció la voz del locutor—. Un deslizamiento de tierra y la caída de un árbol de gran tamaño tienen bloqueada la vía principal en ambos sentidos. Las autoridades informan que los trabajos de remoción tomarán un mínimo de seis horas. Se recomienda paciencia o tomar vías alternativas que por el momento se encuentran colapsadas...”
Alejandro dejó ir un suspiro hondo, el único gesto de impaciencia que le vi desde que lo conozco.
Apoyó un codo en la ventanilla y se pasó la mano por la mandíbula tensa.
—Esto es absurdo —murmuró con voz baja—. No nos vamos a quedar seis horas atorados en este embotellamiento.
Miré la hora en el tablero: las siete y media de la noche. El agua corría como un río por las aceras y el viento bamboleaba los arbustos. Pensar en quedarme atrapada en el tráfico con la cabeza a punto de estallar me daba vértigo, pero no quería ser un estorbo para él.
—Santana... no te preocupes —dije de prisa, acomodándome el bolso en las piernas—. Puede dejarme aquí cerca. En serio. Camino hasta la estación del metro o busco dónde resguardarme mientras pasa esto. No tiene por qué quedarse atorado por mi culpa.
Alejandro se giró hacia mí de golpe. Sus ojos brillaron con una molestia, severa y punzante.
—¿Cómo se le ocurre decir semejante estupidez, señorita Álvarez? —dijo con una firmeza que me hizo encoger en el asiento—. Mire afuera. Está cayendo un tempestad y la zona no es segura. No voy a dejarla tirada en medio de la calle como si nada.
Tragué saliva, avergonzada por su regaño.
Él volvió la vista al frente, dio un giro brusco al volante y metió el Jeep por una calle lateral, esquivando el embotellamiento a través de un atajo que parecía conocer de memoria.
—Aunque la idea no me agrada en absoluto —añadió en tono tajante, manteniendo la vista en el camino mojado—, mi departamento queda a cuatro cuadras de aquí. Vamos a esperar a que la tormenta pase y abran la vía en mi casa.
El trayecto de cuatro cuadras duró menos de tres minutos, pero dentro del vehículo el silencio se volvió espeso, casi palpable. La idea de entrar al espacio personal de Alejandro Santana —un hombre que mantenía a todo el mundo a dos metros de distancia por decreto— me ponía más nerviosa que la mismísima tormenta.
El Jeep descendió por la rampa de un edificio moderno de fachada gris y se estacionó en un cajón privado marcado con el número 4B.
Alejandro apagó el motor. El silencio nos envolvió de golpe, roto únicamente por el repiqueteo sordo de la lluvia contra el techo de concreto del subterráneo.
—Baje —dijo, tomando su maletín.
Lo seguí en silencio hasta el elevador. Al marcar el piso cuatro, el espejo me devolvió mi reflejo: el cabello despeinado por el viento, los ojos rojos y la ropa ligeramente húmeda. Alejandro, a mi lado, lucía impecable, con la postura recta y las manos metidas en los bolsillos del abrigo, mirando fijamente el marcador de pisos.
La puerta se abrió a un pasillo silencioso. Caminó hacia la última puerta, metió la llave y la giró con un chasquido seco.
—Pase.
Al cruzar el umbral, me quedé petrificada. Su departamento era el reflejo exacto de su personalidad: minimalista, impecable, dominado por tonos grises, blancos y madera oscura. No había fotos ni desorden. Una pared entera de cristal mostraba la ciudad bajo la tormenta.
—Quítese el abrigo y déjelo en el perchero —ordenó de forma autómata, cerrando la puerta con seguro—. Si lo deja mojado sobre el sillón, va a arruinar el tapizado.
—Ah... sí, claro —dije de prisa, quitándome la prenda y colgándola junto a su impecable abrigo negro.
Alejandro caminó hacia la cocina abierta, tomó una toalla pequeña de lino gris de un cajón, regresó y me la tendió manteniendo la distancia.
—Séquese el cabello. No quiero que se enferme y falte mañana a la oficina.
—Gracias, Santana.
Tomé la toalla, sintiendo el leve calor de sus dedos cuando se cruzaron por un instante. ÉL se dio la vuelta de inmediato, abrió una cava de madera oscura y sacó una botella de vino tinto junto con dos copas de cristal.
—Viendo el estado lamentable en el que viene y el frío que hace afuera, esto le ayudará a entrar en calor y a calmar los nervios —dijo con voz grave mientras descorchaba la botella con una destreza.
Sirvió una cantidad precisa en ambas copas y me extendió una.
—No suelo tener visitas, así que tómelo como una prescripción médica para que deje de parecer un pajarito mojado —añadió en tono seco, apoyándose contra la barra de la cocina y clavando sus ojos en los míos.
Un pajarito mojado.
Encantador.
Realmente este hombre tenía un talento poético para los insultos disfrazados de empatía. En mi cabeza ya estaba preparando su diagnóstico médico oficial:
«Doctor Santana, especialista en traumatología emocional y demolición de autoestima».
Acepté la copa con la dignidad que me quedaba —que a estas alturas cabía en un dedal— y le di un trago generoso. Si me iba a morir de la vergüenza en el departamento de mi compañero robot, al menos me moriría anestesiada con vino caro.
Dos horas y media botella más tarde, la combinación de cansancio, desamor y alcohol me convirtió en una bomba dramática a punto de estallar.
Estaba sentada con las piernas cruzadas en el suelo, apoyada contra la base del sofá, abrazando una almohada gris como si fuera el único ancla que me salvaba de naufragar en mi propia miseria.
—... ¡Y es que fueron diez años, Santana! ¡Diez! —exclamé, haciendo un gesto trágico con la copa casi vacía, sintiendo el ardor de las lágrimas en los ojos—. ¡Toda mi juventud a la basura! Creyendo que él estaba organizando todo, y el tipo ni siquiera le había pedido la separación a la esposa.¡Vivía en una mentira! Fui una completa estúpida por esperarlo tanto tiempo...
Alejandro ni siquiera pestañeó. Con la corbata apenas aflojada y el primer botón desabrochado —el único indicio de que por sus venas corría algo más que refrigerante—, se limitó a mirarme desde la altura del sofá con una ceja alzada y una frialdad casi quirúrgica.
—Sí, en eso tiene toda la razón. Fue una estúpida —soltó sin un milímetro de piedad, dándole un sorbo a su vino.
Abrí la boca de par en par, completamente indignada.
¿Perdón?
Una cosa era que yo me insultara en un ataque de autocompasión, ¡pero que el robot de la oficina me lo confirmara en la cara era cruzarse de línea!
Lo miré fijamente, pasando en un segundo de la tristeza a la furia, haciendo una mímica dramática con las manos y la cara.
Alejandro pareció notar que se le había ido la mano, o tal vez le asustó la posibilidad de que me diera un ataque de histeria en su alfombra cara.
Tosió levemente para salvar la situación, aunque terminó cavando un pozo más profundo.
—Lo que quiero decir... —añadió, intentando "arreglarlo" con su torpeza social habitual— es que desde el primer momento en el que su ex decidió casarse con otra persona estando aún con usted, ya se sabía que ese hombre era un problema. Usted solo ignoró los síntomas diez años.
—¡Eres increíble, Santana! —chillé, tapándome la cara con la almohada un segundo antes de volver a encararlo—. ¿De verdad no puedes ser un poquito menos frío y pesado? ¡Llevamos tres años trabajando en las mismas cuatro paredes! ¡Tres años, Alejandro! Y me sigues tratando como si fuera una desconocida que te acaba de pedir la hora en la calle. ¿Por qué me hablas tan formal todo el tiempo? ¿Te vas a morir si me dices "Julieta" o me hablas como a un ser humano normal?