Esta historia comienza con un humilde pescador y una joven que llega a la ciudad de Cartagena en busca de trabajo y de su madrina, con quien espera vivir después de perder a su madre. Un día, mientras recorre la playa buscando a su tía, una vendedora ambulante, se acerca al mar porque le encanta el agua. Deja su maleta por un momento en la orilla, pero una fuerte ola se la lleva. Sin pensarlo dos veces, entra al mar para recuperarla y sale con una elegancia que parece la de una verdadera sirena. Al verla, el pescador queda fascinado y desde ese día comienza a llamarla "Sirena Encantada
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Capítulo 24: El nacimiento de Kaleth Andrés
Narrado por Mileidis
Habían pasado seis meses desde que descubrimos que estaba embarazada. Sin darme cuenta, el tiempo voló y ahora ya tenía nueve meses de embarazo. Mi barriga era grande y nuestro hijo no dejaba de moverse.
Cada noche Cristian se acercaba, ponía sus manos sobre mi vientre y hablaba con nuestro bebé.
—¿Cómo está mi campeón? Ya te quiero conocer.
Nuestro hijo respondía con una patadita.
Cristian sonreía emocionado.
—¿Viste, sirenita? Ya me reconoció la voz.
Yo solo me reía.
Aquella madrugada me despertó un fuerte dolor en el vientre.
Miré el reloj.
Eran las cuatro y media de la mañana.
Intenté levantarme de la cama, pero otro dolor me obligó a detenerme.
Respiré profundamente.
—Ay...
Cristian abrió los ojos de inmediato.
—¿Qué pasó, sirenita?
Lo miré.
—Creo... creo que ya llegó el momento.
Él se sentó de un salto.
—¿Cómo así?
En ese instante sentí otra contracción mucho más fuerte.
Apreté su mano.
—¡Cristian... me duele mucho!
Él comenzó a caminar de un lado para otro completamente nervioso.
—¡Papá! ¡Abuela! ¡Yurani!
Toda la casa se despertó.
Jeico Morales salió rápidamente de su habitación.
—¿Qué pasó?
Cristian respondió casi sin poder hablar.
—¡Mileidis está en trabajo de parto!
La abuela Rosa llegó enseguida.
—Tranquilos. Hay que llevarla al hospital.
Yurani tomó un bolso que ya teníamos preparado desde hacía semanas.
—Todo está listo.
Mi suegro salió a buscar un taxi mientras Cristian no dejaba de sostener mi mano.
—Respirá, mi amor.
Yo intentaba hacerlo, pero cada contracción era más intensa.
Minutos después llegamos al hospital.
Las enfermeras me recibieron de inmediato y me llevaron a una sala de maternidad.
Cristian quiso entrar conmigo.
—Por favor, déjenme acompañarla.
Después de preparar todo, le permitieron quedarse a mi lado.
Me tomó la mano con fuerza.
—Todo va a salir bien.
Las horas comenzaron a pasar.
Cada contracción era más fuerte que la anterior.
Yo respiraba profundamente mientras seguía las indicaciones de la doctora.
—Muy bien, Mileidis. Ya falta poco.
Sentía que no tenía fuerzas.
Miré a Cristian.
Él tenía los ojos llenos de lágrimas.
—Vos podés, sirenita.
Apreté su mano.
—No me soltés.
—Nunca.
La doctora volvió a revisar.
Después sonrió.
—Ya llegó el momento.
Respiré profundamente.
—Cuando yo te diga, pujás con todas tus fuerzas.
Asentí.
Llegó otra contracción.
—¡Ahora!
Hice toda la fuerza que pude.
Volví a intentarlo una segunda vez.
Después una tercera.
Sentía el cansancio en todo mi cuerpo.
Cristian no dejaba de animarme.
—Vos podés.
La doctora volvió a hablar.
—Una vez más.
Tomé aire.
Con todas las fuerzas que me quedaban empujé.
De repente...
Se escuchó el llanto más hermoso que había oído en toda mi vida.
Un fuerte llanto llenó la sala.
Las lágrimas comenzaron a caer por mis mejillas.
—¿Mi bebé?
La doctora sonrió mientras levantaba al recién nacido.
—¡Felicitaciones! Es un niño completamente sano.
Cristian rompió a llorar de felicidad.
Yo también lloraba sin poder parar.
La enfermera limpió cuidadosamente al bebé y lo envolvió en una manta azul.
Después lo colocó sobre mi pecho.
Lo miré por primera vez.
Era un niño precioso, de cabello oscuro, mejillas redonditas y unos pequeños deditos que enseguida sujetaron uno de los míos.
Sentí que mi corazón rebosaba de amor.
Cristian acarició suavemente la cabecita del bebé.
—Hola, campeón.
Nos miramos los dos con lágrimas en los ojos.
La doctora sonrió.
—¿Ya escogieron el nombre?
Cristian me miró.
Yo asentí.
Los dos respondimos al mismo tiempo.
—Kaleth Andrés.
La doctora sonrió mientras lo anotaba en el registro.
—Bienvenido al mundo, Kaleth Andrés Morales Figueroa.
Cristian besó mi frente.
—Gracias por este regalo tan hermoso.
Sonreí entre lágrimas.
—Es nuestro hijo.
Un rato después dejaron entrar a la familia.
La abuela Rosa fue la primera en acercarse.
Al ver al bebé comenzó a llorar.
—Es igualito a Cristian cuando nació.
Jeico Morales sonrió con orgullo.
—Ya tenemos otro pescador en la familia.
Yurani se acercó riendo.
—¡Hola, sobrino! Ya te estoy esperando para enseñarte quién manda en esta casa.
Todos soltamos una carcajada.
Mientras observaba a Cristian cargar por primera vez a nuestro hijo, comprendí que aquel pequeño era el fruto del amor que nació un día en una playa de Cartagena.
Nuestro pescador ya no solo tenía una esposa.
Ahora también tenía un hijo.
Y desde ese instante, Kaleth Andrés se convirtió en la mayor bendición de nuestras vidas.