Lola vive bajo una regla de oro: su espacio personal es sagrado. Es inteligente, retraída y encuentra paz en el silencio. Su único error fue dejar entrar en ese refugio a Mateo, su mejor amigo, un torbellino de imprudencia que solo entiende de tácticas de fútbol y de cómo hacerla reír cuando más lo necesita.
Pero el equilibrio se rompe cuando el "Rey del Campo" se convierte en el objetivo de la chica más popular, y un rival inesperado decide que la brillante timidez de Lola es el trofeo que realmente quiere ganar
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Capítulo 15: La Marca de Patricia
El aire en el pasillo principal del instituto olía a cera de piso, desinfectante de pino y la humedad metálica de los abrigos apilados en los casilleros. Era martes por la mañana. La lluvia del día anterior había dado paso a una neblina densa que se pegaba a los cristales de las ventanas, filtrando una luz gris e impersonal.
Lola caminaba pegada a la pared, sosteniendo un par de libros de texto contra el pecho como si fueran un escudo. Llevaba los ojos entrecerrados por la falta de sueño; la discusión bajo la lluvia no la había dejado cerrar los ojos en toda la noche. Cada vez que intentaba conciliar el sueño, la imagen de Mateo empapado, con los ojos rojos y la voz quebrada reclamándole en la acera, volvía para instalarse en su mente como una culpa punzante.
A unos metros, la puerta metálica del vestidor de deportes se abrió con un chasquido. Lola detuvo el paso por un instinto básico de autoprotección. Vio salir a Mateo. Llevaba el uniforme de entrenamiento, pero su andar erguido y firme había desaparecido; caminaba con los hombros hundidos, mirando al suelo y esquivando los saludos de sus compañeros de equipo. Ni siquiera levantó la vista. Pasó por el pasillo sin notar su presencia, envuelto en un aura de agotamiento físico y derrota que a Lola le apretó el corazón.
Antes de que pudiera avanzar un paso más, una figura se interpuso suavemente en su camino.
Patricia apareció desde la esquina del pasillo con la elegancia pulcra que la caracterizaba. Llevaba el suéter del uniforme perfectamente ajustado, la falda a la altura exacta y el cabello recogido en una cola alta que no dejaba ni un solo mechón fuera de lugar. Desprendía un aroma a perfume floral y fresco que sofocó de inmediato el olor a pino del ambiente.
—Hola, Lola —dijo Patricia. Su voz no era estruendosa ni agresiva; era una modulación suave, casi afable, que sonaba más peligrosa que un grito.
Lola se detuvo en seco, reajustando la posición de los libros sobre su pecho.
—Hola, Patricia —respondió con tono neutro, intentando dar un paso lateral para rodearla.
Patricia no la bloqueó con un movimiento brusco. Simplemente dio un medio paso en la misma dirección, apoyando una mano con las uñas impecablemente pintadas sobre la fila de casilleros, cortándole el paso de manera fluida y estudiada.
—Solo quería saber cómo estabas —continuó Patricia, ladeando la cabeza con una mueca que imitaba a la perfección la preocupación genuina—. Vi a Mateo llegar hoy. Parece que un camión le hubiera pasado por encima. Me dio la impresión de que las cosas entre ustedes no están del todo bien.
Lola apretó los dedos contra la pasta dura de su libro de historia. La intromisión le resultó invasiva, pero su hábito de mantener la compostura le impidió reaccionar de forma visceral.
—Mis asuntos con Mateo son privados, Patricia. Si me disculpas, tengo clase.
—Claro, siempre tan privada —sonrió Patricia. Fue una sonrisa gélida, de esas que no arrugan la piel alrededor de los ojos—. Pero sabes que en esta escuela nada es totalmente privado, Lola. Sobre todo cuando afecta al capitán del equipo de fútbol a tres semanas del torneo regional.
Lola no respondió, pero no pudo evitar mantener la mirada. Ese era su error analítico: escuchar antes de responder, procesar cada dato antes de levantar una defensa. Y Patricia conocía perfectamente esa grieta.
—Ayer hablé con él después del entrenamiento —dijo Patricia, dando un paso más hacia el espacio personal de Lola. Bajó el tono de voz, convirtiendo la conversación en un murmullo confidencial que parecía buscar protegerla del resto del pasillo—. Lo vi fallar tres penaltis seguidos. Estaba deshecho, Lola. Y me dio mucha pena, porque Mateo es un chico con un potencial increíble, pero está atrapado en un ciclo que lo está destruyendo.
—Mateo tiene sus propios problemas —murmuró Lola, sintiendo que la mandíbula se le tensaba.
—¿Sus propios problemas? —Patricia soltó una pequeña risa amarga, sacudiendo la cabeza—. No, Lola. Su problema es que vive atado a ti. Por pura costumbre.
Las palabras cayeron en el pasillo con el peso de una sentencia. Lola sintió un ligero vuelco en el estómago, pero mantuvo el rostro inexpresivo.
—Ustedes crecieron juntos —prosiguió Patricia, cruzando los brazos sobre el pecho y observando a Lola de arriba abajo con una minucia casi quirúrgica—. Él se acostumbra a protegerte, y tú te acostumbraste a que él fuera tu barrera contra el resto del colegio. Pero, ¿te has detenido a pensar en lo que esta relación le está costando a él?
—No sabes de lo que estás hablando —dijo Lola, aunque la firmeza de su voz flaqueó un milímetro.
—Sé exactamente de lo que hablo —contestó Patricia, dando un paso definitivo que la dejó a solo medio metro de distancia—. Mateo es un líder nato. Es sociable, es fuerte, tiene un futuro brillante en el deporte si consigue esa beca. Pero cada vez que intenta brillar, cada vez que quiere conectar con su grupo, con su gente... tú apareces con tu silencio, tus libros y tus dramas de introvertida para arrastrarlo de vuelta a tu rincón.
Lola tragó saliva. Sintiéndose acorralada, su mente analítica cometió el error de evaluar la premisa de Patricia en lugar de descartarla. Empezó a revisar mentalmente los últimos meses: las fiestas a las que Mateo no iba o de las que se marchaba temprano para acompañarla, los entrenamientos arruinados por discutir con ella, las distracciones constantes, la forma en que él intentaba leer libros difíciles que no le interesaban solo para tener un tema de conversación.
Patricia notó el leve parpadeo en los ojos de Lola, esa milésima de segundo donde la duda echaba raíces, y apretó la tuerca.
—Tú eres su ancla, Lola —susurró Patricia, y su tono sonó casi piadoso, lo que volvió la estocada doblemente dolorosa—. Pero no el tipo de ancla que da estabilidad. Eres el ancla que lo mantiene en el fondo, que no lo deja flotar. Él está contigo porque no conoce otra cosa, porque le da miedo soltar el hábito de cuidarte. Pero míralo hoy. Míralo cómo sufre intentando encajar en un mundo que a ti te da flojera entender. Si de verdad te importara su futuro, si de verdad no fueras tan egoísta, lo dejarías volar en lugar de exigirle que se encierre contigo en tu habitación a ver cómo lees.
Lola se quedó helada. La acusación rozó su mayor inseguridad, la que llevaba años cultivando en silencio: el temor de que su necesidad de aislamiento, su reserva y su incapacidad para desenvolverse con soltura social fueran una carga para las personas que la rodeaban. ¿Y si era verdad? ¿Y si el cansancio de Mateo no era solo por Andrés o por los celos, sino por el esfuerzo monumental de intentar arrastrarla a ella hacia la luz mientras ella solo quería arrastrarlo a él hacia la penumbra?
—Mateo decide por sí mismo —alcanzó a decir Lola, pero sus palabras sonaron huecas, despojadas de convicción.
—Mateo es impulsivo y leal hasta la estupidez —sentenció Patricia, ajustándose la tira del bolso sobre el hombro—. Él nunca va a ser el que rompa esto, porque siente que te debe algo. Tendrás que ser tú la que se dé cuenta de que le estás apagando la luz. Pensaba que eras más inteligente, Lola. Pensaba que podías ver cuando estabas haciéndole daño a alguien.
Patricia le dedicó una última mirada, una mezcla de triunfo frío y compasión ensayada, y caminó por el pasillo hacia la cafetería, dejando tras de sí una estela de perfume dulce y un silencio aplastante.
Lola se quedó sola junto a la hilera de casilleros de metal. El timbre que anunciaba el inicio de las clases sonó en todo el edificio, un timbre estridente que hizo vibrar las paredes, pero ella no se movió.
Miró hacia el fondo del pasillo, por donde Mateo había desaparecido minutos antes. Las palabras de Patricia resonaban en sus oídos con una lógica destructiva y perfecta. Para la mente de Lola, acostumbrada a desglosar las historias y analizar las motivaciones de los personajes, la hipótesis de Patricia encajaba con aterradora precisión.
Mateo era un atleta de alto rendimiento. Mateo necesitaba estar rodeado de energía, de gente, de reconocimiento. Ella, en cambio, era un espacio cerrado, un refugio lleno de reglas, distancias y silencios. ¿Cuántas veces lo había obligado a bajar el volumen? ¿Cuántas veces lo había regañado por ser ruidoso, por ser eufórico, por ser simplemente él?
Apretó los libros contra su estómago, sintiendo que un frío amargo le recorría la espina dorsal. Por primera vez desde que se conocían, Lola no se sintió enfadada con Mateo por la discusión en la acera. Sintió una tristeza profunda y devastadora, la dolorosa sospecha de que, en su afán por proteger su espacio personal, se había convertido exactamente en lo que Patricia decía: un peso muerto en la vida del chico que solo había intentado quererla.