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El Asistente Del Valle Del Fuego

El Asistente Del Valle Del Fuego

Status: Terminada
Genre:Viaje En El Tiempo / Doctor / Aventura / Completas
Popularitas:207
Nilai: 5
nombre de autor: nezhaN

Seúl, año 2026. Ha-jun tiene 18 años, trabaja de asistente médico en una clínica del barrio y su vida transcurre entre turnos, exámenes y sus kdramas favoritos. Hasta que una noche, un mensaje anónimo lo lleva a la azotea de su edificio, donde alguien lo empuja al vacío.

En vez de morir, cae en una fuente de piedra que lo transporta a un mundo imposible: un valle prehistórico sin rascacielos, sin electricidad, habitado por mamuts, bestias salvajes y familias de cavernícolas más inteligentes de lo que la historia cuenta.

Rescatado del río por Kael, jefe de una familia de 7 personas, Ha-jun primero cree que está en un set de rodaje… hasta que se da cuenta de que nada es fingido. Al principio, todos lo ven como una carga: es demasiado suave, no sabe cazar, no sabe pelear. Pero su conocimiento del futuro cambiará todo: hace fuego en minutos, cocina comida que no sabe a sangre cruda, cura heridas que antes eran sentencia de muerte y ent

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CAPÍTULO 11: EL SECRETO DE KAEL

El día cincuenta y seis amaneció en un silencio tan grande que dolía los oídos. Habíamos terminado todas las defensas la tarde anterior: el muro de estacas estaba listo, las trincheras camufladas, las lanzas de fuego alineadas, las trampas de lazo esperando en los senderos. No quedaba nada más que cortar, nada más que cavar, nada más que afilar. Solo quedaba esperar. Esa espera pesaba más que cualquier tronco de roble, más que cualquier lanza clavada en la tierra. Se podía respirar en el aire: el valle mismo sabía que algo venía.

Todos se movían en silencio por el claro. Rian subió de nuevo al roble alto de la vigilancia, aunque no había señal de humo, aunque no se veía ni una sombra entre los árboles del norte. Mara remendaba una y otra vez la misma tira de piel, sin darse cuenta de que ya estaba perfecta. Turi tallaba puntas de lanza una detrás de otra, afilándolas hasta que casi se veían transparentes. Nia jugaba en silencio con su lagarto de madera, sentada cerca de la entrada de la cueva, sin correr, sin gritar, como si también ella sintiera la tensión. Lira secaba hierbas medicinales por décima vez, mirándome de reojo cada dos minutos, sonriendo para que yo no viera que tenía miedo. Gorn estaba sentado en su piedra de siempre, con los ojos cerrados, como si estuviera escuchando voces que los demás no oíamos.

Kael no estaba con nosotros.

Lo encontré al final del claro, de espaldas a todos, mirando hacia la ladera oeste donde estaba la cueva de la piedra azul, la que Gorn me había mostrado hacía casi veinte días. Tenía los brazos cruzados sobre el pecho, la postura dura como siempre, pero vi cómo apretaba los puños con fuerza, hasta que los nudillos se le pusieron blancos. Algo le carcomía por dentro. Algo que no había dicho nunca a nadie.

Se giró cuando me oyó acercarme. Me miró a los ojos, sin decir nada durante unos segundos largos, y luego hizo una seña con la cabeza hacia la montaña.

—Sube conmigo —dijo, y su voz sonaba más ronca de lo normal, como si le costara hablar—. Solo tú. Nadie más.

No pregunté nada. Simplemente lo seguí.

Subimos por el mismo sendero estrecho que había recorrido con Gorn, entre helechos altos y árboles que entrelazaban sus ramas arriba formando un techo verde. Caminamos casi una hora sin cruzar ni una palabra. Kael iba delante, paso firme, sin detenerse, como si hubiera hecho ese camino miles de veces. Y probablemente lo había hecho. Cuando llegamos a la pared de roca cubierta de musgo, apartó las lianas gruesas de un solo tirón y se agachó para entrar en la cueva pequeña. Yo entré detrás de él.

Allí estaba ella. La piedra azul del tamaño de mi torso, hincada en el centro del charco de agua fría, con sus vetas brillantes latiendo suavemente como si tuviera pulso. El zumbido leve en los oídos empezó de inmediato, el mismo de siempre, el mismo que sentí la noche que me empujaron de la azotea en Seúl. Kael se acercó despacio, se arrodilló al borde del charco y metió una mano en el agua, sin miedo, como si saludara a una vieja amiga.

—Gorn te dijo que yo también vine del río —dijo, sin mirarme, acariciando el agua con la punta de los dedos—. Te dijo que aparecí aquí hace veinte inviernos, igual que tú. Ropa rara, lengua rara, asustado como un conejo atrapado en un lazo.

Asentí, aunque él no lo veía.

—Sí. Me lo dijo. Pero no me contó más.

Kael soltó una risa corta, amarga, que retumbó un poco en las paredes de roca. Sacó la mano del agua, se secó en la túnica de piel y por fin se giró hacia mí. Por primera vez desde que lo conocía, no vi al jefe duro e invencible que lideraba el clan. Vi a un hombre cansado, con arrugas alrededor de los ojos que no eran solo por el sol y el frío, con un peso en la espalda que llevaba dos décadas cargando solo.

—Yo me llamaba Kim Jae-won —dijo, y al pronunciar esas palabras en coreano perfecto, sin el acento raro que siempre tenía, me dio un vuelco el corazón—. De Seúl. Del año dos mil seis.

Me quedé helado. Dos mil seis. Veinte años atrás. La misma ciudad. La MISMA fuente del centro comercial que yo conocía, la que estaba rota y sin agua la noche que me caí. Él también había estado ahí. También alguien lo había empujado. También había pensado que iba a morir en el asfalto, y en vez de eso había despertado en este valle, mojado, perdido, solo.

—Yo trabajaba de obrero en una obra —siguió, sentándose en una piedra seca del rincón, como si al fin se atreviera a soltar la historia que llevaba guardada dentro todo ese tiempo—. Tenía diecinueve años. Debía dinero a gente mala. Me persiguieron hasta la azotea del centro comercial viejo, el que está al lado del edificio de doce pisos. Me empujaron. Caí, esperé el golpe… y aparecí aquí, en este mismo charco, con esta piedra brillando debajo de mí. Gorn era joven entonces, no mucho mayor que tú ahora. Me encontró, me dio comida, me dio un techo. Me enseñó a sobrevivir. Al principio yo solo pensaba en volver. Pasaba horas aquí, todos los días, tocando la piedra, rogando que me llevara de regreso.

Hizo una pausa, miró la piedra azul con una expresión que no podía definir: ni amor ni odio, solo una vieja tristeza.

—La piedra tiene un ciclo —dijo, y ahora su voz sonaba baja, grave, como si me revelara el secreto más grande del mundo—. Lo descubrí a los golpes, probando, esperando. Se abre de verdad, de forma segura, cada siete lunas exactas. Cuarenta y nueve días. Siempre en luna llena. Por eso yo te di siete lunas. No fue al azar, Ha-jun. Sabía que si querías volver, tendrías tu oportunidad en el plazo justo. No te encerraría aquí sin darte la elección que a mí me costó años descubrir.

Todo encajó de golpe. El plazo de las siete lunas no había sido una prueba arbitraria de un jefe salvaje. Había sido un regalo. Un hombre que había pasado por lo mismo dándole al chico que venía detrás la oportunidad que nadie le había dado a él.

—¿Tuviste tu oportunidad? —pregunté, aunque ya sabía la respuesta.

—Sí. A los cuarenta y nueve días exactos. La piedra brilló como el sol. Vi mi habitación de Seúl, vi mi madre lavando platos en la cocina, vi la misma ropa que me había puesto esa mañana tirada sobre la cama. Estuve a un dedo de tocarla. Podría haber vuelto. Podría haber pagado las deudas, haber seguido trabajando, haber envejecido en mi mundo. —Se calló un segundo, miró hacia la entrada de la cueva, hacia donde estaba el valle, hacia donde estaban los siete que ahora eran su familia—. Pero me di cuenta de que allá no tenía nada que valiera la pena. Solo deudas, gente que quería matarme, una vida gris que no me llevaba a ningún lado. Aquí… aquí Gorn me había dado un hogar. Aquí me necesitaban. Me quedé.

—¿Nunca te arrepentiste?

—Todas las noches, los primeros años. Todas. —Sonrió un poquito, una sonrisa triste—. Hasta que nació Rian. Luego Nia. Luego Lira llegó con sus padres muertos y nos la quedamos. Mara y yo nos juntamos, construimos esto. Dejé de ser Kim Jae-won, el chico que huía de los cobradores. Me convertí en Kael. El jefe. El padre. El que cuida. Ya no miré atrás.

Se levantó, se acercó de nuevo a la piedra y me señaló con un dedo las vetas brillantes que se movían lentamente por dentro.

—Escúchame bien, porque esto es lo único que realmente importa ahora —dijo, y su voz no tenía nada de triste, era dura, clara, de jefe otra vez—. La última oportunidad real que tendrás de volver a tu mundo, a tu madre, a tu vida del dos mil veintiséis, es el día sesenta y siete. Mañana por la noche se cumple el ciclo, pero la guerra vendrá antes, lo sé. La piedra esperará hasta el final del día sesenta y siete. Si no la tocas antes de que se ponga el sol de ese día, se duerme. Veinte años más. No volverá a abrirse hasta que tú ya seas viejo, o muerto.

Sentí un nudo enorme en la garganta. Sesenta y siete. Faltaban once días. Once días para la batalla. Once días para decidir si volvía o me quedaba para siempre. Once días para saber si sobrevivíamos.

—¿Por qué me lo dices ahora? —pregunté.

—Porque mañana o pasado vendrán. Porque después de la batalla, si vivimos, tendrás que elegir rápido. Y no quiero que lo hagas a ciegas, como casi lo hice yo. Quiero que sepas exactamente qué pierdes y qué ganas en cualquiera de los dos lados. —Se acercó a mí, metió una mano en el cuello de su túnica de piel y sacó un objeto pequeño, frío, de metal oscuro, que me puso en la palma de la mano. Era un llavero viejo, desgastado, con la forma de un pequeño tigre de peluche, el símbolo de un equipo de béisbol de Seúl que yo reconocí de inmediato—. Es lo único que me quedó de allá. Lo llevaba en el bolsillo cuando me empujaron. Lo guardé veinte años. Ahora es tuyo. Para que recuerdes, cuando tengas que elegir, que no hay decisión buena ni mala. Solo la que te deje menos vacío por dentro.

Apreté el llavero frío contra mi palma. Era increíble: dos hombres, veinte años de diferencia, la misma fuente, la misma caída, el mismo valle, la misma piedra. Un hilo invisible nos unía a los dos, y ahora ese hilo pasaba también por todos los demás, por la familia que los dos habíamos ayudado a construir, cada uno en su tiempo.

—¿Qué crees que debería hacer? —le pregunté, en un susurro.

Kael me puso una mano grande y pesada en el hombro, apretando con fuerza, como un padre lo haría con su hijo.

—Yo no te lo puedo decir. Yo elegí quedarme, y fue lo correcto para mí. Pero tú eres distinto. Tú tienes a tu madre viva allá, esperándote. Tú tienes una carrera que empezaste, una vida que no terminaste. —Hizo una pausa, mirándome fijamente a los ojos—. Pero te diré una cosa: el día que te vi salir del río, todo mojado, temblando, mirando a todos como si fuéramos monstruos… lo primero que hiciste cuando viste a Nia llorar por haberse raspado la rodilla fue arrodillarte, limpiarle la herida con tu propia camisa y decirle que todo iba a estar bien. En ese segundo supe que no te irías. O que si lo hacías, te romperías el corazón por el camino.

Bajamos de la montaña cuando el sol ya estaba alto, sin decir nada más. No necesitábamos hablar. El secreto ya estaba fuera, compartido solo por los dos, el lazo más fuerte que cualquier juramento de sangre. Cuando cruzamos el claro, Rian nos vio bajar juntos, frunció el ceño un segundo, pero no preguntó nada. Lira se acercó a mí de inmediato, me apretó la mano, y notó que traía algo cerrado en el puño. No me preguntó qué era. Solo sonrió y dijo que la comida estaba lista.

Más tarde, cuando todos dormían la siesta corta que nos obligábamos a tomar para tener fuerzas por la noche, salí un minuto fuera. Saqué el llavero del bolsillo, lo miré a la luz del sol, y luego lo guardé bien cerca del pecho, al lado de los colgantes de Turi. Miré hacia la cueva donde estaban todos: Kael dormía sentado cerca de la entrada, con la lanza al lado, siempre vigilando; Mara acunaba a Nia que se había quedado dormida en su regazo; Rian roncaba de espaldas a la pared; Turi seguía tallando puntas de lanza medio dormido; Gorn murmuraba cosas antiguas en sueños; Lira se había quedado dormida con la cabeza apoyada en una piedra, una mano extendida como si me buscara.

Diez días más, o menos. La batalla. La elección. Volver o quedarme. Mi madre contra ellos. Seúl contra el valle.

Pero en ese momento, mirándolos dormir, supe una cosa con certeza absoluta, más fuerte que cualquier duda, más fuerte que el zumbido de la piedra azul: pase lo que pase el día sesenta y siete, primero pelearía. Primero haría que todos sobrevivieran. Primero defendería lo que ahora era mío. Solo después, cuando estuvieran todos a salvo, cuando no hubiera más lanzas que clavar ni más fuego que apagar, tomaría mi decisión.

Apreté el llavero contra el pecho una vez más, luego volví adentro y me senté al lado de Lira. Ella se movió en sueños, apoyó la cabeza en mi hombro y siguió respirando tranquila.

Cerré los ojos un rato, intentando descansar. Allí, rodeado de todos ellos, con el secreto de Kael guardado en el corazón y el metal frío del llavero contra mi piel, por primera vez en todo el día no sentí la espera como un peso. Sentí la calma de quien ya sabe que, pase lo que pase, no estará solo.

Fuera, el viento sopló suave entre los árboles. Y desde el norte, muy lejos, casi imperceptible, llegó un aullido de lobo que no era de la manada del valle.

Estaban cerca.

Muy cerca.

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