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Bajo El Yugo Del Comandante

Bajo El Yugo Del Comandante

Status: En proceso
Genre:Romance oscuro / Suspenso
Popularitas:2.5k
Nilai: 5
nombre de autor: Lobelia

En la ciudad de Asque, el Comandante William rige con un puño de hierro que no conoce la misericordia. Tras años de guerra y traiciones, ha olvidado al niño que alguna vez juró proteger a una pequeña de ojos dulces. Evelyn, por su parte, ha crecido bajo la sombra de la tiranía, convirtiéndose en una mujer que arriesga su vida en los barrios bajos para salvar a los inocentes que el régimen de William castiga.

​Cuando Evelyn es capturada durante una redada rebelde, William queda cautivado por su mirada desafiante. Sin reconocerla, la convierte en su prisionera personal, desatando una obsesión oscura que lo consume. Ella odia al monstruo en el que él se ha convertido; él desea doblegar la voluntad de la única mujer que no le teme. Pero entre enfrentamientos y castigos, los ecos de una promesa de infancia comienzan a surgir, revelando que el hombre más temido de Asque es el mismo que juró ser su refugio.

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capitulo 24

​El subsuelo del ala este de la mansión no estaba diseñado para alojar prisioneros comunes, sino para quebrantar voluntades. La humedad se infiltraba por los bloques de piedra maciza, condensándose en pequeñas gotas que caían con un goteo lento y rítmico sobre el piso de hormigón. El aire ahí abajo olió siempre a moho viejo, a hierro oxidado y al frío mineral que se pegaba a la piel hasta calar los huesos.

​Evelyn permanecía sentada en el centro de la habitación despojada. Una sola lámpara de carburo, colgada del techo de bóveda por una cadena oxidada, proyectaba un cono de luz cenil y ambarina sobre la mesa de hierro pulido. Tenía las manos apoyadas sobre la superficie helada; los dedos se le habían tornado adormecidos y violáceos por la temperatura, pero mantenía la columna erguida contra el respaldo recto de la silla. La lana fina de su vestido no ofrecía resistencia al aliento helado del calabozo. Aun así, no se permitía temblar ni buscar el calor cruzando los brazos. Su postura era de una seriedad absoluta.

​El sonido pesado del cerrojo de hierro al deslizarse rompió el silencio de la estancia.

​La puerta de roble reforzado se abrió con un chasquido seco. William cruzó el umbral con pasos medidos y resonantes.

​No llevaba la camisa desabrochada ni el rastro de vulnerabilidad de la noche anterior. Vestía la casaca militar de gala de la Unión, abotonada estrictamente hasta la garganta, con el cuello rígido de paño oscuro sostenido por broches dorados.

Las insignias de mando relucían impecables en sus hombros, y sus manos estaban enfundadas en guantes de cuero negro perfectamente ajustados. Su rostro era una máscara de pedernal: los pómulos marcados, la mandíbula apretada con una rigidez casi artificial y los ojos teñidos de un azul apagado, vacíos de todo matiz humano.

​Atrás había quedado el hombre derrotado que agonizaba en la penumbra. William se había refugiado en la única armadura que conocía para no colapsar: la deshumanización del protocolo militar y el rigor del tirano.

​Avanzó hasta situarse al otro lado de la mesa de hierro. No se sentó. Apoyó ambas manos enguantadas sobre la superficie helada, inclinándose levemente hacia adelante.

​—El expediente de esta sesión quedará asentado en los registros oficiales de la guarnición de Asque —comenzó él. Su voz sonó metálica, áspera, modulada para eliminar cualquier resquicio de calidez personal—. Sujeta al artículo catorce del código de ocupación. Acusada: Evelyn. Cargo: Infiltración, espionaje de alto nivel y posesión ilícita de objetos clasificados pertenencia de la Comandancia General.

​Evelyn no pestañeó. Sostuvo la mirada del hombre militarizado, sintiendo cómo una punzada de piedad amarga le atravesaba el pecho al ver el esfuerzo monstruoso que él hacía para esconderse tras el uniforme.

​—¿Infiltración? —preguntó ella. Su voz resonó limpia en la acústica de piedra—. Tú me trajiste a esta mansión a la fuerza, William. Tus guardias quemaron la botica del sector sur y me arrastraron en un carruaje blindado.

​—Responderás únicamente a las preguntas formuladas por la autoridad —la interrumpió él, elevando un tono seco y cortante, aunque las yemas de sus guantes se apretaron contra el borde del hierro con una fuerza desmedida.

—. Primera pregunta: ¿A través de qué red de la resistencia en la provincia del sur obtuviste la mitad de la medalla de plata de la provincia norte?

​—Sabes perfectamente de dónde salió esa medalla —respondió Evelyn, midiendo cada sílaba—. La he llevado cosida en el dobladillo de mi ropa desde la noche en que el orfanato se redujo a cenizas.

​—¡Falso! —golpeó la mesa con la mano derecha enguantada. El choque del metal contra el hierro retumbó como un disparo en la celda—. La división de inteligencia ha auditado tus desplazamientos durante los últimos tres meses. Conocías mi identidad antes de cruzar la puerta de esta residencia.

Estudiaste el historial de la campaña militar del norte, localizaste el valor sentimental de esa pieza rota y diseñaste una operación de manipulación psicológica para desestabilizar mi juicio.

​Evelyn dejó escapar una sonrisa leve y triste, desprovista de burla pero cargada de una devastadora claridad.

​—¿Tan grande es tu pavor, Comandante? —dijo ella, inclinándose un centímetro hacia la luz—. ¿Tanto terror le tienes a la verdad que necesitas montar este tribunal de trapos y papel para convencerte a ti mismo de que soy una enemiga enviada a destruirte?

​—Identifica a tu enlace en la ciudad —continuó William, ignorando las palabras de ella y desplegando una carpeta de cuero que llevaba bajo el brazo. Sus ojos leían aceleradamente los renglones mecanografiados, pero no enfundaban ninguna palabra verdadera; era una lectura autómata.

—. Confiesa que la medalla fue extraída del depósito de pertenencias de los caídos en la matanza de la provincia norte. Confiesa que esto es una estrategia calculada para quebrantar la cadena de mando. Si firmas la declaración de culpabilidad, la orden de ejecución será suspendida y se tramitará un traslado a las colonias mineras del oeste.

​Evelyn apoyó las palmas sobre la mesa helada y se puso de pie con lentitud. La pequeña diferencia de altura no mermó la autoridad moral que emanaba de su figura. El frío del suelo penetraba por la planta de sus pies descalzos, pero su mirada verde se clavó directamente en las pupilas dilatadas de él.

​—No robé la medalla, Will —dijo, pronunciando el nombre proscrito con una nitidez que pareció cortar el aire de la habitación—. No tuve que inventar nada ni consultar ningún archivo. La única persona que robó algo aquí fuiste tú. Robaste mi recuerdo cuando te convertiste en este carnicero.

​William se congeló a mitad de una respiración. La mandíbula se le descuadró por una fracción de segundo y el papel que sostenía crujió bajo la presión de su pulgar. Dio un paso hacia atrás, intentando reestablecer la distancia reglamentaria.

​—La acusada se niega a someterse al interrogatorio de la guarnición —articuló él, dirigiéndose a la pared lateral como si dictara una sentencia a un escriba invisible—. El procedimiento oficial queda clausurado. Se mantendrá el régimen de aislamiento estricto sin acceso a visitas ni correspondencia.

​—Mira mi mano —le exigió Evelyn, alzando la palma derecha bajo la luz cenital de la lámpara.

​Cerca de la base del pulgar, una línea delgada y blanquecina cruzaba la piel: la marca intacta del corte hecho con la piedra de sílex a la orilla del río.

​—Mira la marca que tú mismo trazaste —insistió ella, con la voz firme pero empañada por una compasión terrible—. Puedes firmar cien órdenes de fusilamiento, puedes llenar este palacio de patrullas y repetir mil veces frente a tus oficiales que soy una espía del sur. Pero cuando se apague la última vela por la noche y te quedes a solas con tu conciencia, sabrás exactamente a quién tienes encerrada en esta celda.

​William no miró la mano. Mantuvo la vista clavada en el marco de la puerta, con los músculos del cuello tan rígidos que las venas se le marcaban bajo el cuello del uniforme.

​—Guardias —ordenó en un murmullo rasposo que traicionó la quiebra absoluta de su voz.

​Giró sobre sus talones antes de que los centinelas entraran en el calabozo y atravesó el umbral a pasos precipitados.

​Una vez en el pasillo exterior, lejos de la mirada de sus hombres y fuera de la sombra de Evelyn, el Comandante se apoyó violentamente contra el muro de piedra húmeda. Se llevó ambas manos enguantadas al rostro, ahogando un gemido seco y desgarrador que le brotó desde lo más profundo del pecho.

​El interrogatorio no había limpiado su mente. En su desesperado intento por tratarla como a una amenaza militar para salvar su propia cordura, solo había logrado confirmar la verdad más devastadora de su vida: la mujer a la que amenazaba con el exilio y la cárcel era, en efecto, el único ser humano que lo había amado antes de que él decidiera vender su alma al ejército.

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Celina Espinoza
💯💯💯
Fernanda
super 👍
Celina Espinoza
👏👏👏👏💯
celimar
💯💯👏👏
celimar
excelente 💯💯💯gracias por compartir
Fernanda
👍👍👍💯
Celina Espinoza
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celimar
👏👏👏🥰🥰💯💯
Fernanda
💯💯👍👍
Celina Espinoza
💯💯👏👏👏👏🥰🤭
Fernanda
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Celina Espinoza
exelente capitulo 💯
Celina Espinoza
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Fernanda
muy bien 💯
Celina Espinoza
👏👏👏💯
Fernanda
💯💯👍
Fernanda
💯👍
Claudia Torres
me encanta tu historia .....quiero ver cómo will poco a poco va siendo ante ivy q emoción 💪💝😘😘💘
celimar
👏👏
Celina Espinoza
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