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Mi ex, mi jefe y mi esposo

Mi ex, mi jefe y mi esposo

Status: Terminada
Genre:CEO / Maltrato Emocional / Malentendidos / Elección equivocada / Romance de oficina / La mimada del jefe / Matrimonio contratado / Completas
Popularitas:60
Nilai: 5
nombre de autor: Monica Swenson

Hace seis años dejé a Damián Carvajal con una mentira:
«Me aburrí de ti».
Hoy es un magnate, mi nuevo jefe y el hombre que acaba de pedirme que sea su esposa durante un año.
Él necesita librarse de las mujeres que su familia insiste en presentarle. Yo necesito una oportunidad para ejercer mi carrera y ayudar a mi padre a conservar su taller. Damián me ofrece ambas cosas a cambio de un matrimonio que terminaremos cuando se cumplan doce meses.
Acepto. Conozco las condiciones. También conozco al hombre con el que voy a compartir la cama… o eso creía.
Porque el Damián que me provoca en la oficina es el mismo que se enfrenta a su familia por mí. Recuerda hasta lo que no me gustaba comer en la prepa. Y cuando me llama «mi esposa», cada vez me cuesta más acordarme de que tenemos un acuerdo.
Entonces reaparece una grabación de cuando tenía diecisiete años.
Mi voz. Un trato. La verdadera razón por la que me acerqué a él.
Damián cree que lo dejé porque nunca lo quise. ¿Qué va a pensar cuando escuche que, al principio, alguien me ofreció algo a cambio de enamorarlo?

NovelToon tiene autorización de Monica Swenson para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 4

Capítulo 4

—Una hora, Rena. Si está horrible, nos vamos las dos.

Fabiola me hablaba por videollamada mientras intentaba delinearse un ojo. Cada vez que yo le daba una excusa, dejaba el lápiz y se acercaba a la pantalla.

—Ya sabes cómo se ponen.

—También sé cómo te pones tú. Llevas un año diciendo que la próxima vez sí.

Miré la ropa que había dejado sobre la cama. Había sacado un vestido negro antes de contestarle. Eso era lo que más me fastidiaba: quería ir. Quería pasar una noche con ella sin hablar del trabajo ni hacer cuentas cuando llegara la comida.

—Una hora.

—Te la tomo.

Barra Alta tenía un reservado para los del Colegio Reforma. Entramos juntas y, mientras Fabiola saludaba, reconocí a varios por la voz antes de verles bien la cara. Había parejas nuevas, una boda reciente que todos querían comentar y un muchacho que insistía en enseñar fotos de su hijo.

—¡La primera de la generación!

Le sonreí al que lo gritó. Ya no me acordaba de su nombre, pero él sí se acordaba de mis calificaciones.

Me senté junto a Fabiola y acepté una copa que pensaba hacer durar toda la hora.

Beltrán se acercó poco después.

—Oye, Nájera, ¿sigues viendo al Carvajal?

—Trabajo en Vértice.

—No me digas. ¿Después de lo de la apuesta?

Dejé la copa sobre la mesa.

—¿Qué andan contando ahora?

Beltrán miró a los demás, encantado de haber encontrado un tema mejor que las fotos del bebé.

—Lo mismo de siempre. Que Andrés retó a ver quién conseguía que dijeras "te quiero" antes de graduarnos. Y Damián se lo tomó en serio. A ver, eras difícil.

—No salir contigo no me volvía difícil.

Se rieron. Beltrán aceptó el golpe con una inclinación de cabeza.

—Conmigo ni con nadie. El Carvajal hasta se cambió de salón por ti, ¿te acuerdas? Todo por ganar.

Me acordaba de sobra. También de que él se aburría cuando yo estudiaba, pero se quedaba junto a mí hasta que acababa. Había días en que no hacía nada más que dar lata. Nunca había entendido para qué se tomaba tanta molestia.

La versión de Beltrán me ofrecía una explicación humillante y fácil. No quise creerle tan rápido. Aun así, empecé a repasar las cosas que Damián me había dado, preguntándome quién más habría sabido de ellas.

La pulsera. Las notas. La manera en que yo las escondía al llegar a mi casa.

—Pues perdió —dije—. Nunca se lo dije.

—Eso dicen.

Me sostuvo la mirada, esperando que le contara más. No iba a contarle lo que sí había pasado entre nosotros, y menos la razón por la que yo había aceptado acercarme a Damián. Aquello no me dejaba tan libre de culpa como habría querido.

—Ya estuvo, Beltrán.

Andrés Solórzano se sentó enfrente. Seguía teniendo la sonrisa fácil de la prepa, pero no estaba sonriendo cuando le quitó a Beltrán el espacio entre la mesa y yo.

—La inventé yo. Si vas a seguir con eso, me lo cuentas a mí.

—Nada más estábamos…

—Ya te oímos.

Beltrán levantó las manos y fue a buscar otra conversación. Andrés se volvió hacia mí.

—¿Cómo estás, Nájera?

—Muy bien. Aquí, enterándome de cosas.

Se pasó el pulgar por la base de su copa. Por un momento creí que iba a explicarme algo.

—Qué bueno que viniste —dijo al fin.

Fabiola me rozó el brazo para comprobar que seguía ahí con ella. Yo asentí. Todavía no había pasado una hora y me negaba a regalarle a Beltrán la satisfacción de verme salir.

Entonces llegó Fernanda.

La vi saludar a dos mujeres cerca de la puerta y detenerse en cuanto me reconoció. No necesitaba acordarme de su apellido: cada mes, cuando mi papá pagaba la renta del Taller, aparecía el nombre de su familia.

—Renata. Qué milagro.

Se sentó junto a la mesa y dejó la bolsa en el lugar que acababa de desocupar Beltrán.

—¿Cómo está tu papá?

—Bien, gracias.

—Me da gusto. El mío preguntó por él hace poco. Están revisando los locales y le dije que tuviera consideración con ustedes. Ya ves cómo anda todo.

Fabiola me miró. Yo sabía cuánto debía mi papá, qué pagos estaban al corriente y cuáles no; lo que no sabía era qué iba a decir Fernanda delante de aquella mesa.

—Si hay algo que revisar, puede hablar directamente con él.

—Claro. Yo nada más ayudo.

Se volvió hacia Andrés, buscando incluirlo.

—Son inquilinos nuestros desde hace años. Casi de la familia.

—Entonces no hay nada que discutir aquí —dije.

Me habría gustado mantener el tono de la primera respuesta. No pude. Fernanda lo notó y acomodó la bolsa, dispuesta a quedarse.

—No te pongas así. Mi papá ha sido paciente cuando se atrasan. Eso es bueno, ¿no?

—Este mes va completo. Dígale que puede contar con eso.

—Oye, Fernanda —intervino Andrés—. ¿Y tú ya hablaste con Damián? Dicen que viene.

Ella alzó la cara demasiado rápido.

—¿Por qué tendría que hablar con él?

—No sé. La última vez le mandaste tres hojas. Pensé que habría quedado algo pendiente.

Uno de los de la mesa se rio. Fernanda buscó quién había sido y volvió a Andrés.

—Qué ganas de vivir en la prepa.

Se levantó con la excusa de saludar a una amiga. No miró hacia mí al pasar, pero me tocó el hombro con dos dedos.

—Salúdame a tu papá.

Esperé a que se alejara para apartar mi copa.

—Vámonos —le dije a Fabiola.

—Sí. Déjame sacar mi bolsa.

Andrés pareció querer detenernos. Se lo agradecí menos de lo que debía: había desviado la conversación, pero la apuesta seguía siendo suya. Yo no tenía ganas de darle las gracias y preguntarle en la misma frase qué había hecho conmigo a los diecisiete años.

Mientras Fabiola buscaba su bolsa, varias personas se levantaron cerca de la puerta.

Damián acababa de llegar.

Saludó al muchacho que se le puso enfrente y, por encima de su hombro, miró hacia nuestra mesa. No supe si me había visto. No quise comprobarlo quedándome sentada.

—No sabía que ella venía —le oí decir.

El comentario me detuvo un momento. Yo tampoco sabía que iría él. Eso no me había impedido pensar en la posibilidad mientras elegía el vestido.

Me dio vergüenza haberlo hecho.

Dejé a Fabiola recogiendo nuestras cosas y fui hacia el pasillo. Necesitaba unos minutos en un lugar donde nadie supiera con quién había salido ni cuánto debía mi papá.

Damián se apartó de sus amigos justo cuando yo llegaba a la puerta.

Me hice a la derecha. Él también.

—Con permiso.

Se detuvo en vez de pasar. Al estar tan cerca pude verle el cansancio alrededor de los ojos, algo que desde el escritorio yo nunca alcanzaba a distinguir.

—¿Ya se va?

—Sí.

No se movió.

Lo miré esperando que me dejara salir. Detrás de él alguien volvió a llamarlo, pero no hizo caso.

—Señorita Nájera —dijo, bajando la voz—. ¿Tiene usted algo en contra mía?

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