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EL RUIDO QUE DEJASTE

EL RUIDO QUE DEJASTE

Status: Terminada
Genre:Autosuperación / Escuela / My Hero Academia / Completas
Popularitas:520
Nilai: 5
nombre de autor: Melisa Britos

Es la historia de Elena, una joven de 24 años que vuelve a la facultad de Derecho que abandonó por bullying para recuperar su voz, y en el camino encuentra en Luz, una compañera de pelo azul, la amistad que le enseña que superarse no es olvidar lo que pasó, sino aprender a caminar de nuevo acompañada.

NovelToon tiene autorización de Melisa Britos para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 21: EL DÍA QUE ORION TEMBLÓ

Orion no contaba con que Richard Coleman fuera tan bocón.

El audio del Alvear se hizo viral. No en TikTok de bailes. En TikTok de abogados, que es peor. Porque los abogados somos peores que las tías del grupo de WhatsApp.

Un abogado de Miami que estaba en ese asado lo grabó y se lo mandó a un periodista del Wall Street Journal con el asunto: "Así negocia Orion".

En el audio se escuchaba clarito a Coleman diciendo: "Les tiramos 10 palos a estos pibes muertos de hambre de Argentina y se callan todos. Los moderadores firman y nosotros nos ahorramos 400 millones. Es un negocio redondo".

El periodista del Wall Street Journal no solo publicó el audio. Publicó la nota completa: "Orion intentó sobornar a abogados argentinos para silenciar a víctimas de trauma laboral".

En Estados Unidos, eso no se llama "acuerdo amistoso". Se llama extorsión y obstrucción a la justicia. Es delito federal.

La jueza de San Francisco que llevaba nuestro caso, la jueza Sullivan, una mujer de 68 años con fama de no bancarse a nadie, escuchó el audio en su despacho un lunes a las 8 de la mañana y a las 9 ya había dictado una resolución de 3 páginas que hizo temblar a toda Silicon Valley.

Nosotros nos enteramos porque estábamos en el estudio nuevo de 80 metros, con aire, festejando que por primera vez Mirta había hecho facturas sin quemarlas, y me sonó el celular. Era nuestra abogada corresponsal en San Francisco, una yanqui pelirroja que se llamaba Jessica y que al principio nos había tratado de "cute argentinian lawyers" y ahora nos trataba de "my badass latinos".

"ELENA, PUT THE NEWS ON, NOW. CNN", me gritó en inglés.

Prendimos la tele del estudio, que era una tele vieja que nos había donado doña Marta.

En CNN estaba el logo de Orion en rojo y abajo un título que decía: BREAKING NEWS: JUDGE FINDS ORION GUILTY OF ATTEMPTED BRIBERY IN MODERATOR CASE.

Jessica nos traducía a los gritos por teléfono.

"¡La jueza dijo que lo de Coleman fue un intento de extorsión a víctimas y a sus abogados! ¡Aplicó la figura de mala fe procesal! ¡Les triplicó la multa punitiva!".

"¿Cuánto? ¿Cuánto es ahora?", le pregunté, con el corazón a punto de salirse.

"¡Antes eran 430 millones! ¡Ahora son 1.200 millones de dólares! ¡Y dictó ejecución inmediata! ¡No pueden apelar sin pagar! ¡Tienen 72 horas para depositar!".

Se hizo un silencio en el estudio de 80 metros que nunca habíamos escuchado.

Santi, que estaba con la calculadora de siempre, hizo la cuenta en voz alta:

"20% de 1.200 millones... son... son 240 millones de dólares".

Flor se desmayó. Literal. Se cayó al piso. Mirta le tiró agua.

"¡Somos millonarios! ¡Somos millonarios de verdad!", gritó Luz, que saltaba arriba del escritorio.

Yo no salté. Me quedé sentada. Miré a Marcos. Marcos tampoco saltaba. Me miraba a mí, con los ojos llenos de lágrimas, con su mochila enorme a su lado, como siempre.

"¿Te das cuenta, Torres? 240 millones", le susurré.

"Sí. Pero ¿te das cuenta de que Anaí y los 12 mil van a cobrar 960 millones? Eso es lo importante, ¿no?", me dijo.

Y ahí entendí por qué me había casado con él. Porque en el momento en que éramos millonarios de verdad, él seguía pensando en Anaí.

A las 71 horas, un minuto antes de que venza el plazo, nos llegó el mail del banco de San Francisco.

"Se ha acreditado en su cuenta la suma de USD 240.000.000 por orden de Orion Inc. Concepto: Honorarios Caso Verón vs Orion".

Mirta imprimió el comprobante. Era una hoja A4 común, con un número tan largo que no entraba en la línea.

Lo pegamos en la pared, al lado de la sentencia de Tiziano. Con el mismo marco barato de Once.

Esa tarde vino Anaí. Había viajado de Misiones otra vez, pero esta vez no en colectivo de 18 horas. Le pagamos un avión. Por primera vez en su vida se subía a un avión.

Le mostramos el comprobante de su parte: a ella le correspondían 80 millones de dólares. Pero no solo eso. Le mostramos el mail de Orion donde decía que le pagaban psicólogo de por vida y que la contrataban de nuevo, pero esta vez para capacitar a otros moderadores, no para ver videos, con un sueldo de 3 millones dólares por mes.

Anaí lloró. Nos abrazó a todos. Y nos dijo algo que nunca me voy a olvidar:

"¿Saben qué? Yo vine acá en ojotas pensando que me iban a cobrar. Y ahora me voy a ir en avión y con psicólogo. Ustedes no son abogados. Son curanderos".

Esa noche, con la plata ya en la cuenta, hicimos algo que teníamos pendiente desde el día del balde.

Fuimos los cinco al banco y transferimos 2 millones de dólares a la fundación que nos había salvado cuando no teníamos para el alquiler. Sin pedir nada.

Después, fuimos a la panadería de doña Marta y le pagamos el alquiler de su local por 10 años, porque nos enteramos que la querían desalojar.

Después, le compramos una casa a mi mamá en El Trébol. No una casa grande. Una casa linda, con patio y con un limonero de verdad, no como el de mi balcón.

Y después, nos sentamos en el estudio de 80 metros, que ahora nos quedaba chico otra vez, y nos miramos.

"¿Y ahora qué hacemos?", preguntó Santi, como siempre.

"Ahora", dije yo, "vamos a buscar un estudio de 400 metros. Porque mañana vienen los 400 moderadores de Misiones que quieren conocernos. Y no entran en 80 metros".

Marcos se paró, agarró su mochila enorme y sacó algo. No era un anillo. Era una llave.

"¿Qué es eso?", le pregunté.

"La llave del local de al lado. Lo alquilé esta mañana. Sin decirles. Porque sabía que íbamos a cobrar. Porque confío en vos, abogada Rivas. Siempre confié".

Lo besé delante de todos. Con Mirta mirando y diciendo "¡Ay, por favor, en horario laboral!".

Y afuera, en Tucumán, el cartel luminoso de RIVAS & TORRES brillaba más fuerte que nunca.

No porque tuviera más luz.

Sino porque ahora, todo el mundo sabía lo que significaba.

Defendemos a los que sobran. Y ganamos.

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