Esta historia comienza con un humilde pescador y una joven que llega a la ciudad de Cartagena en busca de trabajo y de su madrina, con quien espera vivir después de perder a su madre. Un día, mientras recorre la playa buscando a su tía, una vendedora ambulante, se acerca al mar porque le encanta el agua. Deja su maleta por un momento en la orilla, pero una fuerte ola se la lleva. Sin pensarlo dos veces, entra al mar para recuperarla y sale con una elegancia que parece la de una verdadera sirena. Al verla, el pescador queda fascinado y desde ese día comienza a llamarla "Sirena Encantada
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Capítulo 14: Nadie se mete con mi sirenita
Narrado por Cristian
Aquella mañana me levanté temprano para salir a pescar con mi papá, Jeico Morales. Como siempre, el mar nos recibió con buena pesca. Sacamos bocachicos, mojarras, róbalos, pargos, corvinas y sierras.
Después de vender el pescado por las calles de Cartagena, decidí pasar por el restaurante donde trabajaba Mileidis. Me gustaba verla aunque fuera unos minutos.
Pero ese día ella no estaba sonriendo como siempre.
Tenía la mirada triste.
Apenas terminó de atender una mesa, se acercó a mí.
—Cristian... necesito hablar con vos.
Su voz sonaba preocupada.
—¿Qué pasó, sirenita?
Miró hacia los lados para asegurarse de que nadie escuchara.
—¿Te acordás del muchacho rico que siempre te molesta?
Fruncí el ceño.
—¿Samuel?
Ella asintió.
—Sí... ese mismo.
Sentí que algo no estaba bien.
—¿Qué hizo ahora?
Mileidis suspiró.
—Desde hace varios días viene al restaurante.
La escuché con atención.
—Al principio pensé que era un cliente cualquiera, pero empezó a decirme que soy muy bonita, que no debería andar con un pescador y que él puede darme una vida llena de lujos.
Apreté los puños.
Ella continuó.
—Yo le dije claramente que tengo novio y que lo amo.
—¿Y?
—No le importó.
Bajó la mirada.
—Sigue viniendo todos los días. Me deja flores, quiere invitarme a salir y no deja de molestarme.
Sentí que la sangre me hervía.
—¿Y vos qué hiciste?
—Lo rechacé una y otra vez.
Me tomó la mano.
—Cristian, yo solo te quiero a vos.
Le acaricié la mejilla.
—Lo sé, mi sirenita.
En ese momento escuché una voz conocida detrás de mí.
—¿Interrumpo algo?
Volteé.
Era Samuel.
Vestía ropa elegante, lentes oscuros y una sonrisa burlona.
—Hola, preciosa.
Mileidis dio un paso hacia atrás.
—Ya le dije que me deje tranquila.
Samuel sonrió con arrogancia.
—Vos merecés algo mejor que un vendedor de bocachicos.
Lo miré fijamente.
—Cuidado con lo que decís.
Él soltó una risa.
—¿Y si no?
—Respetá a mi novia.
Samuel cruzó los brazos.
—No veo por qué. Ella puede escoger un hombre con plata.
Mileidis habló con firmeza.
—Ya escogí.
Samuel sonrió.
—Todavía estás a tiempo de cambiar de opinión.
Ella negó con la cabeza.
—Jamás.
Me acerqué un paso.
—Te está diciendo que no.
Samuel también dio un paso al frente.
—¿Y vos quién sos para decirme qué hacer?
—Soy su novio.
Él soltó una carcajada.
—¿El pescador?
Sentí que la paciencia se me estaba acabando.
—Sí, el pescador.
Samuel me empujó ligeramente con el hombro al intentar pasar.
Yo reaccioné y también lo empujé hacia atrás.
—No te acerqués más a ella.
Él me devolvió el empujón.
En pocos segundos los dos comenzamos a forcejear frente al restaurante.
Los clientes se levantaron de las mesas sorprendidos.
—¡Ey, ey, tranquilos! —gritó uno de los cocineros.
Mileidis se puso en medio de los dos.
—¡Ya basta!
Nos separó con ayuda de varios trabajadores del restaurante.
Respirábamos agitados.
Samuel acomodó su camisa.
—Esto no se queda así.
Lo miré sin bajar la cabeza.
—Mientras yo viva, no vas a volver a molestar a Mileidis.
Él soltó una sonrisa desafiante.
—Eso ya lo veremos.
Después dio media vuelta y se fue.
Cuando desapareció de la vista, Mileidis se acercó a mí.
Tenía los ojos llenos de lágrimas.
—Perdoname.
Negué con la cabeza.
—¿Perdonarte por qué?
—Por los problemas que te estoy causando.
Tomé sus manos.
—Vos no tenés la culpa de nada.
La abracé con fuerza.
—Escuchame bien, sirenita. Mientras estemos juntos, nunca voy a dejar que nadie te falte al respeto.
Ella apoyó la cabeza en mi pecho.
—Yo tampoco voy a dejar que nadie nos separe.
La abracé todavía más fuerte.
Sabía que Samuel no iba a rendirse tan fácilmente.
Pero también tenía claro algo.
Por mi sirenita estaba dispuesto a enfrentar cualquier problema.