"Nadie sabe que detrás de esta mujer que plancha camisas y hornea galletas, hay otra que a las diez de la noche se convierte en alguien irreconocible.Y lo peor es que ya no sé cuál de las dos soy yo".¿Podrá Valeria continuar con su doble vida antes de que se derrumbe todo su mundo?
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La primera mentira.
02:37 – Departamento familiar.
Valeria entró en puntas de pie, como una ladrona en su propia casa. El departamento estaba en penumbras, apenas iluminado por la luz anaranjada de las farolas de la calle que se filtraba por las persianas. Dejó los tacones en el bolso deportivo antes de abrir la puerta, se quitó el vestido en el baño de servicio para no hacer ruido, se lavó la cara con agua fría hasta que el rímel desapareció por completo y se puso el pijama de conejitos que le había regalado Sofi en su último cumpleaños. El algodón suave le devolvió por un instante la sensación de normalidad que había perdido en el escenario.
Andrés dormía profundamente en la cama matrimonial, con un brazo extendido hacia el lado vacío y la respiración pausada de quien no tiene secretos que ocultar. Valeria se deslizó bajo las sábanas con movimientos felinos, sintiendo el calor de su cuerpo, el olor a jabón de avena, la tranquilidad que emanaba de él como un perfume invisible. Lo miró dormir durante un largo rato, con una mezcla de amor y culpa que le formaba un nudo en la garganta.
—Perdón. Perdón, perdón, perdón —susurró en la oscuridad, con una voz tan baja que ni siquiera ella misma estaba segura de haber pronunciado las palabras.
Andrés se movió ligeramente, a punto de despertarse. Valeria contuvo la respiración, con el corazón latiéndole tan fuerte que temió que el ruido la delatara. Luego él se dio la vuelta, murmuró algo incomprensible en sueños y siguió durmiendo.
A las seis y media de la mañana, el despertador sonó con su insistencia habitual. Valeria se levantó como si nada hubiera pasado, como si no hubiera llegado tres horas antes con olor a tabaco y perfume barato impregnado en la piel. Preparó el desayuno, planchó la camisa de Andrés, peinó las trenzas de Sofi, revisó la mochila de Mateo. Todo en modo automático, con la precisión de una actriz que interpreta su papel a la perfección.
—¿Qué tal la cena de anoche? —preguntó Andrés, mientras revolvía el café con una cucharita.
—Bien, divertida. Las chicas preguntaron por vos —respondió Valeria, sin apartar la vista de la tostada que estaba untando.
—¿En serio? ¿Quiénes fueron al final?
—Mariela, Caro, Flor... las de siempre. ¿Por qué la pregunta?
—Por nada. Me alegra que te diviertas. Últimamente te noto medio apagada, como si algo te estuviera preocupando.
Valeria sintió que el estómago se le encogía. ¿Apagada? ¿Tan evidente era su agotamiento? ¿O acaso Andrés presentía algo más? Él siempre había tenido una intuición extraña para las cosas que ella ocultaba. Como aquella vez, años atrás, cuando supo que Valeria estaba embarazada de Mateo antes de que ella misma se hiciera la prueba.
—Será el cansancio. Los chicos demandan mucho, y mamá con su tratamiento... —dijo Valeria, dejando la frase en el aire.
—Por eso te digo que si necesitás un respiro, podemos contratar una niñera un fin de semana y escaparnos. Solos. Como antes, ¿te acordás?
—Sería lindo.
—¿Y? ¿Organizo algo? Conozco un lugar en las sierras que te va a encantar.
—Dale. En un par de semanas, cuando pasen las pruebas del cole y mamá esté más estable.
Andrés sonrió, le dio un beso en la frente, agarró el maletín y se fue al trabajo. Valeria se quedó apoyada contra la mesada, con los ojos cerrados, respirando hondo. Un fin de semana de escapada romántica. Justo ahora, con la doble vida que acababa de empezar, con los turnos en el club que no podía cancelar sin perder el ingreso que tanto necesitaba.
Los niños terminaron el desayuno entre quejas y risas. Mateo derramó la leche sobre la mesa. Sofi perdió un botón del uniforme. Valeria solucionó ambos problemas con la eficiencia de siempre, pero su mente estaba en otro lado. En el camarín del Eclipse. En el sobre con billetes que ahora descansaba en el doble fondo del bolso. En la sensación de haber cruzado una línea que no tenía retorno.
—Mami, ¿hoy me llevás al cole? —preguntó Sofi, tirándole del delantal.
—Sí, mi amor. Hoy los llevo yo.
—¿Y después me buscás?
—Claro que sí. Siempre te busco.
—¿Me lo jurás?
—Te lo juro, Sofi. Por mi vida.
Mientras caminaban las tres cuadras hasta el colegio, Valeria sintió el peso de esa promesa. "Siempre te busco". ¿Cómo iba a buscarlos si cada noche se convertía en otra persona? ¿Cómo iba a ser la madre que ellos merecían si la mitad de su tiempo era Luna, la bailarina del club?
Esa tarde, después de dejar a los niños, Valeria fue al hospital a ver a su madre. Elena estaba sentada en la cama, con un libro de poemas de Benedetti abierto sobre la falda y una taza de té frío en la mesita de luz.
—Hija, qué cara traés. ¿Dormiste mal? —preguntó Elena, con esa capacidad de las madres para detectar el sufrimiento de sus hijos a kilómetros de distancia.
—Un poco. Insomnio. Nada grave —mintió Valeria, sentándose en el borde de la cama.
—¿Seguro? Antes me contabas todo. Ahora te noto distante.
—Son épocas, mamá. Muchas cosas en la cabeza.
—Valeria, acordate de algo. Los secretos son como las piedras en los zapatos. Al principio parece que podés caminar con ellas, pero tarde o temprano te hacen sangrar.
Valeria sintió un escalofrío recorrerle la espalda. ¿Lo sabía su madre? ¿Lo intuía? Las madres siempre saben, se dijo. Siempre.