Abigail ha pasado años tallando la vida perfecta: una carrera prestigiosa como diseñadora de joyas de alta gama y un matrimonio que creía inquebrantable con Julián. Sin embargo, la perfección se astilla cuando descubre que su esposo y Mónica, su mejor amiga y socia, no solo mantienen un romance clandestino, sino que han estado conspirando para robar sus diseños y dejarla en la quiebra.
En medio del colapso de su mundo, reaparece Sebastián, un antiguo amor de la juventud que ahora es un magnate de la industria minera de gemas. Mientras Abigail planea su venganza —una tan fría y elegante como un diamante—, deberá decidir si permite que el fuego del pasado con Sebastián purifique su corazón o si las heridas de la traición la han vuelto tan dura e impenetrable como la piedra que diseña
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capitulo 6
El collar de aniversario seguía sobre la cómoda, su zafiro devolviendo un destello frío y asimétrico bajo la luz de la mañana. Abigail lo miró mientras se terminaba de abrochar los puños de su blusa de seda. Aquella joya, con su engaste defectuoso, se había convertido en un recordatorio físico de que algo en su estructura matrimonial se estaba venciendo.
El taller de joyería la esperaba, pero el café se sentía amargo en su garganta. Julián se había ido temprano, alegando una "reunión de emergencia con los inversores de la constructora". No hubo beso de despedida, solo el roce distante de una mano sobre su hombro y el aroma a su loción de sándalo desvaneciéndose en el pasillo.
El teléfono de Abigail vibró sobre la mesa de mármol a las 10:15 a.m. No era un número guardado; una serie de dígitos desconocidos que parpadeaban con una urgencia silenciosa.
—¿Diga? —respondió ella, con la voz profesional que reservaba para los clientes.
Al otro lado, el silencio duró lo suficiente para que Abigail escuchara su propia respiración.
Luego, una voz distorsionada, quizá por un filtro o simplemente por la intención de no ser reconocida, soltó las palabras que quemaron el aire:
—Tu esposo no está en la oficina, Abigail. Si buscas la verdad, deja de mirar las piedras y empieza a mirar las calles.
Un clic seco terminó la comunicación. Abigail se quedó inmóvil, con el auricular pegado a la oreja, sintiendo cómo la sangre se le retiraba del rostro. No fue una llamada de odio, ni de regocijo; sonó casi como una advertencia técnica, como si alguien estuviera señalando una falla estructural en un edificio antes de que colapsara.
Abigail no era una mujer impulsiva. Su oficio le exigía una paciencia milimétrica y una mente analítica. Abrió la aplicación de rastreo del vehículo familiar, una función que habían activado años atrás por seguridad mutua y que, hasta hoy, solo servía para saber si el otro llegaría a tiempo para la cena.
El punto azul que representaba el Audi de Julián no estaba en el distrito financiero. Estaba en una zona residencial de alta gama, un sector de edificios de cristal y acero que ella conocía vagamente por sus tiendas de diseño, pero donde ellos no tenían amigos ni negocios conocidos.
Edificio "Aura Sky", leía la pantalla.
Un nudo se instaló en su estómago, un nudo hecho de cables de acero. Se puso su gabardina, tomó las llaves y salió de casa. Mientras conducía, sus manos apretaban el volante con la misma fuerza con la que un orfebre sujeta una pieza que corre el riesgo de romperse. El tráfico de la ciudad le parecía una coreografía absurda, un obstáculo entre ella y la realidad que temía confirmar.
Al llegar a las inmediaciones del "Aura Sky", Abigail estacionó su coche a una distancia prudencial. El edificio era una oda al minimalismo moderno: balcones que desafiaban la gravedad y ventanales que prometían una privacidad impenetrable desde el exterior.
Vio el coche de Julián. Estaba allí, aparcado en una de las plazas de cortesía, con el capó aún emitiendo ese calor invisible de quien acaba de llegar.
Abigail bajó del auto. Sus tacones resonaban contra el pavimento como martillazos sobre un yunque. Se sentía pequeña frente a la mole de concreto, pero la determinación de quien busca la falla en una aleación la empujaba hacia adelante. Se ocultó tras una columna de granito cuando vio a Julián salir del vestíbulo.
No estaba solo. Pero no fue una mujer lo que vio primero. Vio la actitud.
Julián caminaba con una ligereza que Abigail no recordaba haber visto en años. Ya no tenía los hombros caídos por el peso de las facturas o las reuniones de la constructora. Llevaba una bolsa de papel de una panadería artesanal y su teléfono —ese dispositivo que anoche fue un muro entre ellos— estaba guardado en su bolsillo, olvidado.
Un hombre joven, vestido con un traje de lino impecable, bajó por la rampa del edificio y lo saludó con una familiaridad que heló la sangre de Abigail. No hubo besos, no hubo abrazos comprometedores, pero hubo algo peor: una mirada de entendimiento absoluto. Julián le entregó la bolsa, sonrió de una manera genuina que Abigail creía extinta, y ambos volvieron a entrar al edificio.
Abigail se apoyó contra la columna de granito. El aire frío de la mañana le quemaba los pulmones. No era la escena de infidelidad clásica que había imaginado en el trayecto; no había una amante de tacones rojos ni una huida precipitada. Era algo más profundo: una vida paralela, un refugio de paz que Julián había construido lejos del "nosotros".
Sintió una náusea súbita. Se dio cuenta de que el collar de aniversario no era una simple falta de gusto o un descuido; era un soborno. Julián le había regalado una joya mediocre para que ella se distrajera con el brillo mientras él invertía su verdadera energía, su tiempo y su alegría en aquel edificio de departamentos que no figuraba en sus planes de vida.
—Cinco años —susurró ella para sí misma.
Sacó su teléfono y tomó una fotografía del Audi de Julián junto a la entrada del edificio. Sus manos temblaban, pero el encuadre fue perfecto.
El instinto de la joyera prevalecía incluso en el naufragio: documentar la imperfección, marcar el punto exacto donde el metal se había fatigado.
Subió de nuevo a su coche. No entró al edificio. No gritó. Abigail sabía que en la joyería, si golpeas una piedra con demasiada fuerza en el lugar equivocado, la destruyes para siempre. Y ella aún no sabía si quería pulir lo que quedaba de su matrimonio o simplemente dejar que se desmoronara.
Durante el camino de vuelta, el silencio del auto era ensordecedor. Recordó la llamada anónima. ¿Quién querría que ella supiera? ¿Un enemigo de Julián? ¿O quizá alguien dentro de aquel edificio que también se sentía traicionado?
Al llegar a casa, entró al taller. Se sentó frente a su mesa de trabajo, encendió la lámpara de aumento y tomó el collar de aniversario. Con unas pinzas de precisión, comenzó a desarmar el engaste. Una a una, dobló las garras de oro blanco hacia atrás, liberando el zafiro.
La piedra cayó sobre el fieltro negro, desnuda y hermosa, pero el soporte quedó deformado, inútil. Abigail comprendió que el hilo suelto que había empezado a tirar esa mañana iba a deshacer todo el tejido de su realidad.