Mariana odió el libro dramático que leyó. Y como castigo, el libro la teletransporta dentro de la historia. dónde ahora es la protagonista muda y tonta.
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Capitulo 8
Los días después, la villa no había reducido su ritmo, Lucero se movía con más atención que los días anteriores, sus pasos eran tranquilos, su mirada iba de un lado a otro, observando cómo cada persona cumplía su función sin detenerse por la presencia de otros, y aunque no intervenía, ya no estaba rígida, parecía adaptarse poco a poco a ese ambiente donde todo tenía un orden práctico.
Marcel revisaba unos registros cuando uno de los hombres se acercó con cierta prisa, inclinándose antes de hablar.
—Señor, han llegado visitas, dicen ser familia suya, vienen con un abogado.
Marcel levantó la mirada sin alterar su expresión, dejó el documento sobre la mesa y asintió.
—Hazlos pasar al salón —respondió con calma.
Lucero, que estaba a unos pasos, dirigió su atención hacia él, su ceño se marcó apenas, preguntando sin palabras.
—Mi hermana —dijo Marcel, girándose hacia ella—. Sabía que vendría por estos días.
Lucero sostuvo su mirada, luego cruzó los brazos despacio, esperando.
—Quédate —añadió él—, es mejor que estés presente.
Ella asintió una vez.
No tardaron en entrar; la mujer que encabezaba la visita tenía una presencia difícil de ignorar, mayor que Marcel por al menos diez años, su figura era rellena, bien vestida pero con un gusto que buscaba imponer más que armonizar, el lunar junto a su ojo derecho resaltaba en su rostro, y su expresión no mostraba ni una pizca de afecto.
—Marcel —dijo sin saludar realmente, mirando alrededor con una mezcla de crítica y desaprobación—, así que este es el lugar donde decides vivir.
Marcel no se movió de su sitio.
—Ismérie —respondió con tono neutro—. Esperaba tu visita.
El hombre a su lado, vestido con formalidad, sostuvo una carpeta bajo el brazo, observando todo con atención calculada.
—No es una visita —continuó Ismérie—, es un asunto que debe resolverse.
Lucero permaneció en silencio, observando, su mirada pasó de la mujer al abogado, luego a Marcel.
—La herencia —dijo la mujer sin rodeos—, ha llegado el momento de dejar las cosas en claro.
Marcel apoyó una mano sobre la mesa, sin tensión.
—Está claro desde hace tiempo.
El abogado dio un paso al frente.
—No exactamente, señor —intervino con voz medida—, existen condiciones específicas que deben cumplirse para validar su derecho completo sobre la herencia.
Ismérie cruzó los brazos, satisfecha.
—Y una de ellas —añadió—, es que debes estar casado.
Lucero bajó la mirada un instante, luego la levantó lentamente hacia Marcel.
—No lo estás —continuó la mujer—, y eso cambia todo.
Marcel no respondió de inmediato, observó a su hermana con detenimiento, como si midiera cada palabra antes de decirla.
—Hablas con seguridad —dijo al final—, como si no te faltara información.
Ismérie sonrió apenas.
—No me falta, me sobra, no tienes esposa, no tienes familia formada, no cumples con lo necesario, y yo sí.
El abogado abrió la carpeta.
—De acuerdo con los documentos, en ausencia de matrimonio válido, la herencia puede ser reclamada por el siguiente familiar directo que cumpla con los requisitos establecidos.
Lucero tensó ligeramente los dedos contra su brazo, su mirada se mantuvo fija en Marcel.
—Entonces viniste a reclamar —dijo él sin alterarse.
—Vine a tomar lo que corresponde —corrigió Ismérie—, tú nunca fuiste adecuado para administrar nada de esto.
El silencio que siguió no fue largo, pero fue suficiente para que la tensión se hiciera evidente.
Marcel giró ligeramente el rostro hacia Lucero.
—Ven —dijo con calma.
Ella no dudó, dio unos pasos hacia él, su postura firme, sin bajar la mirada ante la mujer.
Ismérie la observó por primera vez con atención.
—¿Y ella quién es? —preguntó, con un tono que no ocultaba el desdén.
Marcel no respondió de inmediato, tomó un documento de la mesa y lo sostuvo con firmeza.
—Mi esposa.
El silencio fue inmediato.
El abogado frunció ligeramente el ceño, dando un paso más cerca.
—¿Su esposa? —repitió.
Ismérie soltó una risa breve, incrédula.
—No juegues conmigo, Marcel.
Lucero sostuvo la mirada de la mujer, sin moverse, sin retroceder.
Marcel extendió el documento hacia el abogado.
—Contrato de matrimonio, firmado y validado. Hasta por los padres.
El hombre tomó el papel, revisándolo con atención, pasando cada página con cuidado.
Ismérie dejó de sonreír.
—Eso no prueba nada —dijo con rapidez—, cualquiera puede presentar un papel.
—Está registrado —respondió Marcel—, puedes verificarlo.
El abogado no habló de inmediato, su expresión cambió conforme leía, más serio, más concentrado.
—El documento es válido —dijo finalmente—, cumple con los requisitos legales.
Ismérie lo miró con incredulidad.
—Eso es imposible.
—No lo es —respondió el hombre—, el matrimonio está reconocido.
Lucero no apartó la mirada de la mujer, su postura no mostraba nerviosismo, solo una satisfacción silenciosa.
—No lo sabía —murmuró Ismérie, más para sí misma que para los demás—, lo hiciste a escondidas.
Marcel dejó el documento sobre la mesa.
—No tenía por qué anunciarlo.
La mujer lo miró con molestia contenida.
—Aun así —insistió—, eso no cambia todo.
El abogado intervino de nuevo.
—Sí cambia las condiciones —explicó—, pero hay otros puntos que deben considerarse.
Ismérie se aferró a eso.
—Exacto, yo tengo familia, tengo hijos, tengo una estructura que él no tiene.
Marcel no reaccionó.
—Y no participas en el trabajo que sostiene esta herencia —añadió con calma.
La mujer lo miró con molestia abierta.
—Eso no es relevante. ¿De que parte estás tú?
—De la ley. Soy abogado, no suyo.—intervino el abogado—, la herencia no solo depende del vínculo, también del involucramiento en la gestión de los bienes.
Ismérie guardó silencio un segundo.
—Entonces —continuó el hombre—, la distribución no puede ser total para ninguna de las partes.
Lucero observó la escena con atención, siguiendo cada palabra.
El abogado cerró la carpeta.
—Usted, al estar casado, conserva la mayor parte de la herencia —indicó—, sin embargo, su hermana tiene derecho a una porción por su vínculo familiar, aunque no participe directamente en la gestión.
Ismérie levantó el mentón.
—¿Qué porción?
—Un cuarto —respondió el abogado—, no más.
El silencio se asentó en la sala.
La expresión de Ismérie cambió, no era satisfacción, tampoco derrota completa, era una mezcla contenida.
—Un cuarto… —repitió.
Marcel asintió levemente.
—Es más de lo que esperabas —dijo sin provocarla.
Ella lo miró fijamente.
—Y menos de lo que merezco.
Lucero desvió la mirada hacia Marcel, evaluando su reacción.
—Es lo que corresponde —respondió él—, ni más, ni menos.
Ismérie respiró hondo, controlándose.
—Eres un viejo siniestro...
—Solo tengo 35 añitos. Y si yo fuera tú, me preocuparía más por mi salud que la herencia de nuestro difunto padre.
El abogado guardó los documentos.
—La resolución es válida —confirmó—, puede formalizarse hoy mismo.
Ismérie no discutió más, tomó su bolso con firmeza.
—Firmaré —dijo—, pero no esperes que esto cambie mi opinión sobre ti.
Marcel no respondió.
La mujer dirigió una última mirada a Lucero, esta vez sin burla, pero tampoco con respeto.
—Así que tú eres la esposa.
Lucero sostuvo su mirada, sin ceder. Ismérie asintió apenas.
—Veremos cuánto dura. No conoces nada de él. Después de todo, Marcel no tiene gusto hacia las mujeres.
No hubo respuesta por parte de Marcel. Simplemente estaba agotado de escuchar eso.
El abogado hizo una leve inclinación.
—Procederemos con la firma.
Tras unos minutos, los documentos quedaron sellados, la distribución establecida, y la visita llegó a su fin sin más palabras innecesarias.
Cuando finalmente se marcharon, el ambiente en la villa volvió a su ritmo habitual, como si nada hubiera pasado, pero dentro del salón el silencio se mantuvo unos segundos más.
Marcel exhaló despacio, apoyando una mano sobre la mesa.
—Lamento que hayas escuchado eso—dijo.
Lucero lo observó, luego dio un paso más cerca, su mirada en él decía más que las palabras.
Marcel la miró directamente.
—Gracias por quedarte. Y sobre lo que dijo Ismérie de que no me gustaban las mujeres. Es falso.
Lucero movió un poco sus ojos. Tenía sospecha de que no era cierto de ese rumor. Él continúa.
—Ella y los demás piensan eso porque trabajo confeccionando ropa, más que todo femenina. Pero me gusta lo que hago.
Marcel sigue mirando a Lucero.
—No hay nada más hermoso que amar a una mujer con todo su corazón.
Lucero saco su libro, tomó una pluma. Escribió y mostró la hoja escrita.
—¿Quieres trabajar conmigo?—ella asintió—. No es necesario. Le prometí a tu madre que no te daría cargas. Que tendría todo a la mano.
Lucero negó, y volvió a escribir.
—“mi madre cree que soy débil. Se equivoca"
El Marqués analizó esas palabras. Luego, asintió.
—De acuerdo. Si mi esposa me lo pide no me negare.
Es inteligente y sensata y buena persona 🥰🥰