Cuando la persona que dice amarte se convierte en un extraño y te abandona embarazada diciendo que solo eres un ancla y un lastre en su vida, solo te queda una cosa por hacer: "Convertirte en Reina"
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Lo que empieza a parecer un hogar
La lluvia comenzó sobre Altea poco antes de las nueve de la noche.
Desde los ventanales del salón ejecutivo, las luces del puerto se deformaban contra el cristal mojado, convirtiendo las grúas y las plataformas de carga en siluetas difusas que parecían suspendidas dentro de una ciudad menos real y más cansada. El foro técnico había terminado casi una hora atrás y la mayoría de los asistentes ya se había retirado hacia cenas privadas, vuelos nocturnos o habitaciones de hotel donde continuarían negociando hasta entrada la madrugada.
Isabella seguía en la sala de reuniones.
Frente a ella descansaban tres carpetas abiertas, una tableta con observaciones pendientes y una taza de café que se había enfriado hacía demasiado tiempo. El agotamiento empezaba a instalarse lentamente en la base de su cuello, pero existía una parte de sí misma —la misma que años atrás había aprendido a sobrevivir trabajando turnos dobles mientras sostenía a Julián— que todavía asociaba el cansancio con una obligación moral de continuar.
Revisó una cláusula más antes de cerrar finalmente la carpeta principal.
Solo entonces levantó la vista.
La sala estaba vacía.
Y el silencio repentino le permitió advertir algo que hasta ese momento había quedado sepultado bajo el ritmo de la jornada: Ángel no estaba allí.
Una inquietud automática le tensó el pecho, aunque duró apenas un segundo. Recordó enseguida que Facundo había bajado con él al restaurante del hotel.
Aun así, recogió sus documentos y salió al corredor.
El restaurante privado ocupaba una terraza semicubierta del piso inferior. Desde la entrada podía verse el río extendiéndose detrás de los paneles de vidrio mientras la lluvia golpeaba suavemente las estructuras metálicas del exterior. Isabella avanzó despacio entre las mesas casi vacías hasta detenerse a pocos metros de ellos.
No la habían visto.
Ángel estaba sentado junto a la ventana, completamente concentrado en desmenuzar un trozo de pan dentro de la sopa. Facundo permanecía frente a él con la corbata aflojada y las mangas remangadas, escuchándolo hablar con una atención tan genuina que Isabella sintió una presión extraña instalarse bajo las costillas.
—Y entonces el barco grande chocó contra el puente porque Tomás hizo mal el dibujo —explicaba Ángel con absoluta convicción narrativa.
Facundo asintió con seriedad impecable.
—Eso confirma mi teoría.
—¿Cuál?
—Que jamás debe confiarse una obra de ingeniería importante a alguien que todavía come pegamento.
Ángel soltó una carcajada limpia que hizo girar incluso a una pareja sentada dos mesas más atrás.
La escena era mínima.
Ridículamente cotidiana.
Y, sin embargo, Isabella permaneció inmóvil unos segundos observándola como si acabara de descubrir algo peligroso.
Porque no se trataba solamente de que Facundo fuera bueno con Ángel.
Era peor.
Parecía feliz.
Había una clase de tranquilidad en él que Isabella nunca veía durante las reuniones corporativas, ni en las negociaciones internacionales, ni siquiera en los momentos de aparente descanso. Allí, sentado frente a un niño que le contaba historias absurdas sobre barcos mal dibujados, Facundo Navarro parecía desprenderse por completo del peso constante de su propia vida.
Y aquello la asustó.
No porque desconfiara de él.
Sino porque empezaba a entender que el vínculo entre ambos ya no podía sostenerse indefinidamente dentro de la cómoda ficción del apoyo profesional.
Ángel levantó la vista entonces y la descubrió junto a la entrada.
—¡Mamá!
El niño abandonó inmediatamente la cuchara y bajó de la silla para correr hacia ella. Isabella se inclinó apenas a tiempo para recibirlo entre sus brazos mientras él rodeaba su cuello con una energía todavía tibia de sopa y cansancio.
—¿Ya terminaste de trabajar? —preguntó Ángel.
La pregunta le provocó una sonrisa involuntaria.
—Por hoy sí.
El niño pareció conforme con la respuesta y apoyó la cabeza sobre su hombro con el agotamiento definitivo de quien ya gastó toda la energía disponible del día.
Facundo se levantó lentamente de la mesa.
—Acaba de decidir que los barcos escolares son más peligrosos que las tormentas marítimas —comentó mientras tomaba el abrigo pequeño de Ángel del respaldo de la silla.
Isabella soltó una breve risa.
Y el sonido sorprendió incluso a ella misma.
Porque había sido espontáneo.
Ligero.
No recordaba cuándo fue la última vez que algo semejante le ocurrió sin esfuerzo.
Facundo la observó unos segundos con una expresión difícil de descifrar.
—Deberías reír más seguido.
La frase cayó entre ambos con una intimidad inesperada.
Isabella apartó apenas la mirada.
Durante años había aprendido a desconfiar profundamente de las frases que parecían demasiado suaves. La dulzura, cuando se entrega sin cuidado, puede convertirse en una de las formas más eficaces de dependencia emocional. Lo sabía mejor que nadie.
Sin embargo, junto a Facundo empezaba a descubrir un problema distinto: él nunca parecía intentar impresionarla.
Y quizá precisamente por eso terminaba desarmándola más.
—Es tarde —dijo ella finalmente, reajustando a Ángel dormido contra su pecho—. Martha seguramente ya llamó tres veces.
Como si hubiese sido convocado por su nombre, el teléfono vibró inmediatamente dentro de su bolso.
Facundo sonrió apenas.
—Cuatro veces, probablemente.
Isabella revisó la pantalla.
Martha.
Suspiró antes de responder.
—Estamos saliendo.
La voz de Martha llegó seca al otro lado de la línea.
—Eso dijiste hace cuarenta minutos. El niño necesita dormir y tú llevas despierta desde las seis de la mañana. Empiezo a sospechar que el éxito corporativo les está destruyendo las pocas neuronas funcionales que les quedaban.
Facundo desvió el rostro con evidente esfuerzo por no reír.
Isabella cerró los ojos un segundo.
—Ya vamos camino al auto.
—Más les vale. Y dile a Navarro que, si sigue alimentando a Ángel con pan a esta hora, luego no piense que voy a soportar el caos de azúcar mañana.
La llamada terminó antes de permitir respuesta.
Durante unos segundos permanecieron en silencio.
Después Facundo tomó lentamente su saco del respaldo de la silla y se acercó a ella.
—Puedo llevarlos a casa.
—Tienes reuniones temprano mañana.
—También tú.
—Yo vivo con las consecuencias de mis decisiones laborales —respondió Isabella con una suavidad que intentaba recuperar distancia.
Facundo sostuvo su mirada.
—Y yo empiezo a cansarme de que hables como si pedir ayuda fuera una derrota.
La frase la tomó desprevenida.
No por el tono —que seguía siendo tranquilo—, sino porque debajo de aquellas palabras había algo que no aparecía habitualmente en él: frustración.
Humana.
Real.
Isabella sintió una punzada incómoda en el pecho.
Porque comprendió inmediatamente que llevaba meses aceptando la presencia de Facundo solo mientras pudiera mantenerla bajo control. Mientras él permaneciera dentro de un espacio perfectamente delimitado, donde ella siguiera siendo autosuficiente y emocionalmente inaccesible.
Pero las personas no permanecen eternamente en lugares intermedios.
Tarde o temprano empiezan a necesitar algo más.
Ángel se removió levemente sobre su hombro, adormecido.
La lluvia seguía golpeando los cristales detrás de ellos.
Y, por primera vez desde que Facundo apareció en su vida, Isabella tuvo la incómoda sensación de encontrarse frente a una línea invisible que ya no podrían seguir bordeando indefinidamente sin terminar cruzándola.
Autora dramatisas mucho en cada capítulo y describes demasiado cosas que no son tan importantes y esto evita que avances con la historia y aclares lo verdaderamente importante
ósea marido y mujer
necesito claridad en esa relación
gracias autora activa 🎁👍
y todavía no entiendo esa relación
de Facundo y Elena🤔🤔