nada es para siempre
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23
—Ok, ponte cómodo. Ya vuelvo, no me tardo —le indicó Azul, cerrando la puerta del departamento y señalando la sala con un gesto de la mano.
Dmitriy caminó un par de pasos y se sentó en el pequeño sillón de tela que ocupaba el centro de la estancia. Apoyó la espalda en los cojines y se dedicó a observar el acogedor apartamento de las chicas. Era un espacio sumamente iluminado, decorado con plantas colgantes, un par de libreros repletos de novelas universitarias y cuadros coloridos en las paredes. No tenía absolutamente nada que ver con la frialdad monumental de su penthouse, donde todo era mármol, vidrio templado y arte abstracto de diseñador. Aquí, a pesar del espacio reducido, se respiraba un calor de hogar auténtico que lo hizo relajarse por completo.
Unos minutos después, el sonido de una puerta abrirse lo hizo girar la cabeza. Azul regresó a la sala luciendo unos jeans cómodos y una sudadera gris holgada que la hacía ver mucho más joven y accesible que con el vestido negro de la noche anterior.
—Ay, ya... Por fin me siento más calientita —suspiró ella, frotándose los brazos con alivio.
—Te fuiste a cambiar por completo —observó Dmitriy con una sonrisa de medio lado, estirando sus largas piernas sobre la alfombra pequeña.
—Sí, la verdad es que ya me moría de frío con la brisa de Chapultepec —explicó Azul, caminando hacia una pequeña mesa esquinera donde descansaba un teléfono de línea fija—. Ahora, si me permites, deja le marco a Roberta a su celular para ver si ya regresó o si sabe algo del grandote que andaba contigo.
Dmitriy la miró con curiosidad, notando que buscaba un número anotado en una pequeña libreta en lugar de sacar un dispositivo de su propio bolsillo.
—¿No tienes teléfono celular propio, Azul? —preguntó el rubio, arqueando una ceja con incredulidad. En su mundo de lujos y conexiones globales, la idea de no cargar con una pantalla inteligente era inconcebible.
—No —respondió ella de manera tajante, con una tranquilidad absoluta—. No me gusta para nada. Prefiero las cosas más a la antigua, así que no tengo ni celular, ni redes sociales, ni nada de eso.
Dmitriy se le quedó mirando por unos segundos, completamente fascinado por la revelación. La combinación de su belleza analítica y ese desapego por la tecnología moderna lo desarmaba.
—Oh... De verdad eres una mujer única —admitió en un susurro, con el corazón dándole un vuelco en el pecho.
—No lo creo —replicó Azul, girándose para mirarlo a los ojos de forma madura—. Solo creo firmemente que con tantas pantallas estamos perdiendo todo lo que realmente nos hace sentirnos vivos. Preferimos mandar un mensaje antes que ver a alguien a los ojos. No es lo mío.
Azul tomó el auricular del teléfono de su casa, decidida a marcar los dígitos del celular de su amiga. Sin embargo, justo en el preciso instante en que se colocaba la bocina en el oído, el sonido del cerrojo de la puerta principal los interrumpió de golpe. La llave giró rápidamente y la puerta se abrió de par en par, dejando entrar el torbellino de energía de la mañana.
—¡Ya llegué! —exclamó la voz de Roberta, resonando en las paredes del pasillo—. ¡Azul! ¡Mi pequeña, ¿dónde estabas, nena?! No sabes el desastre que...
Roberta se detuvo en seco a mitad del umbral al encontrarse de frente con la escena de la sala. Detrás de ella, teniendo que agachar sutilmente la cabeza para no golpear el marco superior de la puerta debido a sus casi dos metros de estatura, entró Taras. El ruso serio ya lucía unos pantalones de mezclilla y una playera oscura más casual, pero su rostro recuperó toda la rigidez de oficina al ver a su primo sentado tranquilamente en el sofá.
—Hola, Rob. Pues... Justo estaba por marcarte —respondió Azul, bajando el auricular con una calma que contrastaba drásticamente con la tensión que acababa de invadir el departamento.
Taras dio dos zancadas descomunales, ignorando por completo el protocolo, y se paró frente al sillón, mirando al heredero con una mezcla de furia contenida, alivio y puro cansancio.
—¡Aquí estás! —bramó Taras en su idioma natal antes de morderse la lengua y cambiar al español, señalando a su primo de forma acusadora—. ¡Gracias a Dios! De verdad, no tienes una idea de la fortuna que tienes. ¡La tía Nadenka no me va a mandar a matar por tu culpa!
Dmitriy soltó una carcajada descarada, hundiéndose más en los cojines del pequeño sillón y extendiendo los brazos con total frescura, como si no hubiera pasado las últimas horas huyendo de una batalla campal y comiendo tamales en el suelo.
—Cálmate un poco, gruñón. Eres un exagerado de primera —se burló el rubio, guiñándole un ojo a Azul.
Taras se cruzó de brazos, fulminándolo con la mirada a través de sus lentes . La preocupación de toda la mañana finalmente cobraba factura.
—¿Cómo carajos fue que te les perdiste a los muchachos de seguridad, Dmitriy? —exigió saber el primo, con la voz grave y demandante—. Armaron una revolución completa en el club buscándote por cada rincón. Pensamos lo peor.
Dmitriy miró a Azul y luego a Roberta, quien ya se había sentado en el brazo del sillón contiguo con una sonrisa de pura diversión, lista para escuchar el chisme completo de la noche.
—Pues mira, siéntense los dos y les contamos... —propuso el heredero rubio con una sonrisa radiante—. Porque les aseguro que la noche de ayer fue una auténtica obra de arte de la que ustedes dos se perdieron la mejor parte.