✅️🔞🦋👑En el imponente Imperio de Aethelgard, la luz y la piedra dictan las leyes. En la cima de las Torres de Marfil, la princesa Lysandra gobierna las cortes con una elegancia tan afilada como un puñal. Es hermosa, calculadora y letal en el juego de la política; una experta para asegurar la supervivencia de su dinastía.
En la base del reino, entre el barro, la lluvia y el eco del acero, se encuentra la general Kaelith. Marcada por las cicatrices de una guerra interminable contra las sombras de Umbralia, Kaelith es el escudo inquebrantable del imperio. Es una mujer de disciplina marcial y pocas palabras, pero esconde un secreto que podría costarle la cabeza: su lealtad no le pertenece a la corona, sino a la mujer que la lleva.👑🦋🔞✅️
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Por su amor
El viaje de regreso a la capital era una procesión de opulencia que contrastaba dolorosamente con las muertes del sur. El carruaje real del príncipe Valkarn de Zephyria avanzaba liderando la columna. Era una enorme estructura de madera tallada, pintada de azul y plata, protegida por ventanales de cristal reforzado para que el frío de la llanura de ceniza no molestara a sus ocupantes.
Dentro del carruaje, Lysandra permanecía sentada frente a Valkarn. El príncipe vestía una túnica azul y hablaba sin parar sobre cómo planeaba reestructurar los impuestos de Aethelgard una vez que se celebrara el matrimonio. Lysandra mantenía la mirada fija en el ventanal.
Afuera, cabalgando a lomos de su semental negro, la general Kaelith lideraba la escolta militar de la retaguardia.
Kaelith aún llevaba el vendaje en su costado izquierdo, y cada movimiento del caballo le causaba una mueca de dolor que intentaba ocultar bajo la rigidez de su postura militar. Pero el sufrimiento de la general no era físico; era ver la silueta plateada de Lysandra a través del cristal del carruaje, tan cerca y a la vez tan inalcanzable.
Al caer la tarde, la caravana se detuvo en un antiguo bastión de piedra para pasar la noche antes de ascender a las Torres de Marfil.
Valkarn instaló su corte provisional en el gran salón de la fortaleza. Exigió que la general se presentara de inmediato para entregar los mapas detallados de las fronteras de Umbralia, queriendo demostrar desde ya su autoridad sobre el ejército de Aethelgard.
Cuando Kaelith entró al salón, sus botas pesadas resonaron contra las baldosas. Ya no llevaba el casco, dejando al descubierto su rostro demacrado y la cicatriz fresca en su ceja. Se detuvo frente a la mesa donde Valkarn y Lysandra revisaban unos documentos.
—General Kaelith —habló Valkarn, con una sonrisa que no ocultaba su desprecio por los soldados de infantería—. Traiga los informes del Río de Ceniza. Quiero ver exactamente qué territorios defendió con tanta insistencia antes de que mi flota viniera a salvarlos.
Kaelith apretó los puños. Miró de reojo a Lysandra. La princesa estaba rígida, con las manos entrelazadas sobre su falda, pero sus ojos verdes gritaban una disculpa silenciosa que la militar entendió de inmediato.
—Aquí están los mapas de las posiciones enemigas, príncipe Valkarn —dijo Kaelith con voz firme, aunque rasposa.
Kaelith avanzó hacia la mesa sosteniendo un pesado pergamino enrollado. Valkarn, distraído al mirar una copa de vino que un sirviente le ofreció, no prestó atención al movimiento.
Fue en ese instante de descuido. Al extender el pergamino sobre la mesa de piedra, Lysandra estiró la mano para ayudar a desenrollarlo.
Los dedos de Lysandra se deslizaron por el borde del papel y se encontraron directamente con la mano de Kaelith.
No fue un accidente. Los dedos delgados de la princesa envolvieron con fuerza el dorso de la mano callosa y herida de la general. Fue un roce firme, un contacto desesperado que duró apenas tres segundos, pero que se sintió como una corriente de fuego mágico en mitad del invierno. Lysandra apretó la piel de Kaelith, transmitiéndole en esa caricia oculta todo el amor, la culpa y la promesa de que no se había rendido. Kaelith giró levemente la palma, rozando las yemas de sus dedos contra la muñeca de la princesa, sintiendo el latido acelerado de su pulso.
Ese breve contacto físico les recordó a ambas por qué seguían luchando en este juego cruel.
—¿Pasa algo, princesa? —preguntó Valkarn, volviendo la vista hacia la mesa mientras tomaba su copa.
Lysandra retiró la mano con una velocidad y elegancia perfectas, ocultando el temblor de sus dedos bajo las largas mangas de su túnica.
—Nada, príncipe —respondió Lysandra, recuperando su voz fría y diplomática—. Solo aseguraba el mapa. Como puede ver, las líneas de Umbralia están más cerca de lo que el consejo de ministros admitía en palacio.
El príncipe Valkarn se inclinó sobre el pergamino, ignorando por completo la electricidad que aún flotaba en el aire entre las dos mujeres.
Kaelith dio un paso atrás, colocando la mano que Lysandra había tocado contra su propio pecho, justo encima de su armadura. El dolor de su herida envenenada pareció desaparecer, sustituido por el calor residual de la caricia de su princesa. Soportaría las provocaciones de Valkarn, soportaría el regreso a la corte y soportaría ver el carruaje de plata, porque ahora sabía con absoluta certeza que el corazón de Lysandra seguía perteneciendo al barro del sur, al lado de su general.
La lucha por su amor apenas continuaba, y ninguna cadena de plata del norte iba a ser lo suficientemente fuerte como para romper el lazo que acababan de reafirmar en secreto.