Tras años de haber estado perdida, Valentina Rojas aparece misteriosamente en la estación de policía asegurando que apenas recordó quien era. Ante esto sus tíos, quienes se habían quedado con toda la fortuna de sus padres, la buscan, pero solo para ser el reemplazo de su hija en un matrimonio acordado con los Alcorta, ya que todos saben que Dante Alcorta, su futuro esposo, se había vuelto loco después de un accidente.
Valentina acepta el matrimonio y al llegar a la mansión lo primero que hace es descubrir que en realidad Dante no está loco como todos creen y que todo se trata de una conspiración para apoderarse de toda la herencia Alcorta, pero valentina no permitirá esto, porque lo que nadie sabe, es que Valentina desde un inicio tenía planeado aceptar ese matrimonio y su regreso no fue una coincidencia. ¿Quién es realmente Valentina? ¿Por qué acepto el matrimonio con Dante?
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Capítulo 24
Capítulo 24
Valenntina no perdió tiempo escuchando quejas.
Miró a Marta Méndez y preguntó con una sonrisa:
-¿Un gerente de área puede despedir empleados?
La pregunta alcanzó para que todos se callaran.
Marta respondió:
-Puede.
Valenntina levantó un dedo y señaló a Silvia. Después a los otros empleados antiguos, uno por uno.
-Vos, vos y vos. Despedidos. El Grupo Alcorta no necesita gente que cobra por calentar la silla ni empleados que abusan de los nuevos.
Silvia se puso roja.
-¿Con qué derecho? Hace años que trabajamos acá. Si no tenemos mérito, al menos tenemos antigüedad.
No era joven. Afuera no iba a conseguir un sueldo como el del Grupo Alcorta. Los otros también empezaron a amenazar con denuncias.
Valenntina soltó una risa fría.
-Si tanto les importaba este trabajo, tendrían que haber trabajado. Tengo pruebas de que no cumplen funciones, maltratan compañeros y extorsionan recién llegados. ¿Quieren que presente todo y además haga la denuncia?
Nadie contestó.
-Que puedan salir enteros del Grupo Alcorta ya es bastante generoso de mi parte. No copien a Lili. No tienen capacidad, pero les encanta buscar pelea. Ah, y Lili también está despedida. Marta, avisen que no hace falta que venga.
Así, en menos de una mañana, logística quedó reducida a dos personas: Valenntina y Dina.
Dina miraba a Valenntina con una admiración que casi daba vergüenza.
En algún momento, se acercó y preguntó en voz bajita:
-¿Vos tenés algún respaldo?
Valenntina se acomodó la manga.
-Claro.
Dina abrió los ojos.
-¿Quién?
-La justicia.
Dina se quedó en silencio.
Le dieron ganas de reírse y llorar al mismo tiempo.
Con el departamento limpio, Valenntina empezó a ir y venir con horario perfecto. Llegaba, hacía lo necesario, revisaba documentos y, cuando tenía un rato, avanzaba con su guion.
Sebastián buscaba cualquier excusa para hablarle del proyecto.
-¿Cómo va “Médicos de la Patria”?
-Avanza.
-Si querés, puedo ayudarte a revisar diálogos.
-Estoy trabajando. Después.
-¿Trabajando? ¿En un hospital?
-No. Soy jefa de logística en una empresa.
Del otro lado, Sebastián se quedó sin palabras.
¿Logística?
Valenntina Rojas, médica de élite internacional, guionista famosa, mujer que podía operar con una precisión absurda, ahora era jefa de un área administrativa.
¿Estaba probando una vida normal?
Cuanto menos explicaba ella, más decidido quedaba él a acercarse.
Esa tarde, cuando Valenntina volvió a la mansión Alcorta, una empleada le avisó:
-El segundo señor volvió.
Valenntina se sorprendió.
Dante había viajado para recuperar los negocios en el exterior. Calculaba que le llevaría uno o dos meses, como mínimo.
No sabía que en apenas una semana Dante había usado una mano brutal para tomar todo de vuelta. Iván Alcorta todavía creía que la mitad de las acciones le daba poder para resistir, pero terminó expulsado del directorio sin piedad.
Valenntina subió al quinto piso.
Al abrir la puerta del dormitorio, vio a Dante dormido en el sofá.
Estaba sentado, la cabeza inclinada, todavía con el traje puesto.
-Grande y todo, no sabe ni taparse -murmuró ella.
Buscó una manta y se acercó para cubrirlo.
Entonces le vio la cara.
Demasiado pálida.
Valenntina le tocó la frente.
Ardía.
Miró el saco negro. En la zona del abdomen había una humedad oscura que no correspondía. Ella se inclinó para abrirle la chaqueta.
Dante reaccionó de golpe. Le atrapó la muñeca y rugió:
-¡Salí!
Abrió los ojos con una ferocidad automática. Cuando la reconoció, todo su cuerpo aflojó.
Le soltó la mano.
-Perdón. Casi me olvido de que ya estaba en casa.
La casa antes también era fría para él. Pero desde que Valenntina estaba ahí, la palabra “casa” había empezado a tener algo de refugio.
Intentó sonreír.
-Qué bueno verte.
-¿Estás herido? Sacate la ropa.
-No hace falta. Ya me atendieron.
-¿Ya te atendieron un carajo? Tenés el saco mojado. La herida se abrió. ¿Querés morirte por hacerte el fuerte?
Con ese tono, Dante obedeció.
Se quitó el saco y la camisa. El torso firme quedó al descubierto. En el abdomen tenía vendas empapadas de sangre.
Valenntina frunció el ceño.
-¿No viajaste con guardaespaldas? ¿Cómo terminaste así?
La mirada de Dante se heló.
-Iván. Como no pudo ganarme de frente, mandó a matarme. Después supe que estaba metido con una organización armada de afuera. Eran muchos. Me descuidé un segundo y me pegaron un tiro.
-¿Y ese imbécil?
-En el exterior. No se anima a volver. Sabe que lo mato.
La gente solo veía a Dante como un hombre cruel, capaz de no perdonar ni a un hermano. Nadie hablaba de lo que significaba crecer rodeado de ataques, con la obligación de volverse más fuerte que todos para sobrevivir.
En eso, Valenntina lo entendía demasiado bien.
-¿Cómo se llama esa organización?
-Los Carniceros. Nacieron en un país africano. Iván se les acercó para afianzarse más rápido afuera. ¿Por qué preguntás?
Dante levantó la vista y alcanzó a ver, apenas un instante, el filo asesino en los ojos de Valenntina.
Ese filo desapareció enseguida.
Ella sonrió.
-Por saber quién lastimó a mi marido.
Para saber a quién cobrarle.
Los Carniceros se creían perros con colmillos. Ya una vez Valenntina les había desarmado una base y los había dejado medio muertos, perseguidos internacionalmente. Ahora se movían otra vez, pensando que Iván les podía abrir camino.
Tendrían que preguntarle a ella si les daba permiso.
Valenntina revisó la herida. La bala ya estaba fuera. No había tocado órganos, por suerte. El viaje y el cansancio habían abierto los puntos.
Presionó dos zonas de acupuntura y la sangre se frenó. Después sacó instrumental de sutura y volvió a cerrar la herida.
En heridas externas, sus manos eran limpias y rápidas. Dante casi no sintió dolor.
Lo que sí sintió fue el roce accidental de los dedos de ella sobre su piel.
Leve. Suave. Peligroso.
-¿Podés ponerte de pie? Tengo que vendarte.
-Sí.
Dante se levantó.
Le sacaba más de media cabeza. Al bajar la mirada, le vio el cuello de costado, la piel clara, la línea limpia, la oreja pequeña con un tono apenas rosado. La luz del atardecer le caía por detrás y la envolvía con una suavidad que no ayudaba.
Tal vez era la fiebre.
Tal vez era ella.
-¿Puedo besarte? -murmuró.
-¿Qué?
Valenntina estaba concentrada en la venda y no llegó a entender.
Cuando levantó la cara, Dante ya la había besado.
Por un segundo, la cabeza de Valenntina quedó en blanco. Identidad, misión, planes, todo desapareció. Solo existía la presión suave en los labios.
El beso de Dante fue ligero, cuidadoso, casi torpe. Pero le rompió el orden interno con una facilidad absurda.
Cuando recuperó la razón, levantó la mano.
La cachetada sonó seca.
-¡Dante Alcorta, viejo degenerado!
Era su primer beso.
Ella pensaba guardarlo para alguien que de verdad fuera suyo. Y este hombre se lo había robado en un descuido.
Dante, sin defensa y con fiebre, cayó sentado en el sofá. La marca de los dedos apareció rápido en su mejilla.
Valenntina salió furiosa.
Él no pareció sentir el golpe. Se tocó los labios.
-¿Será que de verdad... me enamoré de ella?
Cerró los ojos.
Otra imagen apareció: una chica con uniforme camuflado sobre la cubierta de un barco, en aguas extranjeras. El viento le revolvía el pelo y también a él le había revuelto la cabeza.
Tal vez era codicioso.
Tal vez había dejado entrar a dos mujeres en el mismo lugar del pecho.
Valenntina llegó al jardín de una sola corrida.
Después de un rato de rabia, empezó a preguntarse si no le había pegado demasiado fuerte. Dante estaba herido. La sangre recién se había detenido. ¿Y si con el golpe se le abría todo otra vez?
Sacudió la cabeza.
-Si sangra, se lo merece.
Igual abrió una comunicación segura.
-Lobo Blanco, Los Carniceros aparecieron hace poco en Seattle, Estados Unidos. Averiguá la ubicación exacta y filtrá, sin que se note, los datos y fotos de sus miembros centrales a Seguridad estadounidense.
-Sí.
Los Carniceros habían provocado en Estados Unidos varios ataques graves. Las agencias de seguridad los odiaban. Si recibían el rastro, no iban a dejarlos respirar.
Valenntina cortó y murmuró, como si necesitara convencerse:
-No es por vengar a ese viejo degenerado. Es para que no sigan dañando gente.
Como Dante había vuelto de golpe, Ricardo Alcorta y Bruno con Lorena regresaron para cenar.
Ricardo había recibido una llamada de Iván y quería mediar entre hermanos. Bruno, por sus propios canales, había oído que Dante estaba herido y venía a comprobarlo.
La mesa parecía familiar y tranquila.
En realidad, cada uno traía su cálculo.
Dante bajó con ropa cambiada. A simple vista no se le notaba nada, salvo la marca de la cachetada en la cara.
Lorena lo miró fijo.
-Segundo hermano, ¿qué te pasó en la cara? ¿Quién se animó a pegarte?
Justo entró Valenntina. Vio a Dante, puso cara fría y se sentó.
Dante no contestó a Lorena. Se inclinó hacia Valenntina y dijo bajo:
-Perdón.
Valenntina venía decidida a no hablarle más. Pero el perdón le desarmó un poco el enojo. Además, las miradas de Bruno y Lorena estaban demasiado atentas.
Así que lo miró con un reproche fingido.
-Ya está. Igual te la devolví.
Lorena quedó perdida.
-¿Qué significa eso? ¿Se pelean cada vez que se ven?
Ricardo aprovechó para adoptar pose de padre.
-Una esposa debe ser dulce, prudente, respetar al marido. ¿Cómo vas a pegarle? Muy vulgar.
Dante lo miró sin temperatura.
-¿Ahora también vas a opinar sobre los juegos privados de mi matrimonio?
Ricardo se atragantó con su propia autoridad.
Bruno escuchó otra cosa.
¿No decían que Dante había vuelto gravemente herido? ¿Cómo podía tener ánimo para juegos de alcoba? ¿La información estaba mal?
Valenntina bajó la cabeza con una timidez actuada. Por debajo de la mesa, pellizcó el brazo de Dante. Al tocarle la piel, la sintió ardiendo.
La fiebre había subido.
Estaba sentado ahí por pura fuerza de voluntad.
Ricardo tosió un par de veces para salir del bochorno.
-Dante, recién me enteré de lo de Iván. Son hermanos. No hace falta llegar a ese extremo. La plata va y viene, pero la sangre...
Dante soltó una risa corta.
-¿Recién te enteraste? ¿Qué te dijo Iván? ¿Que llegué a Estados Unidos y le saqué el cargo de CEO? ¿Por qué no preguntás por qué el directorio votó por unanimidad? ¿Sabés qué hizo Iván estos tres años afuera?
-Bueno... -Ricardo no tenía respuesta-. Igual es tu hermano. Hacelo por mí. Dale una salida. Afuera está complicado. Mejor que vuelva.
-Papá tiene razón -intervino Bruno-. En familia no hay rencor que no pueda arreglarse.
Bruno quería a Iván de vuelta para que chocara contra Dante. Mientras ellos se mordían, él podía mirar desde el costado.
Dante levantó los ojos hacia él.
-Entonces que vuelva al Grupo Alcorta como presidente. Está acostumbrado a mandar. Cualquier otro cargo le va a parecer poco.
El presidente actual era Bruno.
Bruno sonrió y no dijo nada.
Ricardo, al ver que no lograba convencerlo, propuso otra salida:
-Ya le quitaste las acciones que tenía afuera. Que no participe más de esos negocios. Dale diez mil millones y que se arme solo.
Dante se rió.
-Ah. Entonces lo que te molesta es que le saqué las acciones y le corté los dividendos. Cuando él aprovechó que yo estaba enfermo, falsificó mi autorización y se quedó con mis acciones, ¿por qué no dijiste nada?