Sofía siempre ha obedecido a sus padres por miedo a decepcionarlos. Su vida cambia cuando su padre y el mejor amigo de este,, deciden obligarlos a casarse para unir a sus familias y sus empresas.
Adrián, el heredero de una de las empresas más poderosas de Rusia, tampoco desea ese matrimonio. Obligados a compartir una vida que ninguno eligió, ambos descubrirán que el destino puede cambiarlo todo.
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capitulo 2
Adrián
—Veo que hoy madrugaste —dice José mientras bosteza.
—Sabes que me gusta entrenar temprano. Comencemos, tengo que trabajar.
—No entiendo por qué te gusta boxear a esta hora. Son las cuatro de la madrugada. ¿De quién te escondes que no puedes venir en la tarde? Me hiciste levantar de la cama cuando estaba teniendo el mejor sueño de mi vida.
No pude evitar sonreír.
—No empieces otra vez. Vamos a correr para entrar en calor.
—Algún día voy a dejar de ser tu amigo.
—Eso dices todos los días.
—Y algún día lo cumpliré.
Los dos empezamos a trotar alrededor del gimnasio. El aire frío golpeaba mi rostro y me hacía sentir vivo. Después de varios minutos comenzamos a entrenar.
El boxeo siempre ha sido mi escape.
Cuando subo a un ring, el mundo deja de existir. No importa el dinero, la empresa o los problemas. Solo existen mi rival y yo.
Más de una vez pensé en dedicarme profesionalmente a este deporte, pero mi padre jamás lo permitiría.
Según él, un Montenegro no nació para recibir golpes.
Nació para dirigir un imperio.
Tres horas después terminamos el entrenamiento.
Dejé a José en su casa y conduje hasta la mía.
Entré directo a mi habitación, me quité la ropa y abrí la ducha. El agua fría recorrió mi cuerpo, relajando los músculos cansados. Después me puse un traje negro, tomé mi reloj y bajé al comedor.
—Buenos días, padre.
—Buenos días. Escuché que saliste temprano.
—Fui a correr.
Me observó durante unos segundos.
—Espero que sea cierto. No quiero volver a escuchar rumores de que sigues peleando. Un hijo mío jamás puede dedicarse a ese deporte.
No respondí.
Discutir con él nunca servía de nada.
Tomé asiento y comencé a desayunar.
Tengo veinticuatro años y, aun así, intenta controlar cada aspecto de mi vida.
Podría irme de esta casa cuando quisiera.
Tengo dinero suficiente para hacerlo.
Pero desde que mi madre murió no he querido dejar a mi padre solo.
Tal vez por eso sigo soportando todas sus decisiones.
Cuando terminé de comer me levanté.
—Tengo que irme a la empresa.
—Espera, Adrián.
Volví a mirarlo.
—Mi mejor amigo tiene una hija. Dentro de dos días cenaremos con su familia. Quiero que compres unas flores y te comportes como un caballero.
Fruncí el ceño.
—¿Para qué?
—Porque será tu futura esposa.
Sentí que el cuerpo se me tensó.
—No voy a casarme con una desconocida.
—No te estoy pidiendo tu opinión.
Su voz fue fría.
—Las dos empresas más importantes de Rusia se convertirán en una sola. Eso significa más poder, más dinero y más prestigio. Dentro de cuatro meses cumplirás veinticinco años. Ya es hora de que formes una familia.
Apreté la mandíbula.
—No puedes decidir con quién voy a pasar el resto de mi vida.
—Sí puedo.
Se levantó de la silla y acomodó su saco.
—Y la decisión ya está tomada.
Salió del comedor sin esperar una respuesta.
Me quedé inmóvil unos segundos.
¿Casarme?
Ni siquiera sabía cómo era esa mujer.
Seguro era una de esas chicas que solo viven pendientes del maquillaje, las fiestas y las apariencias.
Tomé las llaves de mi auto y salí de la casa.
Durante todo el camino no dejé de pensar en las palabras de mi padre.
La rabia iba creciendo dentro de mí.
Necesitaba golpear algo.
Saqué mi celular y llamé a José.
No respondió.
Volví a marcar.
—¿Qué pasó? —contestó con voz adormilada.
—Consígueme una pelea para esta noche.
—¿No habías dicho que dejarías las peleas clandestinas?
—Solo consíguela.
Hubo unos segundos de silencio.
—Está bien... Déjame hacer unas llamadas. Te aviso.
—Perfecto.
Colgué.
Después de seis horas en la empresa recibí el mensaje de José.
"Conseguí rival. Ocho de la noche."
Sonreí por primera vez en todo el día.
...
El lugar estaba lleno.
Unas treinta personas rodeaban el ring improvisado mientras hacían apuestas.
Entré al vestidor, me cambié de ropa y salí.
Mi rival ya me esperaba.
Sonó la campana.
El primer golpe fue suyo.
Lo esquivé con facilidad.
Respondí con un derechazo al estómago que lo hizo retroceder.
Antes de que pudiera recuperarse lancé un gancho directo a su mandíbula.
Cayó al suelo.
El árbitro comenzó la cuenta.
Diez.
La pelea había terminado.
Los aplausos y los gritos llenaron el lugar.
José llegó sonriendo mientras sostenía un fajo de billetes.
—Lo hiciste otra vez. Ganaste la apuesta.
Miré el dinero y luego se lo entregué.
—Quédate con él.
Me observó sorprendido.
—¿Estás hablando en serio?
—Inviértelo en el gimnasio. Ese lugar necesita mejoras.
José sonrió como un niño.
—Sabía que eras el mejor.
Solté una pequeña risa.
Si tan solo los problemas pudieran resolverse con unos cuantos golpes...
Dentro de dos días conocería a la mujer con la que mi padre quería obligarme a casarme.
Y estaba completamente seguro de que esa cena sería un desastre.