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MARIONETA

MARIONETA

Status: Terminada
Genre:CEO / Completas
Popularitas:611
Nilai: 5
nombre de autor: Marilinaa

Antonia Valentini es una talentosa actriz de teatro que ha conquistado al público con su impecable interpretación de cada personaje. Su belleza, dulzura y noble corazón la convierten en una mujer admirada por todos los que la conocen. Lejos del brillo de los escenarios, dedica su vida a cuidar de su madre enferma y a apoyar a su hermano menor, Lorenzo Valentini, quien cursa su último año de instituto. El salario que recibe apenas alcanza para cubrir los medicamentos de su madre y los estudios de Lorenzo, pero jamás se ha rendido.

Su tranquila existencia cambia por completo cuando Aaron De Santis, el frío e implacable CEO de una de las corporaciones más poderosas del país, se convierte en el nuevo patrocinador del teatro donde ella trabaja.

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Capitulo 10

El salón de baile de la mansión De Santis brillaba con luces de cristal y oro, lleno de la élite más poderosa del país. Antonia caminaba junto a Aarón, sintiéndose pequeña y fuera de lugar entre vestidos de seda y joyas que costaban más que toda su vida. El vestido que él le había enviado era hermoso, pero le apretaba el alma: se sentía disfrazada, como si no fuera ella quien caminaba allí.

—Mantén la cabeza alta —le ordenó Aarón entre dientes, sin dejar de sonreír ante los invitados—. No te muevas como si pidieras perdón por estar aquí. Eres mía, y eso te da derecho a estar en cualquier sitio.

—No me siento así —susurró ella, con la voz apenas audible—. Todos me miran como si fuera algo extraño.

—Déjalos mirar —respondió él, apretando su cintura con una fuerza que le dolió—. Que sepan a quién perteneces.

En ese momento se acercaron un grupo de socios y amigos de la familia. Aarón los detuvo con un gesto, y señaló a Antonia con un ademán posesivo, como si mostrara un coche nuevo o una obra de arte recién comprada.

—Permítanme presentarles mi nueva adquisición —dijo en voz alta, con una sonrisa burlona que heló la sangre de la joven—. Antonia Valentini. Una pieza única, ¿no creen?

Un murmullo recorrió el grupo. Algunos soltaron risitas, otros la recorrieron con miradas descaradas. Antonia sintió que el suelo se abría bajo sus pies. Quería correr, querer gritar que no era eso, que era una persona, pero recordó las amenazas contra su familia y se obligó a quedarse quieta, con la mirada baja.

—¿Una adquisición, Aarón? —preguntó uno de los hombres, con tono de burla—. ¿Ya no bastan los negocios y las propiedades? ¿Ahora también compras personas?

—Todo lo que vale la pena se puede adquirir —respondió él con total frialdad, y giró hacia ella, tomándole la barbilla para obligarla a levantar la cara—. ¿Verdad, preciosa? Tú estás aquí porque yo lo quiero. Porque yo pagué el precio por ti. ¿No tienes nada que decir?

Antonia tragó saliva, sintiendo las lágrimas acumuladas en los ojos.

—Sí… señor —logró murmurar.

—¿Señor? —repitió él, arqueando una ceja ante los invitados—. Vaya, incluso tiene modales. Aunque supongo que le enseñaron rápido lo que pasa cuando no se obedece.

Irina apareció entre la multitud en ese instante, impecable como siempre, y se acercó con una sonrisa victoriosa.

—Veo que ya has puesto las cosas en su sitio, querido —dijo, pasando una mano por el brazo de Aarón sin mirar a Antonia—. Yo le advertí que no confundiera un regalo con la dueña de la casa. Pero parece que ha entendido bien su lugar.

—Exacto —coincidió Aarón, y le dio una palmada suave a Antonia en la mejilla, como se haría con un perro bien educado—. Es solo una marioneta. Se mueve cuando yo tiro de los hilos. No tiene voluntad propia. ¿Para qué darle más importancia de la que merece?

Alguien soltó una carcajada. Antonia sintió que cada palabra era un latigazo en su dignidad. Sus piernas temblaban, y tuvo que apoyarse levemente en él para no desmayarse. Aarón lo notó, y le susurró al oído, solo para ella:

—Aguanta. Si te derrumbas aquí mismo, te aseguro que mañana tu madre vuelve a la lista de espera de la muerte. Sonríe. Haz lo que te digo.

Ella forzó una sonrisa que le dolió hasta los huesos, mientras todos seguían mirándola, juzgándola, sabiendo que para ellos no era más que un capricho caro del hombre más poderoso de la ciudad. Vicent Gherardi, desde un rincón apartado, observaba todo con el rostro desencajado, apretando la copa en su mano hasta que sus nudillos se pusieron blancos. No podía creer lo que veía: su mejor amigo estaba exhibiendo a una mujer como si fuera un trofeo, disfrutando de humillarla delante de todos. Y supo entonces que tenía razón: Aarón se había perdido en su propia obsesión.

Cuando terminaron de presentarla como si fuera un objeto más, Aarón se llevó a Antonia hacia un rincón más tranquilo, pero no la soltó.

—Lo hiciste bien —le dijo, sin ningún rastro de ternura—. Por primera vez, todos saben que no te tocan, no te hablan, no te miran sin mi permiso. Ahora eres mía en público y en privado. ¿Te queda claro?

Antonia asintió, sin poder hablar, con el corazón hecho pedazos. En ese momento comprendió que el infierno no era estar sola… sino estar rodeada de gente y sentirse más vacía que nunca.

Un hombre de cabello cano y traje impecable se inclinó hacia ella, mirándola con una curiosidad insolente que la hizo retroceder instintivamente.

—Y dime, muchacha —le dijo con tono burlón—, ¿es cierto que harás cualquier cosa que él te ordene? ¿Incluso si te pide que te arrodilles aquí mismo?

Antonia sintió que el rostro se le incendiaba de vergüenza. Abrió la boca para rechazar aquella ofensa, pero la mano de Aarón se cerró con fuerza sobre su muñeca, dejándole claro que no debía hablar. Él mismo respondió por ella, con una sonrisa cruel:

—Si yo se lo pido, lo hará. ¿Verdad, Antonia? Muéstrales que sabes obedecer.

El nudo en la garganta de la joven se hizo tan grande que casi no podía respirar. Miró los ojos de Aarón, buscando aunque fuera un rastro de piedad, pero solo encontró la exigencia de quien exige sumisión total. Con las piernas temblando, bajó la mirada y asintió apenas, con un hilo de voz:

—Sí… haré lo que usted diga.

Varias risas se escucharon alrededor. Irina se acercó entonces, pasando una mano por la solapa de Aarón como si marcara territorio, y le dijo bajito para que solo ellos dos oyeran:

—Ves? No hay nada que temer. Sabe perfectamente dónde está su sitio.

—Así debe ser —respondió él, sin apartar la vista de Antonia, que se sentía desaparecer bajo aquellas miradas—. Lo que compro, lo controlo hasta el último detalle. No tolero sorpresas.

Cuando el grupo se dispersó para seguir con la velada, Aarón la llevó hacia una columna apartada, pero no la soltó. La empujó suavemente contra el mármol frío y le habló muy cerca del rostro, con voz cortante:

—¿Por qué dudaste? —le reclamó—. Cuando te hizo esa pregunta, dudaste. ¿Crees que me gusta que parezcas reacia? ¿Quieres que piensen que no sabes lo que te conviene?

—No sé lo que hago —susurró ella, con las lágrimas desbordándose por fin—. Me humillan, se burlan de mí, me tratan como si no fuera una persona… y usted se queda ahí sonriendo. ¿Cómo puede ser tan cruel?

—Cruel es que te dé la oportunidad de estar aquí —replicó él sin inmutarse, secando una lágrima de su mejilla con el dedo, pero con una dureza que no le permitió sentir consuelo—. Cruel sería dejarte en la miseria, viendo morir a tu madre poco a poco. Así que agradece que solo sean palabras. Ahora seca eso. Nadie debe ver llorar a mi propiedad. Me da mala imagen.

Antonia cerró los ojos con fuerza, sintiendo que se desgarraba por dentro.

—Propiedad… repite esa palabra como si yo fuera un mueble. Pero tengo corazón, tengo sentimientos… duelo, sufro. ¿No le importa nada?

—No —respondió él sin dudarlo ni un segundo—. Solo me importa que cumplas. Lo demás… es un adorno que yo tolero mientras no estorbe. Ahora ponte derecha. Vamos a saludar al embajador, y esta vez no te quedes callada hasta que te hable. ¿Entendido?

Ella abrió los ojos, miró a la gente que seguía pasando, ajena a su dolor, y comprendió que para todos allí era solo un trofeo más. Una marioneta que el hombre más poderoso de la ciudad había decidido exhibir para demostrar que podía tenerlo todo: negocios, poder… y hasta una vida ajena.

Desde el otro extremo del salón, Vicent vio cómo Aarón la obligaba a enderezarse, cómo ella tragaba su dolor y se ponía la máscara de obediencia. Apretó los dientes y murmuró para sí mismo:

—Estás destruyéndola, Aarón. Y no te das cuenta de que te estás destruyendo tú mismo con ella.

 

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