Una maldición transmitida por generaciones con el poder de controlar el clima del reino con las emociones del portador y un rey con una vida llena de tragedias
NovelToon tiene autorización de Lelixi para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
El Baile de la Concordia
El Gran Salón de la Fortaleza de la Cumbre resplandecía como no lo había hecho en décadas. Cientos de candelabros de hierro forjado iluminaban los altos arcos de ojiva y las arquerías de mármol. Los tapices históricos de la Casa Vaelor, restaurados para la ocasión, vestían las paredes de piedra, mientras la música de arpas y flautas llenaba el ambiente con melodías cortesanas.
La nobleza de Eldamar y los delegados de Valoria ocupaban las mesas dispuestas a lo largo de la estancia.
En el estrado principal, Manuel presidía la mesa real. Vestía un jubón de terciopelo azul noche bordado en hilo de plata con la constelación del Firmamento, y sobre sus sienes lucía la elegante corona de plata y zafiros de sus antepasados. Su porte era majestuoso, pero sus ojos grises buscaban con discreción entre la multitud.
Fue entonces cuando las trompetas de los heraldos anunciaron la entrada de la comitiva del archiduque.
Al frente caminaba Roderic, seguido por sus oficiales. Pero todas las miradas de la sala se desviaron hacia la joven que caminaba a su lado.
Valeria vestía un traje ceremonial de seda verde esmeralda y encaje de plata que evocaba los bosques del sur. Su cabello castaño dorado estaba recogido en una diadema trenzada con pequeñas perlas marítimas. Caminaba con una elegancia sencilla y luminosa. Al alzar la vista hacia el estrado real, sus ojos se encontraron con los de Manuel.
Un leve rubor cubrió las mejillas de la joven, mientras el rey sentía que su corazón daba un vuelco de emoción contenida.
Afuera de la fortaleza, en la noche oscura de la capital, ocurrió un prodigio que hizo que los guardias de los almenas se detuvieran a contemplar el cielo. El manto nocturno no se cubrió de nubes ni de granizo; en su lugar, una luz auroral de tonos dorados, violetas y esmeraldas comenzó a ondular suavemente sobre la bóveda celeste, iluminando los tejados de Eldamar con un resplandor mágico y apacible.
—Mirad el cielo... —susurró el Archmaestre Elion a Caelen, contemplando los ventanales superiores del salón—. Jamás en los anales de la Casa Vaelor se había registrado una manifestación semejante. No es contención... es armonía pura.
Manuel descendió del estrado y avanzó hacia la delegación de Valoria. Siguiendo el protocolo, el rey ofreció su mano a Valeria para conducirla a la mesa de honor.
—Bailáis con las sombras de la noche, Majestad —susurró Valeria con picardía mientras sus dedos se unían a los del rey.
—Solo intentaba asegurarme de que la belleza del cielo no opacara a la dama que ha transformado mi reino —respondió Manuel en un susurro audible únicamente para ella, sosteniendo su mirada con intensidad.
Durante las primeras horas del banquete, el ambiente fue de celebración genuina. Los nobles brindaban por la apertura de las rutas comerciales y la paz entre ambas naciones. Manuel y Valeria compartieron conversaciones fluidas, risas amortiguadas por el rumor de los vítores y miradas que hablaban más que cualquier tratado diplomático.
Sin embargo, en el extremo oriental del salón, el canciller Kaelen preparaba el momento de su intervención.