Ian es el omega perfecto: dócil, hermoso, prometido al alfa más codiciado de la preparatoria. No sabe que para Karl es solo una fachada. Cuando descubre la verdad, muere empujado por unas escaleras.
Pero en su cuerpo despierta Joseph, un chico de barrio con alma de superviviente. Ahora habita la piel del omega ingenuo y tiene un plan: desenmascarar a Karl y liberarse del compromiso.
El problema es Kevin, el hermano mayor de Karl. El heredero silencioso. El único que parece ver más allá de la farsa.
Lo que empieza como venganza se convierte en un amor prohibido. Porque las feromonas no mienten, y Joseph tendrá que elegir entre seguir habitando una mentira o confesar quién es... y perderlo todo.
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CAPÍTULO 22: La orden
(POV de Kevin)
Llegamos a la mansión Mendoza y paré el auto en la puerta. Ian me miró con esos ojos que habían dejado de ser inocentes pero que seguían haciendo que mi corazón latiera desbocado y que mi perfecto autocontrol, trabajado durante años, se resquebrajara.
—¿Entras? —me preguntó con una sonrisa.
Tuve que poner todo de mi parte para decirle:
—Mejor no. Debo ir a casa, ya mis padres deben saber que estoy aquí.
Ian se puso serio al momento.
—Espero que toda la situación con Karl no te cree problemas. Si necesitas que vaya contigo para explicar lo que pasó, puedo hacerlo.
¿Ian queriendo hacer algo por mí? ¿Protegiéndome en cierto sentido? Eso era algo demasiado nuevo, demasiado extraño, pero no podía negar que me gustaba.
—No te preocupes, todo estará bien. Karl se estaba comportando como un idiota y no podía permitirlo.
—Está bien —dijo, aunque no parecía muy convencido—. Entonces, si necesitas algo, me llamas.
Asentí. Él se bajó del auto y cerró la puerta, luego se agachó un poco y dijo por la ventanilla:
—Adiós, Kevin. Cuídate.
Se giró y caminó hacia la entrada.
Yo me quedé ahí, viéndolo alejarse, sin poder apartar mi mirada. Esa ropa le quedaba bien, más de lo que debería. No era lo que estaba acostumbrado a verlo usar, pero no podía negar que este nuevo estilo lo favorecía mucho. Antes era lindo, ahora... ahora era sexy. Una belleza salvaje.
Cerré los ojos, apoyé la cabeza en el asiento y por primera vez desde que salimos, me permití respirar hondo. El olor de Ian seguía flotando en el auto a pesar de haber mantenido todo el tiempo las ventanillas abiertas. Le había dicho que lo hacía porque mi feromona se concentraba en los espacios pequeños, y en parte era verdad, pero no lo era en su totalidad. La realidad es que su aroma me gustaba demasiado, siiempre me había gustado. Pero ahora, con este nuevo matiz, para mí era totalmente embriagador.
—Dios, no puedo seguir así —dije mientras me pasaba una mano por la cara.
Esto se estaba volviendo totalmente peligroso. Y lo peor era que me gustaba, que no quería apartarme.
—Es el prometido de tu hermano —me dije a mí mismo—. Para él solo eres Kevin, su amigo de la infancia, tienes que controlarte.
Abrí los ojos, arranqué el auto y me dirigí a la casa de mis padres. Sabía que iba a ser desagradable. Mi madre, mii padre, Karl, todos esperándome, rodos con preguntas, con exigencias. Pero no ir solo iba a empeorar la situación. Así que tomé la carretera con el olor de Ian todavía en la nariz, como un recordatorio de todo lo que no debería sentir.
———
Llegué a la mansión Valois y lo supe de inmediato. El ambiente estaba cargado, pesado, como si alguien hubiera estado gritando durante horas y las palabras todavía flotaran en el aire. Aparqué el auto, respiré hondo y entré.
Mi madre estaba en el salón, de pie, con los brazos cruzados y esa expresión suya que decía "te vas a arrepentir de haber nacido". Vestida de diseñador, impecable como siempre, pero sus ojos verdes echaban chispas. Su olor a rosas llenaba el salón, pero hoy no era el olor frío y controlado de siempre. Era un olor ácido, como si las rosas se hubieran marchitado de golpe
—Kevin —dijo. Y su voz sonó fría, cortante—. Ven. Ahora.
Cerré la puerta, caminé hacia ella y antes de que pudiera decir nada, empezó.
—¿Cómo se te ocurre? —Su voz temblaba de rabia—. ¿Cómo se te ha ocurrido gritarle a tu hermano? ¿Humillarlo delante de la gente en un café público? ¿Tienes idea del daño que has hecho?
—Mamá...
—No me interrumpas. —Dio un paso hacia mí—. Tu hermano estaba haciendo lo que tenía que hacer y tú, en lugar de apoyarlo, ¿qué haces? Te pones del lado del omega, lo defiendes, lo proteges. Como si Karl fuera el enemigo.
—Karl estaba comportándose como un idiota —dije con calma.
—¿Idiota? —Mi madre soltó una risa corta—. ¿Idiota es ir a buscar a su prometido? ¿Idiota es reclamarle que haya salido con otro hombre sin avisarle?
—Idiota es reclamarle que no lo esperó en casa cuando él nunca se molesta en aparecer. Idiota es agarrarlo del brazo cuando le dice que lo suelte y hacer un espectáculo en un café público porque su prometido tiene vida propia.
—Su vida es Karl. Es su prometido y debe respetarlo.
—¿Respetarlo? —Me reí, sin ganas—. ¿Qué respeto le ha dado Karl? ¿El de cancelar los sábados una y otra vez? ¿El de mentirle? ¿El de tratarlo como un adorno?
—Ian tiene que conocer su lugar...
—Su lugar no es esperar en casa a que Karl se digne a aparecer. Eso no es un lugar, eso es una condena.
—¡Su lugar es obedecer a su alfa! —Mi madre alzó la voz—. Y tú, como hermano mayor, como heredero, tienes la obligación de cuidar el nombre de esta familia, no de ponerte a discutir con tu hermano por defender a otro. Menos aún en público.
—¿Cuidar el nombre de la familia? —Sentí algo arder en el pecho—. ¿Cuidar el nombre de la familia es permitir que Karl humille a Ian?
—Ian tiene que cumplir con lo que le toca. Si Karl dice que tiene que irse, tiene que irse. Y punto. Él tenía que haber pedido perdón por molestar a su alfa y luego seguirlo, no causar un escándalo.
—El escándalo lo hizo Karl. Gritando, reclamando, agarrándolo del brazo. Yo solo puse un poco de orden.
—No me interesa quién gritó más, me interesa que tu hermano quedó mal delante de gente, delante de Ian. Y tú fuiste parte de eso. —Mi madre me miró. Fría. Calculadora—. Solo espero que esta situación no dé de qué hablar, que no trascienda. Porque si trasciende, si la gente empieza a comentar que el prometido de Karl Valois no respeta a su alfa, y que el heredero Valois se pone del lado del omega... ¿sabes lo que eso significa? ¿Sabes el daño que le hace a nuestra reputación? ¿A nuestros negocios?
—No me importa la reputación.
—Pues debería importante. Tu prioridad es cuidar el apellido familiar, no ponerte a discutir por defender a un omega. —dijo con desprecio.
—¿Un omega? —La miré. Directo—. Tú eres una omega, mamá. No sé cómo puedes hablar así de alguien de tu misma casta.
Mi madre se quedó quieta, sus ojos verdes se abrieron un poco más. Y su olor a rosas se volvió más intenso, más frío, más cortante.
—Un omega debe conocer su sitio —dijo, y su voz sonó más baja, más peligrosa—. Y respetar a su alfa.
—¿Aunque el alfa no lo respete? —pregunté.
Silencio.
Mi madre abrió la boca pero no supo qué decir, porque no tenía respuesta, porque sabía que yo tenía razón. Pero no iba a admitirlo, nunca lo admitiría. Y entonces, la puerta se abrió de golpe.
Karl.
Entró con paso firme, con el ceño fruncido, con su olor amenazante.
—¿Se puede saber qué te crees? —dijo. Y su voz sonó dura, afilada—. ¿Quién te crees que eres para meterte en mi relación?
—Karl...
—No. —Dio un paso hacia mí—. Te hice una pregunta. ¿Quién te crees que eres para llevarte a Ian? ¿Para meterte donde no te llaman? ¿Para ponerte a defenderlo como si tú fueras su alfa?
—Ian me invitó, no me lo llevé a ningún sitio.
—¡Es mi prometido! —Karl alzó la voz—. ¡Mío! Y tú no tienes ningún derecho a estar con él, ni a hablar con él, ni a mirarlo siquiera.
—¿Derecho? —Me reí sin ganas—. ¿Qué derecho tienes tú sobre él, Karl? ¿El contrato que no has sabido honrar? ¿El compromiso que usas como excusa para hacer lo que te da la gana?
—No sabes nada.
—Sé lo suficiente. Sé que engañas a Ian, que tienes una amante, que te has aprovechado de su inocencia para usarlo a tu antojo y que, a pesar de todo eso, tienes el descaro de reclamarle que no te esperó en casa.
Karl palideció, solo un poco, pero lo suficiente para que se notara.
—Eso no es cierto.
—¿Ah, no? —Me acerqué un paso—. ¿Quieres que se lo comente a papá y le pida que investigue un poco más? Porque estoy seguro de que le encantaría saber que su hijo menor está poniendo en riesgo un contrato millonario por una aventura.
—Kevin, ya basta —dijo mi madre. Pero su voz sonó más débil ahora.
—No, mamá, no basta, porque tú lo sabes. Lo sabes desde hace tiempo y lo has tapado, lo has justificado. "Es un alfa joven." "Tiene necesidades." "Ian es muy infantil." Todo eso lo has dicho y Karl lo ha oído y ha creído que puede hacer lo que le dé la gana. Porque su mamá siempre lo protege.
—Kevin, te estás pasando...
—¿Pasando? —Me giré hacia Karl—. Pasarse es dejar plantado a tu prometido una y otra vez, pasarse es cancelarle los sábados sin explicación, pasarse es hacerlo llorar y ni siquiera preguntarle por qué. Pasarse es tratarlo como un adorno que solo existe cuando tú quieres. Eso es pasarse, Karl, y tú lo has hecho durante meses.
Karl apretó los puños, su olor se volvió errático, confuso, agresivo, y por un segundo, pensé que iba a lanzarse sobre mí. Pero no lo hizo. Se quedó ahí, tmblando de rabia, con los ojos verdes brillantes y la mandíbula tensa.
—No sabes nada.
—Sé más de lo que crees.
—¡Basta!
La voz de mi padre resonó en el salón como un trueno.
Los tres nos giramos.
Fernando Valois estaba en el umbral, con su traje impecable, su expresión de piedra y su olor a hierro y tinta que llenó el espacio como una sentencia. Nos miró, uno por uno, y luego habló.
—¿Qué está pasando aquí? ¿Qué escándalo es este?
Mi madre fue la primera en hablar, rápida, como siempre.
—Kevin salió hoy con Ian, fueron a un café. Y cuando Karl fue a buscarlo, Kevin no permitió que se lo llevara, hizo quedar mal a su hermano delante de la gente.
Mi padre me miró.
—Kevin, explícame eso.
—Papá, Ian es mi prometido —dijo Karl antes de que yo pudiera hablar—, y Kevin está metiéndose en nuestra relación.
—Cállate, Karl. —Mi padre no levantó la voz—. Ya le dije a tu hermano que quiero escuchar lo que pasó. Kevin, habla.
Respiré hondo y conté todo. Sin adornos, sin exageraciones ni mentiras.
—Ian me llamó esta mañana, me invitó a tomar un café, acepté y fuimos a un sitio cerca del centro. Karl apareció sin avisar y le reclamó a Ian que no lo hubiera esperado en casa, con un tono agresivo. Ian le respondió con calma, le dijo que no quería estar con él. Karl se sentó entre los dos, sin permiso; puso su mano sobre la de Ian, sin permiso; incluso lo agarró del brazo buscamente. Ian le pidió que lo soltara, Karl no lo hizo, así que tuve que intervenir. Karl hizo un espectáculo, gritó, reclamó, todos nos miraron y alguien tenía que poner un poco de orden. Eso fue todo.
Silencio. Mi padre me miró, largo, sin parpadear. Luego se giró hacia Karl.
—¿Eso fue lo que pasó, Karl?
—Papá, hoy es sábado, fui a visitar a Ian y Kevin se lo había llevado. Solo fui a reclamar mi derecho y él se entrometió.
—¿Qué derecho? —dije—. Si Ian salió conmigo fue porque se cansó de esperarte sábado tras sábado mientras tú no aparecías.
—¿No ibas a ver a Ian los sábados? —preguntó mi padre. Y su voz sonó más afilada.
—No es así, papá.
—Cariño —dijo mi madre, interviniendo—. Karl salía a ver a su novio casi todos los sábados, si alguna vez no fue, seguro es porque tenía que estudiar.
—Él casi nunca iba —dije—. Ian se lo dijo claramente en su cara hoy y no lo pudo negar.
Mi padre miró a Karl con una frialdad que helaba la sangre.
—¿Entonces? ¿Dónde te metías?
—Papá, yo...
—No me interesa. —Mi padre alzó una mano—. No me interesa dónde te metías, no me interesa con quién. Lo único que me interesa es que ese chico se moría por ti y ahora te rechaza, públicamente. ¿Tienes idea de la cantidad de dinero que perderá esta familia si ese compromiso se cancela? ¿Tienes idea del daño que le hace a nuestra reputación? ¿A nuestros negocios?
—Papá, yo...
—No quiero escucharte, —mi padre dio un paso hacia él y Karl retrocedió—, quiero que arregles esta mierda lo antes posible. Con razón ese chico está cansado de ti. Tenía que haberlo comprometido con Kevin y no con un bueno para nada como tú.
—Ian me ama a mí —dijo Karl, y su voz sonó más débil, más desesperada.
—¿Y a mí qué me importa eso? —Mi padre soltó una risa corta—. El amor no asegura que la empresa se mantenga a flote, son los negocios. Y al parecer me equivoqué en este. Tienes una oportunidad para arreglar todo esto y que ese omega vuelva a estar comiendo de tu mano. Espero que no lo arruines, así que haz lo que tengas que hacer, como si tienes que implorar su perdón. No me importa.
—¿Cómo puedes decir eso? —Mi madre dio un paso hacia él—. Nuestro hijo no es un cualquiera para implorar.
—Cállate.
Mi madre se quedó helada.
—Por tu culpa está así —continuó mi padre—, porque siempre lo has consentido, le has tapado sus errores, siempre le has dicho que todo está bien. Así que a partir de ahora, Karl hará lo que yo diga y tú te mantendrás callada. O cancelaré tus tarjetas.
Silencio. Mi madre no dijo nada, solo se quedó ahí, blanca, con los labios apretados y su olor a rosas se volvió tan frío que casi dolía.
Entonces, mi padre se giró hacia mí.
—Kevin.
—¿Sí?
—Ian es el prometido de tu hermano, están en un mal momento ahora y que aparezcas como el salvador no ayuda. Mantente lejos de Ian, no vaya a ser que empiece a comparar a Karl contigo y termine de darse cuenta de que tiene un pésimo gusto.
Me quedé quieto, mirándolo. Sus ojos avellana, idénticos a los míos, me sostuvieron la mirada sin parpadear y yo sentí la orden caer sobre mis hombros como una losa. Mantente lejos de Ian. Las palabras resonaron en mi cabeza como una sentencia, como una advertencia. Y yo, que siempre había obedecido, que siempre había hecho lo correcto y había sido el heredero perfecto. Bajé la mirada.
—Entendido —dije.
Mi padre asintió, una sola vez, se se giró y salió del salón. Karl me miró con rabia, con incredulidad. Luego se giró y se fue. Mi madre se quedó ahí, de pie., pálida.
—Kevin... —empezó.
—No, mamá. —La miré, directo—. No quiero escucharte, no ahora.
Me giré, caminé hacia las escaleras, subí a mi habitación, cerré la puerta y me dejé caer en la cama.
Mantente lejos de Ian.
Las palabras seguían resonando en mi cabeza. Yo había aceptado, sin discutir, sin cuestionar porque era lo que mi padre esperaba de mi. Pero esta vez, no estaba tan seguro de poder cumplir su orden.
y el pobre de Diego debería ser pronto un aliado, hay que desvaratarles el mundo, como hicieron ellos, pero con la verdad, esa es la diferencia entre unos y otros 😏💪
y también recuperar la presencia de Kevin!!! vamos muchacho, conversa con tu amiga y que te ponga en eje!!!🤭
Podría mostrar un punto para cambiar de prometido🤭🤭🤭 aunque si pudiera ser, para eso falta. No veo la hora de que se planten un beso🫦 (para eso también debe falta pero espero 🙏 🥰)
Kevin por favor no hagas caso sigue viendo a Ian 😍😍😍😍escondidos 😍😍😍😍interesante 😍😍😍😍
Kevin, demuestre lo que realmente vale saber y querer saber del que te gusta 😉.
Será que la madre de Ian les dijo a donde iban estos dos a Karl??? 👀