Un heredero, una esposa inesperada y un amor prohibido desafían un imperio.
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Capítulo 2: Un café americano
Jonás.
No pude evitar sonreír mientras caminaba por el pasillo de la facultad.
Aquella chica era peculiar.
Había visto muchas mujeres durante mis años en el extranjero. Mujeres elegantes, sofisticadas, acostumbradas a desenvolverse en ambientes exclusivos. Algunas incluso parecían competir por llamar mi atención.
Sin embargo, ninguna había conseguido entretenerme tanto como una desconocida que estaba a punto de declarar la guerra a una máquina de café.
Oriana.
Ese era su nombre.
Lo había leído en la pequeña identificación que llevaba prendida en el delantal.
Me resultaba curioso que una chica con una sonrisa tan dulce pudiera tener una lengua tan afilada.
Y aquellos ojos...
Sacudí ligeramente la cabeza.
No tenía tiempo para distraerme con pensamientos absurdos. Mi segunda maestría estaba a la mitad y, después de eso, tendría que regresar a casa.
Mi padre esperaba que volviera preparado para ocupar mi lugar en la empresa. Mi madre, por su parte, seguramente ya tendría una lista de compromisos sociales a los que asistir y mujeres que consideraba apropiadas para mí.
Conocía perfectamente sus planes.
Desde pequeño me habían repetido que algún día sería el responsable de continuar con el imperio fiannciero O’Neil. No era una posibilidad, era una obligación.
Y aunque nunca había tenido problemas para conseguir lo que quería, tampoco podía negar que aquella vida empezaba a resultarme demasiado predecible.
Saqué el teléfono del bolsillo y comprobé la hora.
Tenía que apresurarme.
Cuando llegué al salón, mi compañero ya estaba sentado en la última fila.
—¡O’Neil! —me llamó al verme entrar—. Pensé que te habías perdido.
—Estaba tomando un café.
—¿Desde cuándo tardas tanto en comprar un café?
Dejé mis cosas sobre el escritorio y me senté a su lado.
—Desde que descubrí que en esta universidad hay máquinas expendedoras que necesitan atención psicológica.
Mi amigo soltó una carcajada.
—No quiero saber.
Sonreí y saqué mi cuaderno.
Pero, mientras el profesor comenzaba la clase, mi mente regresó inevitablemente a la cafetería.
A aquella chica de cabello ligeramente despeinado, delantal puesto y manos inquietas que había discutido con una máquina como si fuera una persona.
No sabía absolutamente nada de ella.
Ni siquiera su apellido.
Y, sin embargo, tenía la extraña sensación de que volvería a verla.
...ΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩ...
Oriana.
El jueves había comenzado con más prisas de las habituales.
Tenía una entrega pendiente, dos pinturas por delante y un turno completo en la cafetería. Por si fuera poco, la noche anterior me había quedado despierta hasta bastante tarde intentando terminar un boceto que formaba parte de uno de mis proyectos.
La pintura era mi pasión desde que tenía memoria. Podía pasar horas frente a un lienzo sin darme cuenta de cómo transcurría el tiempo. Me gustaba observar los pequeños detalles, capturar expresiones y convertir emociones en imágenes.
A veces me preguntaba si realmente podría vivir de lo que amaba.
Pero esos pensamientos siempre terminaban llevándome a la misma conclusión: tenía que intentarlo.
Acomodé el pequeño boceto que había doblado cuidadosamente y lo guardé en el bolsillo de mi delantal. No quería que se arrugara demasiado, así que lo había envuelto en una hoja protectora.
—¡Oriana! ¿Podrías encargarte de la mesa tres?
La voz de mi compañera me sacó de mis pensamientos.
—¡Claro!
Tomé una bandeja y me dirigí hacia una de las mesas. La cafetería estaba bastante concurrida aquella mañana. Algunos estudiantes repasaban sus apuntes, otros conversaban animadamente y varios aprovechaban el tiempo antes de comenzar sus clases.
Dejé los pedidos y regresé al mostrador.
Estaba organizando unos vasos cuando escuché una voz masculina que me resultó familiar.
—Un café americano, por favor.
Levanté la mirada.
Y allí estaba.
El desconocido de la máquina expendedora.
El hombre que había conseguido sacarme una sonrisa mientras yo estaba a punto de perder la paciencia.
Llevaba una camisa azul oscuro, pantalones negros y un reloj plateado en la muñeca. Tenía una mano dentro del bolsillo y la otra sostenía su teléfono.
Cuando nuestros ojos se encontraron, una sonrisa apareció lentamente en sus labios.
—Vaya, parece que hoy no estás peleando con ninguna máquina.
Lo miré sorprendida y después sonreí.
—Todavía es temprano. No quiero tentar a la suerte.
Él soltó una carcajada.
—Me alegra comprobar que sigues teniendo sentido del humor.
—Y a mí me alegra comprobar que no has venido a darme consejos sobre cómo preparar café.
—Aunque podría hacerlo.
—Por favor, no.
Volvió a sonreír.
—Un americano, sin azúcar.
—Enseguida.
Me di la vuelta para preparar su pedido.
Cuando coloqué el vaso sobre el mostrador, él sacó su cartera.
—¿Cuánto es?
Le indiqué el precio.
Pagó y tomó el café, pero no se marchó.
—Por cierto, creo que la última vez olvidamos algo importante.
Fruncí ligeramente el ceño.
—¿Qué cosa?
—Presentarnos.
Lo miré y entonces comprendí que tenía razón.
—Es verdad.
Él extendió una mano hacia mí.
—Jonás.
Observé su mano antes de estrecharla.
—Oriana.
—Oriana —repitió, como si quisiera asegurarse de recordar el nombre—. Mucho gusto.
—Igualmente, Jonás.
Su sonrisa se ensanchó al escucharme pronunciar su nombre.
—Ahora ya no soy simplemente el desconocido que arregla máquinas expendedoras.
—No te emociones. Todavía no sabemos si eres bueno en algo más.
Se llevó una mano al pecho, fingiendo estar ofendido.
—Eso ha dolido.
Me reí.
Y, por alguna razón, me gustó escuchar su risa.
...****************...
Jonás.
No había ido a aquella cafetería por casualidad.
Desde nuestro primer encuentro, la imagen de aquella pelirroja se había quedado dando vueltas en mi cabeza.
No sabía exactamente qué tenía de especial.
Pero Oriana era diferente.
No parecía interesada en impresionarme, ni siquiera había intentado ocultar su mal humor cuando la encontré discutiendo con aquella máquina.
Y eso me había resultado bastante entretenido.
Por supuesto, entre en esa cafetería, aunque podía comprar mi café en otro lugar, decidí regresar.
No iba a reconocer que había buscado una excusa para verla.
Al menos, no todavía.
—¿Siempre tomas café americano?—me preguntó.
—Casi todos los días.
—¿No te cansas?
—Es eso o quedarme dormido durante las clases.
—¿Tan aburridas son?
—Depende del profesor.
Estaba a punto de responder cuando un estudiante pasó apresuradamente junto a nosotros. Oriana se apartó para dejarlo pasar y, en ese movimiento, algo cayó de su bolsillo.
—¡Espera! —dije.
Me agaché y la recogí antes de que alguien pudiera pisarla.
—Creo que esto es tuyo.
Oriana giró inmediatamente.
Al ver lo que tenía en la mano, abrió los ojos.
—¡Mi boceto!
Se acercó y extendió los dedos para recibirlo.
Pero antes de entregárselo, mis ojos se detuvieron en el dibujo.
Había una delicadeza extraordinaria en los trazos, una precisión que me hizo observarlo con más atención.