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Vendida Al Rey De La Mafia

Vendida Al Rey De La Mafia

Status: En proceso
Genre:Amante arrepentido / Amor eterno / Matrimonio arreglado
Popularitas:5.3k
Nilai: 5
nombre de autor: roxana ruiz

Entregada a un implacable líder de la mafia para saldar las deudas de su padre, elena debe firmar un matrimonio por contrato de un año sin imaginar que el peligro real será enamorarse de su comprador.

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Capítulo 8: La sangre del rey

Las horas posteriores a la partida de Alexander hacia la sala de mando se sintieron eternas. El eco distante de los truenos y el susurro implacable de la lluvia contra los cristales marcaban un compás ansioso en medio de la penumbra. Elena no había podido pegar un ojo; permanecía encogida en una esquina de la enorme cama matrimonial, abrazando sus rodillas contra el pecho, atenta a cualquier ruido fuera de lo normal.

Cerca de las tres de la madrugada, los pasos apresurados y pesados de varios hombres retumbaron en el pasillo principal. Elena se sobresaltó, conteniendo el aliento. Escuchó murmullos secos, órdenes amortiguadas y el sonido inequívoco de una cerradura siendo forzada con prisa.

La doble puerta de la suite se abrió de golpe.

Marcus, el brazo derecho de Alexander, ingresó sosteniendo el peso del mafioso. Alexander caminaba con dificultad, arrastrando los pies, pero manteniendo la mandíbula apretada en una mueca de rabia contenida. Su impecable camisa blanca estaba abierta del pecho y empapada de sangre fresca a la altura del costado izquierdo, donde una herida profunda manchaba de un rojo oscuro e intenso la fina tela.

—¡Llamen al doctor Ramírez de inmediato! —ordenó Marcus hacia el pasillo antes de dirigir la mirada a Elena, quien se había puesto de pie de un salto, paralizada por el pánico.

—Señorita, no se acerque —advirtió Marcus con severidad mientras ayudaba a Alexander a sentarse en el borde de la cama—. La situación afuera está controlada, pero tuvo una emboscada en el perímetro oeste.

Elena ahogó un grito y se cubrió la boca con ambas manos. Ver a ese hombre, que horas antes parecía una fuerza indestructible e invulnerable, manchado de sangre y respirando con dificultad, le generó un choque brutal. El miedo a Alexander la paralizaba, pero el instinto de humanidad y la urgencia de la escena resultaron más fuertes.

Alexander dejó caer la cabeza hacia atrás, apretando los dientes mientras una mueca de dolor cruzaba sus facciones esculpidas. A pesar de la pérdida de sangre y la palidez de su rostro, sus ojos oscuros se fijaron en Elena con una intensidad peligrosa.

—Sal de aquí, Marcus —ordenó Alexander, su voz grave era un hilo rasposo, pero mantenía un tono de mando que no admitía réplicas—. Ve a coordinar la limpieza de la frontera sur. No quiero cabos sueltos.

—Señor, el médico viene en camino, debe esperar a que él...

—¡Dije que salgas! —rugió Alexander, provocándose un acceso de tos que le sacó un gruñido de dolor.

Marcus apretó los puños, dudó durante un segundo mirando la grave herida de su jefe y luego miró a Elena.

—El botiquín de primeros auxilios de nivel quirúrgico está en el baño principal. No deje que se mueva —murmuró Marcus antes de dar media vuelta y cerrar la puerta, dejando a la pareja en completo aislamiento.

El silencio volvió a caer sobre la habitación, denso y cargado de tensión. Alexander respiraba con dificultad, presionando la herida con la mano diestra, mientras la sangre goteaba lentamente sobre las sábanas blancas.

Elena temblaba de la cabeza a los pies. El pavor que le inspiraba ese hombre competía con la escena dantesca frente a sus ojos. Sabía que si no hacía algo, él podía desangrarse antes de que el médico atravesara los controles de seguridad de la mansión.

—¿Qué... qué esperas? —articuló Alexander entre dientes, mirándola fijamente con sus ojos fríos e implacables—. ¿Vas a quedarte ahí parada viendo cómo me desangro, o vas a moverte?

Las palabras de Alexander, frías incluso en medio del dolor, hicieron reaccionar a Elena. Armando todo el valor que jamás creyó tener, corrió hacia el baño principal. Encontró un gran maletín metálico con la cruz roja y varias toallas limpias. Con las manos temblando le descontroladamente, regresó a la habitación y se arrodilló en el suelo frente a la cama, al lado de Alexander.

Al estar tan cerca de él, sintió el intenso olor a hierro de la sangre mezclado con la pólvora y su costoso perfume. La presencia física de Alexander era aplastante, incluso herido. Sus hombros anchos y su tórax marcado estaban al descubierto, dejando ver varias cicatrices antiguas que atestiguaron la vida violenta que lideraba.

—Déjeme... déjeme ver —murmuró Elena con un hilo de voz, tratando de no quebrarse.

Con dedos temblorosos, retiró la mano sangrienta de Alexander y presionó una toalla doblada directamente sobre la herida del costado.

Alexander dejó escapar un siseo bronco de dolor y, por instinto, su mano de hierro atrapó la muñeca de Elena con una fuerza aprisionada. Elena dio un brinco, soltando un gemido de susto, sintiendo la piel arder bajo la presión de sus dedos. La firmeza con la que la sostenía era la de un depredador que, aun herido de muerte, se negaba a mostrar debilidad.

—No... no intente hacerme daño... solo trato de ayudarlo —suplicó Elena entre lágrimas, mirándolo a los ojos con pura fragilidad.

Alexander sostuvo la mirada de la joven durante varios segundos. Vio las lágrimas rodando por sus mejillas pálidas, sintió el temblor de su cuerpo frágil, y, sin embargo, vio que ella no huía. A pesar del terror evidente que le tenía, las manos de Elena permanecían firmes sobre la herida, aplicando la presión necesaria para contener la hemorragia.

Lentamente, la presión en la muñeca de Elena cedió. Alexander soltó su agarre, dejando caer la mano sobre la cama, aunque sus ojos no se apartaron ni un milímetro del rostro de la joven.

—Presiona más fuerte —ordenó él en un susurro áspero—. No dejes que la sangre siga saliendo.

Elena asintió rápidamente. Con cuidado y torpeza provocada por el miedo, abrió el botiquín, extrajo antiséptico, gasas esterilizadas y venda elástica. Lavó la herida con delicadeza, conteniendo el aliento cada vez que él apretaba la mandíbula o tensaba los músculos del abdomen por el ardor del alcohol sobre la carne abierta.

—Es... es profundo —dijo Elena, limpiando con delicadeza los bordes de la herida mientras las lágrimas caían en el borde de las sábanas—. La bala pareció pasar de largo, pero necesita puntos de sutura. El doctor tiene que llegar rápido.

—Sobreviviré, pequeña —murmuró Alexander, su voz perdiendo un poco de fuerza por la pérdida de fluido, pero conservando una frialdad perturbadora—. Los hombres como yo no mueren tan fácilmente.

Elena comenzó a colocar las gasas y a envolver el torso de Alexander con la venda elástica, pasando el rollo alrededor de su cintura con movimientos temblorosos pero cuidadosos. Para hacerlo, tuvo que acercarse a solo centímetros de su pecho, sintiendo el calor de su piel, el latido pesado de su corazón y el roce involuntario de su cabello rubio contra los hombros del mafioso.

Alexander la observó en silencio durante todo el proceso. La fragilidad de Elena, su timidez extrema y las lágrimas que no cesaban de brotar de sus ojos contrastaban brillando contra la violencia de su mundo. Por primera vez desde que la obligó a firmar el contrato en aquel sucio departamento, Alexander percibió en ella algo más que un mero instrumento legal o una pieza de ajedrez: vio una determinación desesperada por conservar la humanidad dentro de una jaula de monstruos.

Cuando Elena terminó de asegurar el vendaje, sus manos quedaron completamente manchadas de sangre. Se apartó despacio, respirando con dificultad y apoyando la espalda contra el borde del escritorio, exhausta por la carga emocional.

Alexander se acomodó con lentitud contra la cabecera de la cama, sosteniéndose el costado. Aunque el dolor era evidente, la hemorragia principal había sido contenida gracias a la intervención de la joven. Sus ojos oscuros, profundos e insondables, siguieron cada movimiento de Elena mientras ella intentaba limpiarse las manos con un pañuelo.

—¿Por qué no me dejaste desangrar? —preguntó Alexander de pronto, romper el silencio con una voz baja que resonó con fuerza en la suite—. Si yo muero, el contrato se anula, la deuda de tu padre desaparece y recuperas tu libertad de inmediato. Era tu oportunidad.

Elena se congeló. Levantó la mirada hacia él, mostrando sus ojos enrojecidos por el llanto y una expresión de profundo dolor psicológico.

—Yo... yo no soy como usted —respondió Elena con un hilo de voz rota, pero llena de una dignidad desgarradora—. No puedo ver morir a alguien y no hacer nada... ni siquiera a la persona que me arrebató la vida.

Alexander no respondió. Se le quedó mirando en un silencio sepulcral, sintiendo por primera vez que las palabras de esa chica frágil dejaban una marca en su armadura de hielo.

Antes de que alguno de los dos pudiera agregar algo más, la puerta se abrió apresuradamente y el doctor Ramírez ingresó a la habitación cargando su maletín quirúrgico, seguido por la señora Martha.

—¡ Señor Vance! Perdone la demora, los controles de la entrada estaban desbordados —exclamó el médico, acercándose rápidamente a la cama. Al retirar la compresa y evaluar el trabajo de emergencia, el doctor levantó la vista sorprendido—. Las vendas están perfectamente colocadas. Esto contuvo el sangrado principal y le salvó de un choque hipovolémico.

Alexander no quitó la mirada de Elena, quien se había apartado hacia la esquina más oscura de la habitación, intentando hacerse invisible otra vez.

—Hizo lo que tenía que hacer —dijo Alexander con frialdad, volviendo a ponerse la máscara de tirano implacable—. Haga su trabajo, doctor. Suture la herida y déjeme a solas.

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Rosario Gallardo
muy buena pero con gusto a pocos autora super entretenida y dolorosa.💗👍
Rosario Gallardo
llore en este capitulo nunca vi tanta miseria humana😭😭😭😭
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