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Me casé con el papá de mi acosadora

Me casé con el papá de mi acosadora

Status: Terminada
Genre:CEO / Diferencia de edad / Ascenso de clase social / Casada con el millonario / Romance oscuro / Venganza por acoso / Completas
Popularitas:1.1k
Nilai: 5
nombre de autor: VivianMansano

—Ve y acúsame con mi papá —se burló Daniela Solana después de humillarla una vez más.
Maite Guzmán hizo exactamente eso.
Con veintidós años, una beca que no podía perder y un celular lleno de pruebas, entró en la oficina del hombre más poderoso de Monterrey. Esperaba que Rodrigo Solana comprara su silencio. En cambio, él castigó a su propia hija, le dio de comer cuando Maite se desmayó de hambre y decidió que nadie volvería a tocarla.
Rodrigo tiene cuarenta y seis años, una fortuna de esas que abren cualquier puerta, una exesposa que todavía lo reclama y la costumbre de controlarlo todo. Maite es la compañera de universidad de su hija, viene de un rancho y no piensa deberle nada a ningún hombre.
Pero la gratitud se convierte en deseo. Las miradas clandestinas terminan detrás de una puerta cerrada, y el hombre más frío de Monterrey descubre que con Maite no sabe ser prudente: quiere protegerla en público, hacerla temblar en privado y convertirla en su esposa.
Daniela todavía no sabe que la becada a la que humilló duerme en la cama de su padre.
Cuando lo descubra, ya será demasiado tarde: Maite no será su víctima. Será su madrastra.

NovelToon tiene autorización de VivianMansano para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 15

Capítulo 15: Ya soy tuyo

La aguja entró en el brazo izquierdo y Rodrigo ni la miró. Con la mano derecha volvió a abrir la captura.

Fondo negro, letras blancas. Se la había mandado Maite el martes a las nueve cincuenta y dos, sin comentario. Solo una línea debajo:

¿Ya viste?

Él había contestado a las nueve cincuenta y tres.

Sí. El sábado lo hablamos en persona.

Nada más. Había cosas que no se decían por mensaje. Y había otras que antes había que hacer.

—Ya casi, ingeniero. —La enfermera cambió el tercer tubo—. Aguante.

Jueves veintiséis, ocho de la mañana, área de chequeos del Hospital Santa Lucía del Norte. En la agenda, Tomás tenía anotado: personal, dos horas. No sabía más. Nadie sabía más.

Sangre. Panel completo de infecciones de transmisión sexual. Electrocardiograma. Radiografía de tórax. Un ultrasonido que le hizo cosquillas y que no pensaba mencionar a nadie.

El médico que revisó la orden se ajustó los lentes. Rodrigo también tuvo que ponerse los suyos para firmar el consentimiento.

—¿Es un chequeo prenupcial? —preguntó el médico, con media sonrisa.

—Algo así.

* * *

El sábado veintiocho, el sol se fue detrás de la sierra a las siete y media. Maite lo vio hundirse sentada en la terraza de la casa de cristal de El Mirador, con las piernas recogidas en la silla y un plato de enchiladas vacío en la mesita. Chuy la había subido a las cinco y media en el sedán gris.

Rodrigo esperó a que se prendieran las luces del valle. Luego sacó un sobre manila del saco y lo dejó sobre la mesa, frente a ella. Estaba sellado. Con el logo del hospital.

—¿Qué es eso?

—Mis estudios. Todos. —Se sentó enfrente—. No te lo pido a ti. Me toca a mí.

Maite miró el sobre. No lo tocó.

Rodrigo apoyó los antebrazos en las rodillas. Lo había ensayado. En el carro, en la regadera, a las tres de la mañana. Lo dijo de todos modos como le salió.

—Antes de ti hubo un acuerdo. Cuatro años. Una mujer, un contrato, con abogados. Sin amor. —Sostuvo la mirada—. Lo terminé la noche de mi cumpleaños, y el lunes quedó liquidado. Desde el día que entraste a mi oficina no he tocado a nadie.

El valle seguía prendiéndose allá abajo, foco por foco.

Maite no dijo nada durante un rato largo. Se le fueron poniendo rojos los ojos, primero la orilla, luego todo. Se abrazó las rodillas.

—No quiero saber cómo se llama. —La voz le salió rasposa—. Quiero saber si se acabó.

—Se acabó.

—¿Y si un día te aburres?

—Ya no hay otra. —Rodrigo no se movió de la silla. Si se movía, iba a parecer que pedía perdón por algo más—. No va a haber otra.

Ella se limpió los ojos con el dorso de la mano, rápido, con coraje, como si le diera rabia llorar por algo que ya se había acabado. Luego agarró el sobre y lo metió en su bolsa. Sin abrirlo.

Rodrigo soltó el aire.

Maite sacó el celular. Buscó la captura y lo empujó sobre la mesa hasta dejarlo frente a él.

—¿Y esto?

Él no necesitaba verla otra vez.

—Dani no sabe nada. —Le devolvió el celular—. Y cuando lo sepa, va a ser porque tú lo decidas.

—¿Y si lo descubre sola?

—Entonces me lo va a reclamar a mí. No a ti.

Maite guardó el celular. Se quedó mirando las luces.

Rodrigo metió la mano en la otra bolsa del saco. La cajita era chica, azul oscuro. La abrió él mismo, porque si se la daba cerrada ella iba a preguntar primero y abrir después.

Una cadena delgada. Un diamante chico, del tamaño de una lenteja, colgando solo.

—Te dije que a ese vestido le faltaba un collar.

—No traigo el vestido.

—Le falta de todos modos.

Se puso de pie detrás de ella. Maite se levantó el pelo con las dos manos. Él tardó en abrochar el broche; los dedos no le obedecían del todo, y no era la vista. Cuando por fin quedó, el diamante le cayó justo en el hueco del cuello.

—Para que cuando lo veas, te acuerdes de mí.

—¿Cuánto costó?

—No te voy a decir.

Maite volteó a verlo con los ojos entrecerrados. Él se rio. Ella no.

—Rodrigo. —Se tocó el dije con la punta de los dedos—. Son casi veinticinco años.

Ahí estaba.

—Tienes cuarenta y siete. Yo veintidós. La gente va a decir…

Rodrigo sacó la cartera. Buscó la credencial de elector y la puso sobre la mesa, con un golpecito, frente a ella.

—Sí, de veras tengo cuarenta y siete. Ahí está la foto, para que no digas que te engañé.

A Maite se le escapó una risa con la nariz. Miró la foto. Miró la fecha. Miró la foto otra vez.

—Sales enojado.

—Así salgo en todas.

Luego se sentó a su lado, en la misma silla ancha, y se puso serio. Había hecho la cuenta una noche de esa semana, con la calculadora del celular, como un muchacho que no quiere que lo vean.

—Cuando tú tengas cuarenta y siete, yo voy a andar en los setenta y uno. Casi setenta y dos. —Le tomó la mano—. Y te voy a seguir cuidando.

—¿Y lo que digan?

—Ya soy tuyo. Lo demás, que lo digan.

Maite se le recargó en el hombro. No dijeron nada por un buen rato. Abajo, en la carretera vieja, pasó un tráiler con las luces altas.

—Oye. —Ella levantó la cabeza, con un brillo nuevo—. Si Dani me vuelve a molestar, le digo que me voy a casar con su papá.

—Dile. Yo firmo.

Maite se tapó la cara con las dos manos y se rio adentro de ellas. Luego se quedó callada. Muy callada. Rodrigo sintió que algo cambiaba en su respiración antes de que hablara.

—Estoy lista. —No lo miraba. Tenía las orejas rojas—. Si quieres… hoy.

Rodrigo cerró los ojos un segundo. Nada más uno.

Luego negó con la cabeza, despacio, y le dio un beso en la frente.

—La primera vez va a ser en nuestra casa. —Le acomodó un mechón detrás de la oreja—. Cuando estés segura. No cuando quieras demostrarme algo.

Ella lo miró. Tenía los ojos húmedos otra vez, pero de otra cosa.

—Eres muy terco, tío.

—Y tú muy valiente, nena.

* * *

Al rato, con el café de olla ya frío, Maite habló de las prácticas.

—Acepto lo de la Torre. —Levantó un dedo, como en la biblioteca—. Con condiciones.

—Ya sé que tienes condiciones.

—Nadie sabe. Empiezo desde abajo, lo que haya. Recepción, lo que sea. Y Dani no pisa el corporativo.

—Dani va a estar en Apodaca desde agosto.

—Entonces sí.

Rodrigo sacó el celular y marcó ahí mismo. Eran casi las nueve de un sábado.

—Arturo, perdón por la hora.

—Ingeniero, dígame.

—Una practicante de la UCN. Recomendación interna, por el proceso normal, como cualquier otra. Que Recursos Humanos le mande la carta de aceptación a la Facultad esta semana. Entra el catorce de julio.

—¿Nombre, ingeniero?

—Maite Guzmán Robles.

—¿Área?

Rodrigo miró a Maite. Ella movió los labios sin voz: recepción.

—Donde haya lugar. Recepción, si hay.

—Como usted diga, ingeniero. El lunes le mando el formato.

Colgó. Maite lo miraba con los brazos cruzados.

—¿Qué?

—Nada. —Se le notaba la sonrisa—. Que así hablas con los demás.

A las diez y media, Chuy tocó el claxon dos veces desde el portón. Rodrigo la acompañó hasta el carro. Ella se subió con el sobre del hospital en la bolsa y el diamante brillándole en el cuello cada vez que pasaba una luz.

El sedán gris bajó por la brecha y desapareció en la primera curva.

Rodrigo regresó a la terraza. Recogió las tazas. El celular vibró sobre la mesa.

Tomás.

La residencia cierra el 30. ¿Dónde va a vivir la señorita en julio?

Rodrigo se quedó de pie, con las dos tazas en la mano.

Dejó las tazas. Sacó de la bolsa del saco un llavero que había traído toda la tarde sin encontrar el momento, y lo puso sobre la mesa, junto a la credencial que se le había olvidado guardar.

Las llaves del departamento de Residencial Arboleda. Piso veintiuno.

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