Aethelgard Draconis (El Patriarca): Un vampiro de presencia imponente y fría elegancia, con siglos de existencia a sus espaldas. Su mente es una fortaleza inquebrantable.
Nyxandra Draconis (La Matriarca): De una belleza etérea y calculadora. Es la estratega del clan, capaz de leer las intenciones más ocultas antes de que sean pronunciadas.
Kaelen Draconis: El hermano mayor. Protector, de pocas palabras y con un aire de misterio melancólico que oculta una ferocidad implacable.
Vespera Draconis: La hermana menor. Ágil, perspicaz y con una fascinación peligrosa por el mundo efímero de los humanos.
Onyx Draconis (El Protagonista): El miembro más introspectivo de la familia. Vive con el peso de una eternidad que apenas comienza a comprender hasta que un giro del destino cruza su camino.
orden
- Ecos De Cenizas y Ónix
- El Eclipse Del Tiempo: Crónicas Del Valle Eterno
- El Eclipse Del Tiempo: El Despertar Del Abierto Horizonte
- Eclipse Del Tiempo: El Umbral Del Amanecer
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La Sombra En El Bosque
La noche cayó sobre el valle de Oakhaven con una rapidez inusual y opresiva, arrastrada por un frente frío y violento que descendía sin piedad desde las cumbres montañosas más altas, las cuales se encontraban completamente cubiertas por un denso manto de pinos milenarios. El viento aullaba entre las grietas de las rocas y sacudía con furia las copas de los árboles, arrancando las últimas hojas secas y lanzándolas en una danza caótica contra el suelo oscuro. En el interior de la imponente mansión Draconis, la atmósfera general era densa, pesada y cargada de una quietud tan tensa que parecía poder cortarse con un cuchillo de obsidiana, presagiando una tormenta inminente que amenazaba con sacudir no solo los cimientos de la casa, sino también la frágil estabilidad de sus ocupantes.
En el estudio principal, situado en la planta baja y decorado con paneles de madera oscura y estanterías repletas de volúmenes antiguos, Aethelgard examinaba minuciosamente un mapa topográfico y antiguo de la región bajo la luz tenue y parpadeante de una lámpara de queroseno. A su lado, de pie y completamente inmóvil, Nyxandra permanecía junto al gran ventanal oscuro que daba al jardín delantero, observando con sus ojos analíticos los contornos difusos y amenazantes del bosque exterior, donde la oscuridad parecía cobrar vida propia bajo el embate del viento helado.
—Los reportes recientes obtenidos de la manada local en el valle vecino indican movimientos extraños, erráticos y sospechosos en las últimas cuarenta y ocho horas —señaló Nyxandra sin volverse hacia su esposo, su voz adoptando un tono de fría y calculadora advertencia que rebotaba en las paredes de piedra—. Se han detectado rastros de olor y pisadas que definitivamente no pertenecen a los clanes habituales ni a las manadas locales que respetan nuestros antiguos tratados fronterizos. Es muy posible que en este preciso instante estemos siendo vigilados de cerca, o que algún grupo de nómadas errantes y desesperados haya cruzado nuestros límites territoriales en busca de presas fáciles o de un enfrentamiento directo.
—Nuestra presencia en esta región apartada siempre atrae tarde o temprano a curiosos imprudentes o a depredadores menores que confunden nuestro prolongado silencio y nuestra discreción con una muestra de debilidad —respondió Aethelgard con una calma imperturbable y glacial, levantando lentamente la vista del mapa para mirar hacia la dirección en la que apuntaba su esposa—. Si esos intrusos deciden cruzar la línea invisible y acercarse demasiado a los linderos de nuestra propiedad, no dudaremos un segundo en recordarles de la manera más dráStica y definitiva cuáles son los términos inquebrantables de nuestra estancia en estas tierras.
Mientras en la planta baja se evaluaban los riesgos geopolíticos del mundo sobrenatural, en el piso superior de la mansión, completamente ajeno a las deliberaciones sobre amenazas territoriales y patrullajes fronterizos, Onyx se encontraba de pie en el centro de su habitación con las luces completamente apagadas. Tenía el enorme ventanal de cristal abierto de par en par, permitiendo que las ráfagas de viento helado y cortante de la noche penetraran sin restricciones en la estancia, removiendo con violencia los bordes de las pesadas cortinas de terciopelo oscuro. Su mente, sin embargo, se negaba por completo a acatar el orden de la tranquilidad; seguía fija de manera obsesiva en los pasillos del instituto, analizando una y otra vez cada milisegundo del breve encuentro con Lyra de la mañana anterior, como si intentara descifrar un jeroglífico imposible.
De repente, un leve pero inconfundible sonido en el exterior de la propiedad —el crujir seco y perfectamente audible de una rama de pino quebrándose bajo un peso considerable a cientos de metros de distancia, en lo profundo del bosque— hizo que Onyx se detuviera en seco, interrumpiendo el flujo de sus pensamientos. Sus sentidos, afinados hasta el límite absoluto de la perfección depredadora, se agudizaron al máximo instante, aislando por completo el ruido general del viento entre los árboles para concentrarse de manera quirúrgica en las frecuencias más sutiles y ocultas de la noche.
Aquel sonido no correspondía al desplazamiento habitual de la fauna local, como un ciervo despistado o un zorro solitario en busca de refugio. Era un peso denso, una presencia extraña y calculada que se desplazaba con sigilo antinatural entre los troncos de los abetos, manteniéndose peligrosamente justo en el límite exterior de los terrenos privados de la mansión Draconis. Alguien o algo los estaba acechando en la oscuridad, midiendo sus fuerzas y probando la resistencia de su perímetro.
Sin hacer el menor ruido, adoptando una postura de absoluta concentración, Onyx se deslizó con rapidez hacia el ancho alféizar de la ventana abierta. Sin dudarlo ni un solo instante, se impulsó con una gracia felina y explosiva hacia la oscuridad exterior, cayendo desde el segundo piso sin emitir absolutamente ninguna vibración ni sonido al hacer contacto directo con el lecho de hojas húmedas y barro del jardín delantero. Su prioridad inmediata y lógica era proteger el secreto sagrado de su familia y neutralizar cualquier amenaza potencial que pusiera en riesgo su hogar. Sin embargo, en el rincón más profundo de su mente, una sombra paralela y persistente le recordaba con amargura que los peligros físicos del mundo exterior eran infinitamente menores, y mucho más fáciles de combatir, que el peligro invisible y devastador que él mismo había dejado entrar voluntariamente en su vida aquel mismo día.
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