Una simple coincidencia fue suficiente para cambiar el destino de dos mundos.
Zea nunca debió cruzarse en el camino del Rey Alfa.
Él es el gobernante más poderoso de todos los clanes. Un hombre cuya sola presencia inspira obediencia. Frío. Implacable. Incapaz de amar. Su vida siempre ha estado regida por una única ley: el deber está por encima de cualquier sentimiento.
Hasta que la conoce.
Desde el primer instante, algo en Zea despierta un instinto que creía muerto. Por primera vez, el Rey Alfa desea algo para sí mismo... y está dispuesto a desafiar al destino para conseguirlo.
Pero Zea también es un misterio.
Su familia ha vivido escondiendo una verdad tan antigua como peligrosa. Un secreto que ha pasado de generación en generación con una única regla: jamás acercarse a un alfa... y bajo ninguna circunstancia, a un Rey.
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Capítulo 2 La presencia de la tentación.
Bruno los fulminó con una mirada, un claro mensaje de "cállense o si no". Pero no dijo una palabra. No podía. Las palabras se le atascaban en la garganta, mientras su lobo interior, una bestia poderosa y salvaje, se debatía en su interior, gruñendo y rasgando las paredes de su mente. Mía… es mía… rugía la voz bestial, una voz que Bruno no había escuchado en años, una voz que hablaba por instinto.
Mientras tanto, el motivo de aquel caos silencioso, la joven omega llamada Zea, caminaba ajena a la tormenta que su simple presencia había desatado en el Alfa.
—Azú, ¿estás segura de que no hay problema de que haya venido? —preguntó Zea, y su voz era como la miel, cálida y melodiosa. Había una nota de inseguridad en ella, de una dulce humildad que contrastaba con su radiante belleza.
—No quiero molestar… esto es tan imponente…"
Azú se rio, un sonido claro y juvenil, y negó con la cabeza enérgicamente.
—¡Claro que no, tonta! —exclamó, abarcando con un gesto amplio de su mano el majestuoso jardín y la mansión de piedra que se alzaba al fondo. —Esto… —dijo, señalando todo a su alrededor, —es mi casa. Y te digo que es un alivio tenerte aquí. Ahora podemos hacer ese trabajo horrible de literatura juntas. Gracias al cielo me tocó contigo, porque si me hubiera tocado con Caterina, me habría dado un infarto. Es tan odiosa…
Hizo una pausa y bajó la voz, como confiando un secreto. —Y su hermana mayor, Isabel, siempre anda detrás de mi tío. No entiende que él no es ese tipo de Alfa que se revuelca con cualquiera. Es serio, es… bueno, es él. Y no soporta a las aduladoras.
Zea sintió que un rubor cálido le subía por las mejillas. La mención de apareamiento y de las intenciones de esa tal Isabel con el Rey Alfa la hizo sentir incómoda. Era una omega de espíritu sensible y no estaba acostumbrada a hablar de esos temas con tanta ligereza. Cambió el tema.
—¿Y tu tío… el Rey Alfa… está aquí? —preguntó Zea con curiosidad. Había oído hablar mucho de él, del poderoso Alfa solitario que gobernaba su manada con mano firme pero justa. En la universidad, todas las lobas suspiraban por él, por su imponente figura y su misteriosa personalidad. Pero Zea solo sentía una ligera curiosidad.
—Sí, debe estar por allí, en su reunión de viejos gruñones —dijo Azú, alzando los ojos con exasperación. —Pero no te preocupes, no tendremos que acercarnos. Vamos, te mostraré el jardín de las rosas, es mi lugar favorito.
Caminaron hacia la pérgola, y fue en ese momento cuando Zea, sin querer, alzó la vista. Sus ojos se encontraron, por primera vez, con los de Bruno.
Fue un impacto. Un choque eléctrico que la dejó sin aliento. Sus miradas se encontraron a través del jardín, y en ese breve instante, el tiempo pareció detenerse.
Ella vio a un hombre imponente, de mirada fiera y rostro severo, y sintió una mezcla de asombro y un extraño sentimiento de… familiaridad. Como si hubiera estado esperando verlo sin saberlo.
Bruno, por su parte, sintió que el mundo se derrumbaba a sus pies. Esos ojos, los de ella, eran de un color miel profundo, y en ellos no había el miedo que los omegas solían mostrar ante él.
Había una calma, una dulzura, una luz que lo atravesó hasta el alma. Su lobo interior se agitó, no con furia, sino con un anhelo desesperado, un dolor sordo y primitivo. ¡Ella! ¡Ahí está! rugió la bestia.
Bruno dio un paso al frente, sin poder controlarlo, pero en ese momento, un gama se interpuso en su camino para hacerle una pregunta sobre un asunto trivial. Bruno lo fulminó con la mirada y, al girar la cabeza para buscar a la joven omega, ella ya había desaparecido detrás de un seto de rosas, guiada por su sobrina.
El Rey Alfa se quedó allí, en medio del jardín, sintiendo un vacío enorme en el pecho. La reunión social, los invitados, las conversaciones, todo se había desvanecido. Solo existía ella, su recuerdo, su aroma a jazmín y a algo más, algo desconocido y adictivo que flotaba aún en el aire.
Bruno apretó los puños con fuerza. No sabía quién era aquella omega, pero su lobo ya la había reclamado. Y el Alfa en él, el Rey, sabía que no podría descansar hasta saberlo todo sobre ella, hasta que ella estuviera a su lado. La tormenta se había desatado en su interior, y solo una cosa la calmaría: esa dulce y preciosa desconocida que acababa de cambiar su mundo para siempre.
Mientras tanto, en el jardín de las rosas, Zea se llevó la mano al pecho, sintiendo su corazón latir con fuerza. Sin saberlo, acababa de encender la chispa que salvaría a un Alfa de su propia soledad y lo llevaría a descubrir la verdadera sumisión: la de entregar su corazón por completo.