Annie Williams, una joven de 23 años, disfruta de la vida sencilla que ha construido en su pequeño apartamento. Aunque sus padres poseen una enorme fortuna y le han pedido incontables veces que regrese a vivir con ellos, Annie se niega. No quiere una existencia rodeada de lujos; prefiere ganarse las cosas por sí misma y vivir bajo sus propias reglas.
Al otro lado del océano, Omar Moretti, un atractivo empresario italiano de 28 años, viaja a Estados Unidos para cerrar uno de los negocios más importantes de su carrera. Antes de partir, le encargó a su secretaria reservar una habitación de hotel, pero un imperdonable descuido dejó a Omar sin alojamiento al llegar al país.
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Capitulo 1
El sol de la tarde se filtraba por las cortinas de lino blanco, dibujando manchas doradas sobre la mesa de madera pulida. Annie Williams ajustó el borde de su libreta de apuntes, alineó el bolígrafo exactamente al lado derecho y suspiró satisfecha: todo estaba en su lugar, tal como le gustaba. El silencio de su pequeño apartamento era su refugio, su pequeño mundo donde nadie le decía qué hacer ni cómo vivir.
El timbre del teléfono rompió la calma. Al ver el nombre en la pantalla, cerró los ojos un instante antes de contestar con voz serena:
—Hola, mamá.
—Annie, cariño, ¿sigues con esa necedad? —la voz de su madre sonaba suave, pero cargada de insistencia—. Tu padre y yo ya hemos arreglado todo el ala este de la casa para ti. Tienes espacio suficiente, los mejores muebles, todo lo que puedas desear... No tiene sentido que sigas en ese apartamento minúsculo, trabajando de sol a sol por un sueldo ridículo.
Annie acarició la taza de té caliente entre sus manos, mirando por la ventana la calle tranquila que conocía de memoria.
—Para mí no es ridículo, mamá. Es lo que me he ganado yo sola. Allí estaría rodeada de gente que solo me ve como la hija de los Williams, no como quien soy yo. Aquí decido cuándo levantarme, qué comer, a dónde ir... Es mi vida.
—¿Y qué hay de lo que nosotros hemos construido para ti? —intervino la voz grave de su padre, que seguramente había tomado el aparato—. Te estamos ofreciendo seguridad, comodidad, todo lo que cualquier joven desearía. ¿Por qué te empeñas en rechazarlo?
—Porque no lo he conseguido yo —respondió ella con firmeza, sin alzar la voz—. No quiero que me lo den todo hecho. Quiero equivocarme, aprender y construir mis cosas con mis propias manos. Y no voy a volver, por favor dejad de pedírmelo.
Hubo un silencio al otro lado de la línea, hasta que su madre suspiró con resignación:
—Está bien, Annie. Sabemos que tienes carácter. Pero aquí tendrás tu casa abierta siempre que quieras volver. No tardes demasiado en llamarnos, por favor.
—Lo haré. Os quiero —dijo ella, y colgó despacio.
Dejó el teléfono sobre la mesa, justo en el lugar que le correspondía, y sonrió con ternura. Sus padres tenían buenas intenciones, pero no entendían que la verdadera riqueza no estaba en lo que se tenía, sino en lo que se era. No cambiaba su pequeña cocina, su sofá algo desgastado ni su rutina sencilla por todo el oro del mundo.
Se levantó a preparar la cena, tarareando una canción suave, sin saber que al otro lado del océano, un hombre que vivía rodeado de todo lo que ella rechazaba acababa de recoger su maleta, sin imaginar que su mundo ordenado estaba a punto de dar un vuelco irreversible.
Annie acababa de guardar el teléfono cuando escuchó que alguien golpeaba suavemente la puerta. Al abrirla, se encontró con Marta, su vecina y mejor amiga, que entraba con una tarta recién horneada y esa sonrisa que siempre le levantaba el ánimo.
—¿Otra vez tus padres? —preguntó Marta, dejando el postre sobre la mesa con cuidado de no mover nada de su sitio.
Annie asintió, sentándose frente a ella y entrelazando los dedos sobre el mantel impecable.
—Sí. Mamá volvió a insistir con la casa grande, los sirvientes, el coche nuevo… Papá dijo que estoy desperdiciando mi juventud “trabajando como cualquiera”.
Marta soltó una risa suave mientras cortaba un trozo de tarta.
—¿Y tú qué le dijiste?
—Les dije que “cualquiera” es justo lo que quiero ser —respondió ella con firmeza, tomando el plato que le ofrecía—. No quiero que me miren por ser la hija de un magnate. Quiero que me valoren por lo que hago, por lo que sé, por cómo trato a la gente. Aquí nadie me hace reverencias, nadie me adula por interés. Aquí soy solo Annie.
—Y una Annie muy terca —bromeó su amiga, dándole un golpecito en el brazo—. Tus padres no lo hacen por mal, solo temen que sufras o que te falte algo.
—¿Y qué me va a faltar? —preguntó ella, señalando su alrededor con un gesto sereno—. Tengo un techo que me gusta, un trabajo que me llena, amigos que me quieren de verdad. Puedo levantarme a las seis o al mediodía si quiero, comer pasta quemada si se me pasa el punto o ver películas hasta el amanecer sin que nadie me diga que “no es apropiado”. ¿De verdad crees que cambiaría todo eso por lujos que no he ganado?
—La verdad es que no —admitió Marta, mirándola con admiración—. Pocos saben lo que quieren tan claro como tú. Aunque… a veces da miedo imaginar qué pasaría si algo o alguien irrumpiera en tu orden. Eres tan estricta con tus reglas…
Annie sonrió con confianza, dándole un sorbo a su té.
—Mis reglas me han mantenido a salvo hasta ahora. Aquí todo tiene su lugar, todo tiene su tiempo. No hay sorpresas desagradables, no hay caos. Es perfecto tal cual es.
Marta negó con la cabeza riendo.
—Cariño, la vida se encarga de romper los planes más perfectos cuando menos te lo esperas.
—Pues que lo intente —dijo ella con una media sonrisa—. Nadie va a alterar mi tranquilidad. Nadie va a meterse en mi casa a desordenarme la existencia.
Mientras decía eso, al otro lado del océano, Omar Moretti maldecía en italiano al teléfono, golpeando el borde de la mesa con impaciencia, sin saber que su próximo destino sería precisamente ese pequeño apartamento que se jactaba de ser inalterable.