El Patrón mata sin pestañear. Pero no pudo con el tamplin de Catalina. Ahora la cuida desde lejos, y ella ni sabe que el hombre más temido de la ciudad daría su imperio por otro plato de su comida.
NovelToon tiene autorización de Fernando Perez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
LA TARJETA NEGRA
Catalina no durmió esa noche.
Tenía la tarjeta negra sobre la mesa de madera vieja. Negra mate. Pesada. Sin nombre. Solo 10 números grabados en relieve. Y abajo, con letra pequeña casi invisible: "24/7".
La agarró con dos dedos. La soltó. Volvió a agarrarla.
"Es de un mafioso" se dijo en voz alta, para convencerse. "Si lo llamas te metes en problemas. Gente como él no da tarjetas por nada."
Pero eran las 3:17 am. Y tenía frío. Y el cuarto se sentía más vacío que nunca. Y nadie, en 24 años de vida, le había dado una tarjeta así.
No llamó. La guardó en la lata de galletas donde metía el dinero. Debajo de los billetes de 20. Por si acaso.
Se durmió a las 5 am con el olor a metal de la tarjeta en los dedos.
---
A las 8 pm del día siguiente el mercado estaba seco. Como él dijo. Como si supiera el clima mejor que el noticiero.
Y él llegó.
Pero hoy no venía solo.
Traía una bolsa. De papel grueso. Color crema. De esas de tienda cara que Catalina solo veía en los escaparates del centro.
Se sentó en su silla plástica coja. "Dos."
Voz normal. Como si nada. Como si no le hubiera dado una tarjeta para llamar a las 3 am.
Catalina sirvió. Las manos le temblaban menos que la primera vez. Ya se estaba acostumbrando a tener a un hombre que parecía dueño del mundo comiendo en su puesto.
El vapor subió. Damián agarró la cuchara. Primer sorbo. Segundo sorbo. Su cara: piedra.
Pero Catalina ya sabía leerlo. Sabía que cuando tragaba más lento es porque le gustaba. Y hoy tragó lento.
Cuando terminó, empujó la bolsa hacia ella con dos dedos. Sin mirarla.
"Para ti."
Catalina abrió la bolsa. Adentro había un delantal nuevo. Negro. Grueso. Impermeable. Con bolsillos grandes. De esos de cocina profesional que cuestan una quincena. Y unos guantes negros. Y una gorra también negra con el borde para que no le caiga el vapor en la cara.
"El tuyo está viejo" dijo Damián, encogiéndose de hombros como si fuera nada. "Y te mojas. Te vas a enfermar."
A Catalina se le hizo un nudo en la garganta. El último regalo que recibió fue de su mamá. Unos aretes de 5 soles para su cumple 15.
"Gracias... señor. ¿Cómo se llama?"
La pregunta se le salió sola. Llevaba 2 semanas llamándolo "señor".
El hombre se tensó. Como si le hubieran disparado. "No importa."
"Claro que importa" dijo Catalina, dejando la cuchara. "No puedo decirle 'señor' toda la vida. Se escucha feo."
Lo miró fijo. Desafiante. Como la primera noche que le habló.
El mercado se calló. Don Pedro dejó de masticar.
Damián suspiró. Largo. Como si cargar el mundo pesara.
"Damián."
"Damián" repitió Catalina. El nombre le supo raro en la boca. Fuerte. Oscuro. Peligroso. "Damián" dijo otra vez, probándolo.
Él no respondió. Solo sacó un billete de 100. Lo dejó sobre la mesa. Y se fue.
Pero a medio camino se volteó. Solo la cabeza. "Póntelo mañana."
Y desapareció entre la lluvia.
---
Al día siguiente Catalina se puso el delantal nuevo a las 7:50 pm.
Le quedaba perfecto. Le marcaba la cintura. Era negro, elegante. Nada que ver con su delantal viejo manchado de ají y grasa. Se puso la gorra también. Se vio al espejo roto del puesto y no se reconoció.
A las 8 pm en punto Damián llegó.
Lo primero que hizo fue mirarla de arriba a abajo. Rápido. Un segundo. Pero lo vio todo.
Asintió una vez. "Bien."
Se sentó. "Dos."
Mientras comía, Catalina no podía dejar de arreglarse el delantal. Estaba nerviosa.
A mitad del segundo tamplin, Damián habló sin levantar la vista.
"¿Te queda cómodo?"
Catalina se sonrojó. "Sí. Mucho. Gracias de verdad, Damián."
Él gruñó. Aceptando el agradecimiento.
Terminó. Dejó 100.
Al irse, uno de los guardaespaldas se quedó atrás. Se acercó a Catalina y le dejó otra cosa sobre la mesa. Una caja pequeña.
"De parte del señor" dijo, y se fue corriendo detrás de Damián.
Adentro de la caja había una olla. No cualquier olla. De acero inoxidable. Gruesa. Con tapa de vidrio. Profesional. De esas que salen en programas de cocina.
Catalina la abrazó. Costaba más que un mes de alquiler.
---
A la semana, todo el mercado ya sabía.
"El señor del traje negro es cliente fijo de la niña"
"Dicen que es mafioso, de los pesados"
"Dicen que mató a 3 tipos por ella el mes pasado"
Catalina escuchaba y se reía nerviosa. "Exageran, don Pedro. Solo le gusta el tamplin."
Pero era raro. Los tipos del "cupo" que venían cada viernes ya no aparecieron. La señora de la municipalidad que siempre le buscaba peros para la licencia, de repente le dijo "todo está en orden, niña".
Coincidencia, seguro.
Día 10.
Damián llegó tarde. 8:30 pm. Con la corbata floja y cara de pocos amigos. Ojeras.
"Dos." Ordenó seco. Sin saludar.
Catalina sirvió rápido. Algo pasaba.
A mitad del primer tamplin, sonó su celular. Un tono grave. Él lo sacó. Contestó.
"Sí" dijo. Escuchó 10 segundos. Su mandíbula se apretó tanto que Catalina pensó que se le iba a romper.
"Resuélvanlo. Ahora." colgó.
Tiró el celular sobre la mesa de plástico. Agarró el segundo tamplin y se lo comió en 3 bocados. Furioso.
Se levantó. Dejó 200 soles. El doble.
"Me voy."
"¿Pasa algo, Damián?" preguntó Catalina, preocupada. Se le salió el nombre.
Damián se detuvo. La miró. Por primera vez en días se veía cansado. De verdad cansado. Como un hombre normal.
"El mundo es una mierda, Catalina."
Y se fue. Con los guardaespaldas corriendo detrás.
Catalina se quedó con el corazón apretado. Con 200 soles en la mano.
Esa noche no pudo dormir. A las 11 pm agarró la tarjeta negra.
Dudó. 10 minutos dudó. Con el dedo sobre el último número.
Marcó.
Sonó una vez. Dos veces. Tres.
"¿Qué?" Contestó él. Voz fría. Enojada. Cortante.
"Damián... soy Catalina. ¿Estás bien?"
Silencio. 5 segundos eternos. Se escuchaba su respiración al otro lado.
"¿Me llamaste a las 11 de la noche para preguntar si estoy bien?"
"Sí."
Otro silencio. Más largo.
"Estoy bien" dijo por fin. Más bajo. Cansado. "Vete a dormir, Catalina."
"¿Vas a venir mañana?"
"Sí."
Colgó.
Catalina se quedó abrazando el celular. Sonriendo como tonta. Porque le dijo su nombre. Dos veces.
---
Día 15.
Damián llegó con otra caja. Más grande.
La dejó sobre la mesa antes de sentarse.
"Ábrela."
Adentro había un juego de cuchillos. Mango negro. Filosos. Profesionales. Y una tabla de picar de madera gruesa.
"La tuya ya está vieja" dijo, señalando su tabla rajada. "Y cortas mal. Te vas a cortar un dedo."
Catalina se tapó la boca. "Damián, esto cuesta una fortuna..."
"No me importa lo que cueste."
"Pero yo no puedo..."
"Catalina" la cortó. Mirándola fijo. "¿Vas a discutir conmigo por unos cuchillos?"
Ella negó con la cabeza. Ojos llorosos. "Gracias."
"De nada."
Comió sus dos tamplines en silencio. Cuando terminó, dejó 100 y se levantó.
Antes de irse dijo: "Mañana no voy a venir."
A Catalina se le cayó el alma al piso. "¿Por qué?"
"Viaje de negocios. 3 días. Fuera de la ciudad."
"Oh."
Damián vio su cara. Vio como se le apagó la sonrisa. Y por primera vez, dudó. Carraspeó.
"Vuelvo el viernes. A las 8 pm en punto. Tenme dos tamplines listos. Calientes."
No era pregunta. Era orden. Pero sonó a ruego.
---
Los 3 días fueron eternos.
Catalina vendió normal. 70, 75 tamplines. Pero a las 8 pm en punto miraba la esquina. Vacía.
El jueves a las 8 pm se quedó 20 minutos parada mirando la calle. Nada.
El viernes llegó.
8 pm. Nada.
8:10 pm. Nada.
8:20 pm. Nada.
A las 8:30 pm Catalina ya estaba guardando todo. Tapando la olla nueva. Con un nudo en la garganta que no la dejaba respirar.
"Mentiroso" murmuró. "Dijo que volvía."
Fue entonces cuando escuchó frenos. Llantas sobre el asfalto mojado.
Una camioneta negra. Vidrios polarizados. Dos camionetas atrás.
Bajó Damián. Con maleta de cuero. Con camisa arrugada. Con ojeras profundas. Con cara de no haber dormido en 3 días.
"¿Ya cerraste?" preguntó. Voz ronca.
"Estaba por cerrar."
"Ábrela."
Catalina abrió. Con manos temblorosas. Puso agua a hervir rápido.
Damián se sentó. Se quitó el saco. Lo tiró en la silla de al lado. "Dos."
Voz de muerto. De agotado.
Catalina sirvió. Le puso extra caldo. Extra carne. Extra de todo.
Damián comió. Despacio. Muy despacio. Como si cada bocado le devolviera el alma al cuerpo. Cerró los ojos en el tercer sorbo.
Cuando terminó, dejó 100. Y se quedó sentado.
No se iba.
"¿Algo más, señor?" preguntó Catalina bajito.
Damián la miró. Ojos rojos de cansancio. De estrés. De algo más.
"Quédate conmigo 5 minutos."
No era orden. Era ruego. Casi un susurro.
Catalina se sentó frente a él. En la silla de enfrente.
5 minutos en silencio. Solo la lluvia sobre la calamina. Solo el "glu glu" de la olla.
"Fue un mal viaje" dijo él por fin. Frotándose la cara. "Gente estúpida. Negocios estúpidos."
"Lo siento."
"Me acordé de tu tamplin todo el viaje" dijo de repente. Mirándola. "En hoteles de 5 estrellas. Con chefs que cobran 10 mil dólares. En reuniones con gente que vale millones. Y lo único que quería era esto."
Señaló el plato vacío. El plato de plástico azul.
Catalina sonrió. Chiquito. "Entonces qué bueno que volviste, Damián."
Él asintió. Se levantó lento. Le dolía todo el cuerpo.
Al irse, se detuvo en la salida del mercado. Sin voltear.
"Gracias por esperarme, Catalina."
Y se fue.
Catalina se quedó sola. Con la olla nueva. Con los cuchillos nuevos. Con el delantal nuevo. Con el corazón latiéndole fuerte en el pecho.
Guardó la tarjeta negra en el bolsillo del delantal. Ya no le daba miedo.
Porque el señor serio, el jefe mafioso, el hombre de hielo...
Estaba aprendiendo a volver a casa.
Y esa casa, por primera vez en mucho tiempo, olía a tamplin y a esperanza.
**FIN CAPÍTULO 3**