Mis papás se fueron del país y me dejaron en casa de mis padrinos. Eso significaba vivir con Santiago Montero: su hijo mayor, seis años mayor que yo y el hombre al que todos consideraban casi un hermano.
Antes de llegar, me impuso tres reglas:
Nuestro compromiso infantil no cuenta.
No subas al tercer piso.
No me busques.
Yo pensaba obedecerlas. Santiago no.
Fue él quien comenzó a cuidarme, a ponerse celoso y a acorralarme contra la puerta de mi habitación.
—¿Por qué huyes? ¿Crees que voy a comerte?
Entonces descubrí cuatro limoneros plantados para mí y la verdad que ocultaba: llevaba catorce años esperándome.
El heredero que juró no quererme ahora estaba dispuesto a perderlo todo para hacerme suya.
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Capítulo 7
Capítulo 7: Un tipo sin modales
La primera semana en la Ibero le enseñó a Valentina tres cosas. Primera: que ser la alumna nueva con beca parcial y dirección en Lomas de Chapultepec generaba un tipo particular de curiosidad — no hostil, pero insistente, como una corriente que empuja sin tocar. Segunda: que Lucía Navarro era la mejor compañera de cuarto que podía haber tenido, porque funcionaba como un filtro humano entre Valentina y el mundo: cortaba conversaciones incómodas con una frase, espantaba a los que se acercaban con intenciones transparentes, y cuando no tenía nada útil que decir, simplemente no decía nada. Tercera: que la mitad de los hombres de primer ingreso parecían haber decidido, de forma independiente y simultánea, que enviarle flores era una buena estrategia.
Para el miércoles, había recibido un ramo de girasoles sin tarjeta, una caja de chocolates con una nota que decía "Para la chica más bonita de la facultad" en letra temblorosa, y un oso de peluche que Lucía interceptó antes de que llegara a la puerta del cuarto.
—¿Quién manda un oso de peluche en la universidad? —dijo Lucía, sosteniéndolo por una oreja con expresión forense—. Tiene que ser de primero.
—Es lindo —dijo Camila, mirándolo con ojos suaves.
—Es un oso de peluche. Es la definición de "no sé qué regalarte así que fui a la tienda más cercana."
Valentina los aceptó todos con una sonrisa educada y los guardó debajo de su cama. No le interesaba ninguno de los remitentes, pero tampoco iba a ser grosera. Había aprendido, en cuatro mudanzas y seis escuelas, que la amabilidad era una moneda que no perdía valor.
El jueves conoció a Diego Lozano.
Estaba en el pasillo del edificio de humanidades buscando el salón de su clase optativa cuando un chico alto, de hombros anchos y cara amable —amable de verdad, no amable como estrategia—, se detuvo frente a ella.
—¿Valentina Reyes?
Ella levantó la vista.
—Sí.
—Diego Lozano. Estoy un año arriba. Creo que coincidimos en un evento de prepa, en el Colegio Madrid. ¿No estuviste en el torneo interescolar de debate?
Valentina parpadeó. Sí se acordaba — vagamente, como se acuerda uno de un salón lleno de gente donde no conoces a nadie.
—Creo que sí.
—Eres presidenta del club de lectura, ¿verdad? Vi tu nombre en la lista de inscripción.
—Acabo de apuntarme. No soy presidenta de nada.
Diego sonrió. Tenía una sonrisa franca, sin bordes, sin la ironía calculada que Valentina estaba aprendiendo a asociar con Santiago.
—Yo soy presidente del club de tenis. Si algún día quieres aprender, los entrenamientos son los martes y jueves a las cuatro.
—No sé jugar tenis.
—Por eso dije "aprender."
Valentina se rió. Una risa corta, genuina, sin defensa. Diego se despidió con un gesto de la mano y siguió caminando. Sin flores, sin chocolates, sin osos de peluche. Solo una invitación simple.
Era la primera vez en la semana que alguien le hablaba sin querer impresionarla.
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El viernes a las cinco de la tarde, Valentina salió del edificio de ciencias sociales con Lucía y Camila. El estacionamiento estaba medio vacío — la mayoría de los estudiantes ya se habían ido.
La Suburban negra estaba estacionada en la segunda fila. Recargado contra la puerta del conductor, con los brazos cruzados y la chamarra de cuero abierta sobre una camiseta oscura, Santiago esperaba.
Los murmullos empezaron antes de que Valentina llegara a los diez metros.
—¿Quién es ese?
—Parece modelo.
—¿Es actor? Tiene cara de actor.
—No. Tiene cara de que te va a cobrar por mirarlo.
Lucía lo evaluó con la cabeza ladeada.
—¿Ese es tu hermano?
—Sí.
—Se nota que comparten genes —dijo, con un tono que podía ser sarcasmo o apreciación. Lucía manejaba ambos con la misma cara.
Camila no dijo nada. Pero se alisó el cabello con los dedos y se enderezó medio centímetro.
Valentina caminó hacia el auto. Un chico que había coincidido con ella en la clase de sociología se interpuso a tres metros de la Suburban.
—¡Valentina! Oye, te traje algo. —Le extendió una paleta de caramelo en forma de arcoíris, envuelta en celofán brillante—. Es de esas artesanales. Las venden en la entrada del metro.
Valentina abrió la boca para decir gracias.
Santiago se movió.
No rápido. No violento. Con la misma naturalidad con la que alguien quita una hoja seca del parabrisas, tomó la paleta de la mano del chico, caminó cuatro pasos hasta el bote de basura más cercano, y la tiró.
El celofán crujió al caer.
El chico se quedó con la mano extendida. Valentina se quedó con la boca abierta. Lucía levantó una ceja. Camila abrió los ojos.
—¿Por qué hiciste eso? —dijo Valentina.
Santiago ya estaba de regreso junto al auto. Le abrió la puerta del copiloto.
—Tenía colorantes artificiales.
—¿Qué?
—Colorantes artificiales. Rojo 40. No es comestible.
—¡Era un regalo!
—Era una paleta de un peso con cincuenta.
—¡Santiago!
Él la miró. Su expresión era la de alguien que considera que la conversación ya terminó pero está dispuesto a esperar, como quien sostiene una puerta abierta porque la otra persona camina despacio.
—Súbete.
Valentina volteó hacia el chico de la paleta, que ya estaba retrocediendo con las manos en los bolsillos y la dignidad en algún lugar del suelo. Le dedicó una sonrisa de disculpa que intentaba decir "lo siento, mi hermano es un sociópata" sin palabras.
Se subió al auto.
Santiago le tomó el brazo con suavidad para guiarla hacia el asiento. Sus dedos eran firmes, secos, y permanecieron exactamente dos segundos de más sobre su codo antes de soltar. Valentina lo notó. También notó que a él no pareció importarle que lo notara.
Cerró la puerta. Arrancó. Salió del estacionamiento con la calma de quien no tiene nada que justificar.
Valentina esperó hasta que estuvieron en la avenida principal.
Entonces explotó.
—¡Eres un tipo sin modales! ¡Grosero! ¡Controlador! ¡Le tiraste la paleta a un chavo que no te hizo nada! ¡Enfrente de todo el mundo! ¡Me hiciste quedar como si tuviera un guardaespaldas psicópata!
Santiago conducía con una mano en el volante y la otra apoyada en la ventanilla. Su perfil estaba recortado contra la luz del atardecer. No la miró.
—¿Terminaste?
—¡NO! —Valentina se cruzó de brazos con fuerza—. ¡No he terminado! ¡No tienes derecho a decidir qué acepto y qué no! ¡No eres mi papá, no eres mi novio, y si quiero comerme una paleta con Rojo 40 y Azul 5 y todos los colores del arcoíris, me la como!
Silencio. La Suburban avanzaba por Periférico.
—¿Terminaste ahora?
Valentina respiró. Se hundió en el asiento. La curita del lunes ya se había caído, pero el raspón de la palma seguía rosado.
—Sí —dijo, entre dientes.
—Bien. ¿Qué quieres cenar?
Valentina lo miró con la boca abierta. Él seguía mirando al frente, como si la conversación anterior no hubiera existido. Como si ella no acabara de gritarle durante cuatro semáforos seguidos.
—No puedo contigo —murmuró.
—Eso me han dicho.
Valentina se recargó contra la ventanilla y miró pasar las luces de los semáforos. En el reflejo del cristal, su cara estaba roja. De furia. Solo de furia.
Pero en algún rincón de su mente — el mismo rincón que se había negado a rechazar la solicitud de WhatsApp, el mismo que había guardado la tarjeta del brazalete dentro de su cartera—, una idea se estaba formando. No una idea racional. Una idea vengativa.
Santiago Montero le había tirado una paleta y le había dado órdenes frente a medio campus.
Valentina Reyes iba a invitar a todas sus compañeras a cenar al restaurante más caro de Polanco.
Y él iba a pagar la cuenta.