Elena a punto de perder la custidia de su hija, esta en la disyintiva entre el amor y el odio a su ex, porque lo considera el autor intelectual de la muerte de sus padres
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Elena
Capítulo 22 – Elena
Las reglas no están hechas para protegernos. Están hechas para recordarnos que, incluso en el amor, hay límites que no debemos cruzar. Pero el deseo, el deseo siempre encuentra la manera de romper todas las reglas.
El viaje al sur fue largo y silencioso. Mateo conducía con una mano en el volante y la otra entrelazada con la mía, como si necesitara recordarme que no estaba sola. Yo miraba por la ventanilla, viendo cómo el paisaje cambiaba de verde a árido, y sentía que cada kilómetro me acercaba más a un fantasma que creía haber enterrado para siempre. Sofía. Mi mejor amiga. La asesina de mis padres. La mujer que, en su lecho de muerte, había pedido verme. ¿Qué podía tener que decirme que no hubiera dicho ya? ¿Qué secreto podía ser tan importante como para convocarme después de todo lo que había hecho? Mi mente daba vueltas sin encontrar respuestas, y Mateo, como siempre, percibía mi angustia sin necesidad de palabras.
Si no quieres hacerlo, podemos dar la vuelta habló bajo, rompiendo el silencio. No hay nada que te obligue a verla. Sí hay, respondí, apretando su mano. Hay algo dentro de mí que necesita esto. Necesito mirarla a los ojos y saber que ya no tiene poder sobre mí. Necesito cerrar este círculo, aunque duela. Mateo asintió y no dijo nada más. Pero su pulgar acarició mi mano en un movimiento lento y circular, y en ese gesto encontré la fuerza que necesitaba para seguir adelante.
Llegamos al pueblo al atardecer. Era un lugar pequeño, perdido en la costa sur, con casas blancas y calles empedradas que olían a mar y a sal. La dirección que Diego nos había dado nos llevó hasta una casa modesta, de una sola planta, con un jardín descuidado y una veranda donde una mujer delgada, casi esquelética, estaba sentada en una mecedora. Era Sofía. No la reconocí al principio. El cabello rubio que tanto admiraba ahora era gris y escaso. Su rostro, antes lleno de vida, estaba surcado por arrugas profundas y manchas que delataban su enfermedad. Pero sus ojos, esos ojos azules que habían sido tan expresivos, seguían siendo los mismos. Cuando nos vio, intentó levantarse, pero sus piernas no respondieron.
Elena, dijo y su voz era un susurro roto. Has venido. Gracias. Me quedé en la entrada, sin atreverme a dar un paso más. Mateo se colocó a mi lado, con una mano en mi espalda baja, ofreciéndome su calor y su apoyo. No he venido por ti, respondí, mi voz sonó más fría de lo que pretendía. He venido por mí. Para poder seguir adelante. Ella asintió, como si esperara esas palabras. Señaló las sillas vacías frente a ella, y después de un momento de duda, me senté. Mateo se sentó a mi lado, sin soltarme la mano.
Sé que no merezco tu perdón, comenzó Sofía, y su voz temblaba. No te lo pido. Pero hay algo que necesito decirte antes de morir. Algo que no puse en mi carta porque no tuve el valor. ¿Qué es? , pregunté con el corazón latiendo tan fuerte que podía oírlo en mis oídos. Sofía respiró hondo y cerró los ojos. Cuando los abrió, estaban llenos de lágrimas.
Esa noche, cuando encendí la cerilla, no sabía que tu madre estaba allí. Pensé que solo estaba tu padre. Pensé que podría hablar con él, hacerle entender lo que sentía. Pero tu madre apareció de repente, y entró en pánico, y el fuego se extendió tan rápido... Ya sé todo eso, la interrumpí. Lo sé desde que Mateo me contó la verdad. No, Elena y la voz de Sofía fue un susurro, su voz se quebró. No lo sabes todo. Lo que no te conté es que... tu madre no murió en el incendio. No murió porque yo la ayudé a escapar. La saqué de allí, a ella y a tu padre. Cuando el techo se derrumbó, yo ya los había puesto a salvo en el jardín trasero. Los dos estaban vivos cuando salí de la casa. Pero luego... luego llegó él.
¿Él?, pregunté, sintiendo que el suelo se abría bajo mis pies. Tu padre dijo Sofía, y sus ojos se llenaron de un dolor profundo. Cuando salí, tu padre estaba despierto. Me vio. Me reconoció. Y en lugar de llamar a una ambulancia, en lugar de salvar a tu madre que aún estaba inconsciente, me miró y dijo: "Vete. Lárgate de aquí y no vuelvas. Si no, diré que fuiste tú." Y yo me fui. Lo dejé allí, con tu madre, y me fui. Pero cuando llegué a mi coche, vi que el fuego se había reavivado. Que las llamas habían llegado al jardín trasero. Y entonces supe que los había dejado morir. Que mi miedo a ser descubierta había sido más fuerte que mi deseo de salvarlos. El silencio que siguió fue más pesado que cualquier grito.
Sofía había tenido la oportunidad de salvarlos y no lo había hecho por miedo. Por cobardía. Por egoísmo. No te perdono le dije, y mi voz era apenas un susurro. Nunca te perdonaré. Pero te entiendo. El miedo nos hace hacer cosas terribles. Sofía lloraba en silencio, y yo, a pesar de todo, sentí una punzada de compasión. No podía odiarla. No después de saber que ella también había sido víctima de su propio miedo. Me levanté y me acerqué a ella. Por un momento, dudé. Pero luego, extendí la mano y toqué la suya. Descansa en paz, Sofía, dije. Y ojalá encuentres el perdón que no puedo darte.
Salí de la casa sin mirar atrás, con Mateo a mi lado y el viento salado en mi rostro. Y mientras caminaba hacia el coche, supe que aquel capítulo de mi vida finalmente se cerraba. No con odio. No con venganza. Con comprensión. Con la certeza de que el perdón no siempre es necesario para seguir adelante. A veces, solo necesitas entender. Y entender es suficiente.