un romance entre un mafioso y un femboy
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EL HERMANO PERDIDO
Dante recibió la dirección escrita en un trozo de papel sencillo, sin remitente, sin sello, como si alguien lo hubiera dejado discretamente sobre la mesa de su cocina mientras no estaban. Lo sostuvo entre los dedos, observando la caligrafía: no era desconocida, pero no lograba ubicarla al instante. Sentía un escalofrío recorrerle la espalda. Podía ser una trampa. Podía ser el final de la tranquilidad que tanto le había costado construir. Y sin embargo, algo en su interior le decía que debía ir.
—Voy contigo —dijo Adrián, apareciendo en la puerta de la cocina, como si hubiera leído sus pensamientos.
Dante levantó la mirada.
—Podría ser peligroso.
—¿Y crees que te dejaría ir solo a un lugar del que no sabes nada? —Adrián se acercó y tomó su mano—. No más secretos. No más enfrentar todo tú solo. Recuerda lo que acordamos.
Dante asintió lentamente, apretando aquella mano cálida y firme.
—Está bien. Pero prométeme que si algo sale mal, si te digo que corras, lo harás sin mirar atrás.
—Te lo prometo —respondió Adrián, aunque Dante sabía que probablemente no cumpliría esa promesa si se trataba de protegerlo.
El trayecto fue silencioso. La dirección los llevó hasta las afueras de la ciudad, a una zona que parecía detenida en el tiempo. Calles de asfalto agrietado, farolas que parpadeaban con luz tenue, y al final del camino, la silueta oscura de una antigua estación de tren abandonada. Las paredes estaban cubiertas de hiedra y grafitis desvaídos; las ventanas, rotas y vacías, parecían ojos observándolos desde la oscuridad. El viento soplaba entre los andenes vacíos, llevando consigo el olor a humedad, óxido y polvo acumulado durante años.
—No me gusta este lugar —susurró Adrián al acercarse.
Dante no respondió. Soltó su mano un instante para avanzar con paso cauteloso, su instinto de alerta afilado como siempre lo había sido. Caminó entre los andenes desiertos, donde las vías se perdían en la oscuridad del túnel al fondo. El eco de sus pasos resonaba demasiado fuerte, como si el propio edificio repitiera cada sonido una y otra vez.
—Aquí no hay nadie —dijo Adrián, su voz suavemente amortiguada por el espacio amplio y vacío—. Tal vez ya se fue, o tal vez nunca existió esa persona.
Dante se detuvo y miró a su alrededor.
—No. Alguien nos observa. Puedo sentirlo.
Y entonces lo escucharon. Pasos. Lentos, deliberados, viniendo desde la oscuridad de lo que antes era la sala de espera. No había prisa en ellos. Era el caminar de alguien que sabía que no tenía por qué esconderse más.
Una figura emergió de entre las sombras.
Dante se quedó inmóvil. El aire pareció desaparecer de sus pulmones.
El hombre era alto, con el mismo porte elegante que Dante, aunque su postura denotaba años de silencio y cautela. Tenía el cabello oscuro, un poco más largo de lo habitual, y unos ojos del mismo color oscuro y profundo que los de Dante, esos ojos que habían pertenecido a su madre. Pero lo que más llamaba la atención era una cicatriz que atravesaba desde cerca de su ceja derecha hasta la mejilla, una marca clara de una pelea que no había terminado bien.
—Gabriel... —susurró Dante, apenas un hilo de voz, como si pronunciar aquel nombre pudiera hacer que la figura se desvaneciera en humo.
El hombre sonrió, una sonrisa melancólica y llena de historias no contadas.
—Hola, hermano.
Adrián observó todo en silencio, dándose cuenta de que aquel simple saludo acababa de derrumbar todo lo que Dante creía saber sobre su pasado. Vio cómo la mandíbula de Dante temblaba, cómo sus manos se cerraban en puños para ocultar que le temblaban. Durante años, Dante había creído que era el único sobreviviente. Que su familia había desaparecido por completo.
—Creí que estabas muerto —dijo Dante, su voz recuperando poco a poco firmeza, aunque la emoción seguía desbordándose—. Todos dijeron que no habías sobrevivido al incendio. Que tu cuerpo nunca fue identificado pero que no había duda...
—Eso era lo que todos debían creer —interrumpió Gabriel, suavizando el tono—. Incluso tú. Es lo que nuestro padre insistió en que hicieran creer. Porque si oficialmente estaba muerto, nadie me buscaría. Nadie me usaría para llegar a ti.
Dante dio un paso adelante, confundido entre la rabia y un alivio tan inmenso que le dolía en el pecho.
—¿Escondido? ¿De quién, Gabriel? ¿De quién tuviste que esconderte durante todos estos años?
—De la misma gente que ahora te está buscando a ti —respondió Gabriel, y su expresión se endureció—. Se hacen llamar Los Herederos. No son una organización cualquiera. Son descendientes de las familias que construyeron este mundo oscuro en el que nuestros padres intentaron no caer. Ellos no solo quieren poder; quieren restaurar todo lo que nuestro padre intentó destruir. Y para eso, necesitan que no quede ningún Valenti que pueda oponerse.
Dante negó con la cabeza, sintiendo cómo la vieja tensión regresaba a sus hombros.
—Yo abandoné ese mundo. No tengo nada que ver con ellos. Que hagan lo que quieran con ese legado maldito. No es mío.
Gabriel soltó una risa amarga.
—Ese es el problema, Dante. Ellos no necesitan que tú quieras ese legado. Solo necesitan que existas. Mientras estés vivo, eres un obstáculo. Porque la gente recuerda. Y porque saben que si alguien pudiera reunir a los pocos que aún se oponen a ellos, serías tú.
Fue entonces cuando Adrián dio un paso al frente. No se acercó demasiado, pero su voz fue clara y firme, rompiendo la tensión que se acumulaba entre los dos hermanos.
—Entonces no nos queda otra opción que detenerlos antes de que nos alcancen. No vamos a huir toda la vida. Y tampoco vamos a dejar que destruyan lo que hemos construido.
Gabriel lo miró con atención, como si recién en ese momento lo viera de verdad. Estudió su postura, la determinación en sus ojos, la forma en que se mantenía a su lado sin miedo, sin dudas. Y entonces sonrió, una sonrisa diferente, más cálida, casi de aprobación.
—Ahora entiendo por qué él te eligió —dijo, mirando a Dante.
Dante frunció el ceño, instintivamente colocándose entre Gabriel y Adrián, aunque sabía que su hermano no significaba peligro.
—¿Qué quieres decir?
—Quiero decir —continuó Gabriel, guardando silencio un instante como si buscara las palabras exactas—, que durante toda tu vida estuviste rodeado de personas que te temían. Te respetaban, te obedecían, pero muy pocas veces se quedaron a tu lado sin miedo a lo que eras. Y ahora... —señaló suavemente a Adrián con la mirada—, finalmente encontraste a alguien que no te ve como el jefe, ni como el hombre poderoso que todos temen. Alguien que te ve simplemente como tú. Alguien que no huye cuando las cosas se ponen difíciles. Alguien que te sostiene la mano cuando todo el resto del mundo se oscurece.
Dante miró a Adrián. Y por primera vez en mucho tiempo, entendió que Gabriel tenía razón. Adrián no estaba ahí por lo que Dante tenía o podía darle. Estaba ahí por quien era. Por el hombre que quemaba la cena, que discutía por quién lavaba los platos, que temía perderlo y sin embargo aprendía a soltarlo para que ambos pudieran crecer.
—No voy a permitir que nadie nos quite esto —dijo Dante, y esta vez no era una amenaza, sino una promesa—. No voy a perder a mi familia otra vez.
Gabriel asintió, y en sus ojos brilló una esperanza que llevaba años apagada.
—Entonces déjame ayudarte. Conozco a Los Herederos mejor que nadie. He vivido entre las sombras observándolos durante más de una década. Sé cómo piensan, sé dónde están sus debilidades. No tenemos que enfrentarlos solos.
Adrián puso una mano suavemente sobre el hombro de Dante.
—Podemos hacerlo juntos. Los tres.
Dante miró a su hermano, luego a Adrián, y sintió que por primera vez en mucho tiempo no estaba solo. El pasado no era una cadena que lo arrastraba hacia abajo; era una historia que podía escribir de nuevo. Y esta vez, no la escribiría solo.
—Está bien —dijo Dante, y por primera vez en mucho tiempo, su voz sonó tranquila—. Vamos a terminar con esto. Pero lo hacemos a nuestra manera. Sin más secretos. Sin más sacrificios silenciosos. Y cuando termine... —miró a Adrián con una sonrisa que iluminó sus ojos oscuros—, volvemos a nuestra vida tranquila. Y nadie nos separará.
Gabriel asintió.
—Nadie.
Y en aquella estación abandonada, entre el polvo y los recuerdos, tres personas trazaron un camino nuevo. No sabían qué les esperaba, qué peligros tendrían que enfrentar, qué sacrificios serían necesarios. Pero sabían algo importante: ya no caminaban solos. Y eso, era más que suficiente para enfrentar cualquier oscuridad que se les viniera encima.